jueves, 23 de abril de 2015

Leer, soñar acaso



Hoy es el Día del Libro y en mi instituto no hemos celebrado ningún espectáculo. La coartada es que en la biblioteca todos los días lo son: días del libro, digo. (La trastienda quizá muestre que la verdad es el puro agotamiento…) Pero no exageraremos si la consideramos un auténtico centro cultural, en que a diario se lee y se escribe y se estudia y se juega… También se duerme. Y acaso, se sueña.

Hoy, por ejemplo, que yo sepa: se ha leído ese poema que Rafael Alberti dedicó a Buster Keaton, mientras busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca. Y ese cuento de Eduardo Galeano sobre unos pájaros prohibidos. Y esos versos en que Cervantes admite, con modestia: “Yo, que siempre trabajo y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo…”. Y se ha escuchado este monólogo del rey Basilio. Y se ha leído ese pasaje de Luces de Bohemia en que Serafín el Bonito afirma: “El señor ministro no es un golfo”, a lo que Max Estrella replica: “Usted desconoce la historia moderna.” Y se han leído los subtítulos de la conferencia Ted en que el ciborg Neil Harbisson explica cómo escucha los colores. Y, de reojo, pasando por un pasillo, se vienen leyendo Historias de cronopios… O no.

También, en los últimos diez días, se han escrito algunos microrrelatos que comienzan: “Vivo sin vivir en mí…

Vivir, dormir… En la biblioteca también se duerme: de vez en cuando algún chaval se desploma, pongamos por caso, sobre Tormenta de espadas; y es imposible no imaginar que la tormenta continúa en sus sueños. Quién interrumpe eso… No el profesor, desde luego, que piensa que si se duerme, será que lo necesita: dormir. Y soñar, acaso.