jueves, 29 de enero de 2015

Efecto placebo



Nadar media hora. Salir de la piscina municipal y leer S A L U D. Sentirla.

(Y comprobar, un segundo después, que es la última palabra del sintagma escrito sobre fondo anaranjado en la señal de tráfico que indica la dirección al   C E N T R O   D E   S A L U D.)

viernes, 23 de enero de 2015

Biblioteca, 8:15



Hace frío esta mañana y el viento que baja de la Sierra nevada de Gádor trae un aroma a hachís quemado. Como cada mañana.

Como cada mañana, algunos alumnos se refugian en los soportales próximos a la entrada del instituto, y dan unas cuantas caladas a un canutillo, que les ayudará a despertar y a afrontar las próximas seis horas lectivas. Que les estragará el estómago y les aturdirá el pensamiento, quiero decir.

N. me pide salir un momento al pasillo a beberse un zumo en tetrabrik, no ha tenido tiempo de desayunar y está algo mareada. Pálida, enrojecidos los ojos... “Tu aliento a tabaco tira de espaldas”, le digo, mientras le doy permiso para hacerlo.

La biblioteca es amplia y luminosa. Pero fría en estos días a las 8:15 a.m. Un par de estufas comienzan a calentarla muy lentamente… En la biblioteca a veces leemos con la vista, y a veces con los oídos: audiolibros, lecturas dramatizadas, ficciones sonoras… A menudo lectura mental e individual (la que más alimenta) y a veces lectura expresiva en voz alta (la que más divierte). A veces leemos palabras y a veces leemos imágenes.

Lecturas en torno a la estufa, como en torno a la hoguera de los cuentos, de los fuegos de campamento. La disputa por el sitio más próximo a la fuente de calor provoca un pequeño tumulto. El profesor lleva un libro en la mano –Momo-, se vuelve un momento para soltarlo sobre la mesa, se acerca al grupo, retira una silla… La silla de A., que se había levantado para orientar la estufa hacia sus pies y que, cuando vuelve a querer sentarse, encuentra el suelo. Se levanta ágil y sin dolor, pero algo avergonzado ante el coro de risas. Suelen jugar a eso (sí, todavía). Y ni las reprimendas ni las advertencias sobre el peligro de esnoclarse* parecen surtir efecto. Lo sujeto por los hombros, lo miro a los ojos: “Ha sido sin querer. Lo siento.” Redistribución de alumnos en el espacio. Sobre las mesas las mochilas, tentadoras como almohadas.
 
“Encima llevaba un chaquetón de hombre, viejo, demasiado grande, cuyas mangas se remangaba alrededor de la muñeca. Momo no quería cortarlas porque pensaba, previsoramente, que todavía tenía que crecer.”

En la recta final de la clase vemos –leemos imágenes- Destiny, un corto de animación… El profesor, que pone empeño en no desperdiciar nada, comenta: de no haber vuelto a soltar mi libro sobre la mesa, A. no se habría caído, le habría dado tiempo a sentarse sobre su silla, ¿no? ¿O esa caída ya estaba escrita en una página del libro del Destino? Solo hay tiempo de apuntar el tema, de avivar un ascua… Y la conclusión mayoritaria es: Bah… casualidad. Vale, pues.

Y como epílogo vemos-leemos él último episodio del Decálogo Peter y Twitter, el último consejo animado para un uso responsable de las redes sociales. Como le ocurre a Peter, algunos no tienen ningún inconveniente en reconocer/en presumir de que se van a la cama con el móvil, y que se quedan dormidos con él en la mano...

Por la mañana: los ojos enrojecidos, el aturdimiento, el cigarrillo…

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*Gran palabra “esnoclarse”, cuya fonética sugiere su significado. La aprendí en el Diccionario de vocablos pontanos de Felisa Agudo Gil. Y también “relampaguses” que –como ella sabía- era mi favorita…

miércoles, 21 de enero de 2015

De tal palo, tal astilla (o tal otra)



No soy padre. Así que aquí escribo de oídas. Solo hijo. Y todo lo que sé sobre el tema es todo lo que les he visto hacer a mis padres durante muchos años. (Ese todo nunca se agradece bastante…). Y lo que veo ahora, a ratos, que hacen mi hermana, mis cuñados, algunos amigos… Me basta para saber que es la tarea más importante de la sociedad. Y que es una tarea colosal. Que exige no dormir nunca más del tirón, vencer a cada rato las preocupaciones, los temores cotidianos a que algo pueda suceder, que exige una dedicación permanente, una paciencia infinita, y un hacer muy a menudo de tripas corazón ante el mutismo, el ceño fruncido, la respuesta airada, los sentimientos desbordados, provocados por los altercados hormonales en cierta etapa crucial del crecimiento.

Sobreponiéndose al cansancio de cada día, a la incertidumbre, enseñar respeto por lo importante, otorgar cariño, despertar curiosidad, alentar ilusión… Cuánto aprenderían, cuanto facilitaría la labor docente si esas tareas vinieran hechas de casa. Pero no siempre sucede así. Y demasiados niños crecen desamparados, con padres invisibles o muy poco presentes. 

Pienso en ello después de ver De tal padre, tal hijo, la película de Koreeda, que enfrenta dos modelos de paternidad, el del padre que está y el del que no está. El padre que no se reconoce en su hijo. Y el que, simplemente, juega con él. El que cree que la sangre es determinante. Y el que piensa, sencilla y naturalmente, que el roce hace el cariño. Una película de cuyo argumento solo quiero desvelar lo que pueda sugerir lo que acabo de escribir y el título de este post. De visión muy recomendable para padres. Y para hijos. Para todos, pues.

Su proyección, en el ciclo de Cine Actual de El Ejido, casi coincide en el tiempo con esa nueva sorprendente declaración del novedoso Papa de Roma, esta vez a favor de la paternidad responsable y de la planificación familiar: “Ser buen católico no implica tener hijos como conejos.” A un paso de recomendar abiertamente los anticonceptivos… Que se suma a cuestionar el ofrecimiento de la otra mejilla: “Si alguien insulta a mi madre, le espera un puñetazo.” Y a su respetuosa voluntad de no meterse en cama ajena: “Quien soy yo para juzgar a un homosexual…”. Sin olvidar que su primera visita pontificial fue a Lampedusa, una de las orillas a las que arriban los desesperados del continente africano…

Quería hablar de una película y acabo leyendo una homilía:

“¿Quién de nosotros ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas, de todos aquellos que viajaban sobre las barcas, por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos, por estos hombres que buscaban cualquier cosa para mantener a sus familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto... La ilusión por lo insignificante, por lo provisional, nos lleva hacia la indiferencia hacia los otros, nos lleva a la globalización de la indiferencia”.

martes, 20 de enero de 2015

Un sonriente selfie cromático



Vuelvo a casa en coche a mediodía, cuando los elefantes sueñan con la música. Al parecer, los elefantes, cuando sueñan con la música, prefieren la bossa nova, y me parece bien. La bossa nova sosiega el espíritu, acalla el estruendo que aún retumba en la bóveda craneal y libera buena parte del estrés matinal. Como una brisa ligera en las sienes.

Vuelvo a casa en coche, adelantando alumnos que vuelven a casa andando, que saludan al paso, y esa banda sonora transforma la realidad en película francesa. Los veo avanzar por la acera a través de la ventanilla abierta –con una brisa ligera en las sienes-, como en un travelling cuyo fondo musical lo pone la nieta de Vinicius de Moraes. La cámara va captando sucesivos momentos de vida, los que se besan como si no hubiera mañana, los que comen como si no hubieran desayunado, los que corren, se persiguen y se zancadillean, los que ¿juegan? a darse patadas, los que saltan porque llevan mochilas livianas (contenido: libreta arrugada, móvil y paquete de pañuelos de papel) y los que cargan mochilas pesadas, que les encorvan la espalda (los estudiosos, los responsables, los obligados…). Y la cámara captó el selfie

Nos enseñó Neil Harbisson –el joven sinestésico, el ciborg de Mataró que “oye los colores”, que ve lo real, puesto que lo mira con ojo electrónico- que no hay pieles humanas blancas ni pieles humanas negras (ni amarillas… pieles rojas sí, añado yo, incapaz de resistirme a otro paréntesis y a un mal chiste: las de los suecos de Almerimar)… Ni blancas ni negras, todas son naranjas, “la piel negra es un naranja oscuro, la piel blanca, un naranja claro”. Y he aquí que la cámara se detiene y orienta el zoom hacia ese selfie con cuatro tonalidades de naranja: Lisnot (Senegal), Jhonatan (Colombia), Mahde (Marruecos) y Alex (Rumanía). Un sonriente selfie cromático.

lunes, 19 de enero de 2015

Aristóteles paké?



¿Para qué los profesores de inglés? ¿Para qué las profesoras? ¿Para qué tomarse la molestia y el esfuerzo de aprender un idioma... si ya tenemos Google Translate? Se acabó la incómoda incomunicación de nuestros presidentes de gobierno en los foros internacionales. Ahora situarán su teléfono inteligente a la altura de los labios de Ángela Merkel y recibirán instrucciones directa e instantáneamente.

¿Para qué el conocimiento si disponemos del instrumento? ¿Para qué la aritmética desde la calculadora?

Si tengo a mano y clic el Google Maps, ¿para qué saber que el Gállego es un afluente del Ebro (por su vertiente izquierda)... y no un natural de Galicia? ¿Y para qué saber situar Galicia en un mapa mental... si yo no soy gallego? ¿Gallego, Gállego? ¿Para qué saber que las esdrújulas son palabras cuya acentuación recae en la antepenúltima sílaba (contando desde el final) y que esta debe llevar una tilde... si tengo un corrector ortográfico? (Bueno, aún no reconoce el contexto, lo estamos mejorando...). Pero, en serio: esdrújula, sílaba, tilde... ¿Qué me estás contando? ¿Pa' qué?

¿Para qué el conocimiento si disponemos del procedimiento? Pudiendo emprender, ¿pa' qué aprender? Aristóteles, paké?

¡Lo que sabemos entre todos! ¡Oh, eso es lo que no sabe nadie!” (Juan de Mairena)