domingo, 27 de septiembre de 2015

Bar de plástico

(Bar sin alma: que a unos niega el agua y apalea… y a otros obliga al fino.)

En El Ejido, unos opinan que la recién estrenada serie Mar de plástico es una nueva afrenta de las televisiones: la imagen que se da de esta comarca… Desde hace quince años por aquí Telecinco es el Diablo. Y eso es, naturalmente, una exageración: solo es su representante audiovisual en esta tierra que dicen que semeja una piel de toro, un tanto desgajada en el noreste.

A ese coro se ha sumado con presteza el alcalde, que ha calificado de “basada en el racismo” esta ficción, cuando hace bien poco, en la realidad, no movió ni un músculo tras el desalojo forzoso de unas familias que, haciendo de la necesidad virtud y de la chabola hogar, fueron expulsadas a la intemperie.

Resulta muy inquietante que esta información de Canal Sur no termine con las palabras de un responsable municipal anunciando en qué medida van a procurar asistir a quienes tienen todo el aspecto de ser seres humanos. Que eso no suceda sugiere que: No vaya alguien a pensar que estamos dispuestos a echar una mano a quien lo necesite. Y es que, como sabemos, en nuestras mejorables democracias no importan tanto los Derechos Humanos como ganar el voto popular de quien puede ejercerlo. Y si de votos hablamos, la curiosidad -amigo Santi- sigue cayendo derrotada por el miedo…

(Por si a alguien interesa, quien les echó una mano fueron estos señores y señoras. Pero su capacidad de ayuda es muy limitada. Y las administraciones no pueden inhibirse.)

En El Ejido, otros opinan que esa serie, desde luego, no es la realidad. Pero que la realidad es muy dura para muchos, que hay demasiada gente malviviendo por aquí… Que la casilla remendada con plásticos, sin luz eléctrica ni agua corriente; los africanos sentados en las rotondas esperando que un dedo los escoja; las visitas cotidianas a los contenedores de basura, en busca de algo aprovechable… son hechos ciertos. Que no todo trabajador inmigrante es un explotado, pero que se da la explotación de trabajadores inmigrantes… Que desde la Administración se hace muy poco por fomentar la protección, la integración, el mutuo conocimiento…

Finalmente: en El Ejido hay bastantes espectadores que se carcajean ante el acento de estos presuntos almerienses…

Si no estoy mal informado, y admito que me corrijan, “Mar de plástico” solo hay uno: ese que es visible desde el espacio. La propia productora de esta serie sitúa la historia en “un pueblo costero de Almería”. Apelar a la ficción respecto a la ubicación es imposible. La serie sucede donde sucede. Aquí. Y es legítimo, por tanto, que los que aquí vivimos evaluemos también su rigor a la hora de recrear el ambiente.

Es una ficción, queda claro, pero ese título y esas referencias son indudables y, por tanto, debiera ser inevitable cuidar los detalles… de los cuales el acento no es detalle menor: denota desatención o escasa competencia profesional que algunos actores hablen en ese “pueblo costero almeriense” como si fueran de Triana. Quizá entrenaron la entonación y el acento a través del archivo de Canal Sur... Y a lo mejor no está demás insistir en que el dialecto andaluz no existe, sino diversas hablas andaluzas: que hay un andaluz en Barbate, otro en Puente Genil, y otro en El Ejido… Y así.

Del mismo modo que no son idénticas y unánimes las costumbres en las provincias de Andalucía: Que en Almería alguien pida “un fino” es una rareza. Ni siquiera lo hago yo, que procedo de la Denominación Montilla-Moriles. Es más que probable que en el bar no tengan ni una botella… Eso sí, siempre –siempre-, te ofrecen una sustanciosa tapa… En el plastificado bar de la serie, no más que un cuenco de patatas chips… Bah.

Esa falta de respeto a los matices probablemente importará un pimiento criado en los invernaderos de Campoamargo a alguien que viva en Orense. Y a alguien de Estocolmo el acento de Balerma… (Y quizá por eso los descuida el diseño de la producción.) Pero yo me lo tomo como un mal síntoma: un indicio de apresuramiento, de falta de documentación. Y pienso: cómo va a reflejar ajustadamente esta serie la problemática social de El Ejido…

La respuesta es evidente: esta serie no va a reflejar ajustadamente la problemática social de El Ejido. Ni lo pretende, ni lo debe pretender. Pero, en ese caso, algunos actores harían bien en refrenar la ligereza de sus comentarios (como si el Desierto de Tabernas fuera el Desierto de Sonora). Y algunos comentaristas, la precipitación de sus conclusiones sobre la realidad más allá de la ficción.

Un solo capítulo quizá es insuficiente para valorarla. Pero lo tópico de las situaciones, los diálogos de plástico, lo estereotipado de los personajes (alguien a mi lado comentó: “Me pregunto qué pensarán los marroquíes que vean esta serie…”. “Y las rusas”, añadí yo), lo efectista o truculento de la puesta en escena… anuncian un producto de consumo rápido, un entretenimiento –a quien entretenga- banal.

“Es un thriller nórdico en el sur”, venden en la productora. (De ahí que, de cuando en cuando, una cámara enfoque al sol…). Pero por lo visto en ese primer capítulo, ni siquiera se aprovechan unos exteriores que, más allá de otras consideraciones, son visualmente espectaculares. Se la emparenta con La isla mínima, pero esa comparación debe de resultar ofensiva para Rafael Cobos y Alberto Rodríguez. Y si no lo es para ellos… ya me ofendo yo en su nombre.

Puede que sea demasiado pedirles a las series producidas en España. No debemos esperar complejidad, verosimilitud en la trama, personajes creíbles, diálogos sutiles, profundidad de análisis, seriedad. No debemos esperar The wire. Tal vez solo tendríamos esas cualidades si David Simon se decidiera a venirse a vivir por aquí una temporada. Digamos veinte años. Como hizo en Baltimore. Para después contárnoslo.

(Por cierto: en El Ejido también pasan estas cosas.)