viernes, 27 de febrero de 2015

Hasta siempre, amigo



Recuerdo muy bien, Inma, que fuiste tú quien me prestó El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, una de las lecturas que más me han impresionado… No había leído yo relatos con unos protagonistas tan singulares.

No sé si has/habéis leído esa hermosísima carta en la que Oliver Sacks se despide de su propia vida. Por si acaso no, abajo la pongo. Hace año y medio publicó un artículo celebrando con euforia y con sorpresa la proeza de haber alcanzado los ochenta años, la edad del mercurio (tenéis que leerlo también para entenderlo, os va a gustar: Al cumplir los 80). Y ahora acaba de publicar otro en que da cuenta de la paradoja de sentirse “francamente bien” de salud, y saber que le quedan unos pocos meses de vida.

En nuestro tiempo la ciencia es capaz de predecir ciertas muertes con mucha más precisión que la solía usar el oráculo. A veces pienso que sería un privilegio, y a veces que sería un horror, conocer de antemano esa (aproximada) fecha. Ante la perspectiva de la muerte inminente, Oliver Sacks (no esperábamos menos de él) ha decidido considerarlo un privilegio; y afirma:

“…me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.”

Dado que, en realidad, todas las muertes son inminentes (esta noche estoy barroco: “ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto…”), voy a intentar aplicarme el cuento y seguir su ejemplo… 

Pero ya me callo para que puedan escuchar lo que Oliver Sacks les quiere contar:

miércoles, 25 de febrero de 2015

Celia crush



De modo que la vicepresidenta del congreso, ejerciendo de presidenta, sentada en la silla principal de ese lugar en que está escrito que reside la soberanía popular, la más alta (tanto que parece considerarse muy por encima de lo que sucede por debajo, tanto que piensa que puede distraerse dulcemente y a mansalva…), es capturada jugueteando a unos jueguecillos durante una de las sesiones parlamentarias más importantes del año (digo yo), y… ¡no pasa nada!

De entrada vendría a demostrar cuán relevante e interesante debía de ser lo que el presidente del gobierno andaba explicando…

Es muy capaz, ha venido a justificarla a la carrera por un pasillo una compañera y, tal vez, amiga: puede tener el oído en lo que dice Rajoy Brey y la vista en los caramelitos…

Pero sí pasa. ¿No era el Debate sobre el Estado de la Nación? Con sus mayúsculas… Un respeto. Se lo falta al lugar, al momento, al cargo que ocupa y a todos nosotros. Sí pasa. Pasa que da un ejemplo pésimo. Y que nos permite formarnos una idea muy clara acerca del grado de responsabilidad con que se toma su trabajo. Aunque no esperábamos menos de Celia Villalobos. Ya nos conocemos. Y, del mismo modo que sabemos que “Ana Mato gestionó la Sanidad porque era la que mejor ordenaba las sillas en los mítines del PP” (como recordaba el periodista Manuel Jabois en su estupenda crónica del debate), sabemos que Celia Villalobos no fue elegida para el cargo que menosprecia precisamente por sus cualidades. Que en su currículum no figuraban ni la dialéctica, ni la ecuanimidad, ni la templanza para propiciar concordia y consenso... Hay que reconocerle, eso sí, que no hace distingos: que es capaz de abroncar -de estrujar- con la misma contundencia a un diputado de la oposición y a su chófer… Ahora sabemos que también caramelos de colores.

Los políticos (debieran ser): competentes, eficientes, honestos… ¡y ejemplares, cohones! (Lo diré así, como te gusta a ti, Celia, que no presumes de casta pero sí de castiza, pero es que tienes que entender que no te pagamos un muy buen sueldo por triturar golosinas en horas de curro…). 

Última hora: el juego parece no ser Candy Crush, sino Frozen. ¿La revelación la dejará helada, congelada, hibernada? ¿O nada de nada?

lunes, 2 de febrero de 2015

Para explicarme una piedra no me enseñes una roca



En la recta final del Panorama de Cine Actual, asistimos a una clase, ciertamente magistral, de Rafael Cobos, el guionista de las cuatro últimas películas dirigidas por Alberto Rodríguez y que se llevará un goya, supongo, por la escritura de La isla mínima (o Carlos Vermut por Magical Girl, o Damián Szifron por Relatos salvajes, o Daniel Monzón por El niño, qué se yo, todos lo merecen).

La clase va y viene de la teoría a los ejemplos, de la metodología a la técnica. De proyectos frustrados (películas escritas que no pudieron rodarse por falta de presupuesto) a películas levantadas en un empeño paciente a lo largo de varios años. 

La propia Isla mínima conoció una primera versión de la historia en 2006, con un formato de thriller puro: un policía de pueblo investiga la muerte de una chica, cuyo cuerpo fue encontrado en las marismas… Me interesó saber que en el origen de La isla mínima hay unas fotografías de Atín Aya, que muestran una España de los años 90 que podría pasar por la España de los años 50, y una novela de Alfonso Grosso y Armando López Salinas, Por el río abajo, un viaje literario por las marismas del Guadalquivir; y Huesos en el desierto de Sergio González y “La parte de los crímenes” de 2666 de Roberto Bolaño… Dice Rafael Cobos que a él la literatura le estimula la capacidad visual… Y nos desvela las múltiples capas que cimentan las historias que inventa, visibles o no después para el espectador, pero que dotan de densidad a las tramas. En el fondo de Siete vírgenes, por ejemplo, está Peter Pan, ese niño que no quería crecer… Y nos enseña Rafael una relación de frases de la novela de Barrie, transplantada en el barrio sevillano de las tres mil.

Director y guionista, pateando la marisma, coincidieron: "Aquí lo que pega es un crimen". El thriller en esa localización estaba, pues, decidido desde el principio, pero sus autores guardaron ese primer guion en un cajón para repensarlo: a la búsqueda de la densidad… Llegó con la noticia de que un policía de la Brigada Político-Social que había matado a una chica en una manifestación, luego hizo carrera durante la transición. Y con la noticia de que otro policía fue expedientado por atreverse a criticar al general Milán del Bosch, cuando animaba al golpe de estado… El policía que había de investigar el crimen de las marismas vino de Madrid y se duplicó. Y el film noir se transformó en cine político. Y la película de personaje en una película de tesis que cuestiona ciertos elementos del Pacto de la Transición.

-Todo en orden, ¿no?
-Todo en orden.

La Isla Mínima tiene, además, una fuerza visual que… quien la haya visto sabe a qué me refiero. Tanto en los planos estáticos, cenitales, como en las persecuciones a la carrera, a pleno sol, sobre la tierra cuarteada, o nocturnas, en coche, por los senderos sin salida entre las lagunas.

He visto todas las películas de Alberto Rodríguez. Y también los cortos que hizo a medias con Santi Amodeo. Y no hay director que me interese más en este momento. Casualmente es español. Y andaluz, además. Como su guionista habitual. Cobos & Rodríguez parecen tenerle querencia a ese período tan apasionante de nuestra historia reciente: las primeras décadas de democracia post Franco. De hecho, en origen, cuando aún están sobre el papel, sus historias se titulan a través de fechas tan simbólicas como: 1977, 1982, 1992… Su cine es político, pero no obvio: "Para explicarme una piedra no me enseñes una roca", repite varias veces Rafael Cobos a lo largo de su intervención.

Así las cosas no hay película que me apetezca más ver que la que ya están preparando Cobos & Rodríguez a propósito de la frenética huida de Luis Roldán, ex director general de la Guardia Civil, con la ayuda del espía Paesa… 1995. Parece que en esta también estuvieron de acuerdo: "Aquí lo que pega es una comedia."

domingo, 1 de febrero de 2015

Un error de apreciación



Entonces íbamos a todos los mítines. Como quien acude a un espectáculo. Eso eran: el espectáculo de la democracia. Por curiosidad y como entretenimiento y con voluntad de aprender. Y porque cumplíamos 18 años. Para depositar un voto informado y responsable. Mítines en las plazuelas y en los salones de bodas de Puente Genil. Mítines de toda elección. Aunque preferíamos las municipales, adonde acudíamos a exigir una biblioteca nueva: la vieja no dejaba de inundarse, y era una cueva lóbrega… (Pero ahí leí todo Tintín y todo Astérix y todo Los tres investigadores…). Años después –la vida te da sorpresas- habría yo de participar en alguno de esos, como telonero…

Íbamos a los mítines de todas las siglas políticas. Los del PP eran muy agradecidos: servían cerveza y tapeo gratis –es un decir. Y nos subíamos a los autobuses gratuitos –es un decir- que el PSOE local fletaba hacia la capital de la provincia. En la escalerilla de los cuales, M. Vallejo (los amigos pontanos recordarán…), nos entregaba un bocata y una rosa (¿o era un clavel, Emilio?). Mítines en los que Alfonso Guerra insultaba con desparpajo a sus rivales políticos. Y eso nos parecía gracioso. Era un error de apreciación, claro. Lo que entonces me parecía gracioso, ahora me parece intolerable. Y ahora tengo razón. 

Por la pobreza de discurso y, precisamente, por la abundancia de insultos: a los rivales políticos y a la inteligencia, fui sintiendo un desapego hacia este tipo de espectáculos. Por no hablar de lo que hemos sabido después: las corruptelas derivadas de la organización de aquellos baños de masas

Todavía hoy los insultos, más o menos explícitos, las frases demagógicas, el falso halago a la audiencia y las onomatopeyas como lema… me alejan de estos saraos.

Los más inolvidables coinciden con la juventud universitaria. Aquellos sobre el albero de la plaza de toros de Córdoba, llamada de los Califas, en los que Julio Anguita, el califa reinante entonces en la ciudad, nos explicaba la economía con aires de exigente maestro. 

Y –sobre todo- aquellos en los que la política importaba bastante menos que aquella chica intentando subirse sobre tus hombros –sin éxito-, cuando la cosa acababa en concierto, y tocaban Sabina o 091 o La frontera o Tahúres zurdos o La dama se esconde… 

Un secreto que esconder y ese cuadro en la pared no está recto, puede ser un error de apreciación…