viernes, 19 de junio de 2015

Zapatiesta



“Alguien tuvo que escribir el primer tuit. La soledad si es algo es esto: una red social vacía, sólo para ti. Y el eco constante. Y la nada. 21 de marzo de 2006, Jack Dorsey tecleando “Just setting up my twttr”, y dándole a intro. Cero seguidores. Después las cosas se enredan y el ruido es ensordecedor…”, escribe Raúl Quinto en el tramo final de Yosotros, uno de los libros más estimulantes que he leído en los últimos tiempos (Ed. Caballo de Troya).

Ensordecedor le ha debido de parecer el estruendo a Guillermo Zapata, fugacísimo concejal de cultura de Madrid, presentado y dimitido en el mismo hashtag. Quizá por un momento, Zapata habría preferido aquella hora cero de Twitter para reproducir los chistes de marras. (Llámalo chiste o llámalo shit-e, así… en gaditano). Puede que ahora hubiera preferido un vacío. Casi lo era, pues se trataba de una conversación en un pequeño círculo de amigos. Pero solo ahora sabemos que la onda expansiva de un comentario bomba puede hacerse estallar… en diferido.

Estamos aprendiendo. Ahora sabemos que una conversación en Twitter no es una conversación: nada hay en ella de familiar o privado. Ni de oralidad. Porque las palabras se van con el viento solano (de no mediar grabadora que las guarde: “dos mil, tres mil, quatre mil, cinc mil…”), pero teclear y publicar no es conversar (por más que ignoremos los signos de puntuación y las haches etimológicas). 

El contexto. Uno de los aspectos más útiles que puede aprenderse en las clases de Lengua castellana (Módulo: Comunicación) es la importancia del contexto. La misma frase no es la misma según su contexto. No es lo mismo decir “Me muero” tras un infarto que tras un orgasmo. Ahí el contexto es vital. Pondré un ejemplo personal (que no le pondría a mis alumnos): Una vez, tras un orgasmo, voceé el estribillo del himno del Atlético de Madrid (ni yo mismo sé por qué, porque –como no ignoran mis amigos- yo… soy del Barça). Sin embargo, por muy exaltado que me sintiera, dudo que se me ocurriera cantarlo en la grada de los Riazor Blues… Por el contexto. Y por la prudencia. En aras de la supervivencia.

Guillermo Zapata fue imprudente hace cuatro años. Cuatro años después su dimisión ha sido impecable. No ha banalizado el asunto en absoluto (no como yo, que frivolizo desde el título). No nos ha escupido por un colmillo. Y, antes de hacerse a un lado, ha pedido disculpas como a pocos políticos hemos oído en este país. Y ha explicado –en voz baja- el contexto: un pequeño círculo de amigos…, glosaban unas declaraciones del cineasta Vigalondo…, tertuliaban a cuenta de los límites del humor… y se animaron a poner ejemplos. Si ese es el contexto, es decir, si Guillermo Zapata  no celebra –como asegura- el genocidio judío;  si no se alegra, ni mucho menos, de las tragedias de Marta del Castillo y de Irene Villa (y es admirable que esta chica bromee consigo misma llamándose “la mujer explosiva”…), creo que no debió dimitir. El contexto disuelve la ofensa. Esa es mi opinión.

También opino –como Rafael Reig-, que ya está tardando la Fiscalía en localizar a quienes más daño han hecho a los agraviados: los altavoces. Los que, tras encargar el rastreo a la busca de munición con que intimidar al adversario político, hurgan en heridas ajenas que vuelven a sangrar… Por intereses bastardos. 

Canallas. Los intereses, digo.

jueves, 11 de junio de 2015

Desierta en Alhambra



La presentación de Desierta Fanzine (revista plástica) en la Cafetería Alhambra (rinconcito cultural) desembocó en una interesante tertulia entre ejidenses que remanecen (el verbo lo he aprendido aquí) de lugares más o menos distantes de este poblachón expandido a lo largo del Campo de Dalías, blanqueado o translúcido según la estación.

No podía ser de otro modo: la Almería plastificada que da unidad temática a la revista, en El Ejido es invernadero: es plástico, pero es agricultura, sudor, trabajo exigente, empeño familiar, inmigración.

Yo hablé menos (más allá de leer mi breve colaboración que transcribo más abajo… y alguna broma más); pero escuché bien. No podía dejar de compararlo mentalmente con mi pueblo de procedencia en la campiña cordobesa, que cuenta con un Centro de Migraciones gestionado por Cruz Roja, pero cuyo porcentaje de población inmigrante está lejos del 33% de El Ejido, lejos de las noventa y cuatro nacionalidades que aquí comparten plazas y parques infantiles.

Mi pueblo tiene un origen medieval: en 1190 aseguran las crónicas que se fundó el Pontón de Don Gonzalo, a la orilla derecha del río Genil. Tiene, pues, unas raíces que deben de andar cerca del centro de la Tierra, y un folclor en torno a la Semana Santa (o Mananta), que vertebra la convivencia ciudadana durante todo el año, y que impregna casi cualquier manifestación social o cultural. De un modo tan intenso que la vida se vuelve algo incómoda, o como mínimo excéntrica, si uno no participa de él.

El Ejido nació en 1982, cuando confirmó su independencia del pueblo matriz, a la espalda de la Sierra de Gádor. Y las raíces más profundas con las que cuenta son las de sus ficus alineados en casi todos los paseos. El Ejido más que raíces tiene piernas. Las de las sucesivas oleadas de inmigración venida de la Alpujarra o del Magreb, de Rumanía o Ecuador. Unos van y vienen y otros van de paso, pero muchos son vecinos afincados en este lugar no elegido, con el paso del tiempo asumido como propio: familias cuyos hijos han nacido en el Hospital de Poniente y aquí crecen y cursan la primaria y también ya la secundaria, y que hablan un español con la cálida y musical entonación ejidense.

Avanzaba la sustanciosa tertulia y pensaba yo en la ventaja de tener una población no enraizada incondicionalmente, y en la oportunidad que estaba dejando escapar esta ciudad de hacer de esta comunidad de piernas y de culturas su seña de identidad. Y en la escasa inversión que se ha venido haciendo en esa dirección (más allá de lo que precariamente se trabaja en la escuela y se apuesta en pequeños foros): parece claro que es un camino en el que está casi todo por andar… 

El primer paso siempre es aquel que se da cuando la curiosidad vence al miedo (así lo explicó Santi y se hizo un silencio). Y los siguientes se dan cuando se trabaja por asentar la cultura propia en una moral común que ya nos viene dada: la Declaración Universal de los Derechos Humanos (así concluyó Santi y aquí me lo anoto para que no se me olvide).
 
Las sandalias son de Julio Béjar y de Santi Girón, la calva es mía,  las explicaciones de Carmen F. Agudo y la foto de Carlos Maleno.



LA MAR

El mar, la mar de veces te lo dije, visto desde aquí parece el mar. Dos hombres caminan sobre los plásticos como si caminaran sobre las aguas. El viento riza olas de polietileno recién regado, que centellean con el sol de mediodía, crestas de cal como espuma rompiendo a la orilla de los caminos… El mar, la mare que parió al levante, responde el otro.


Un dibujo de Santi Girón