jueves, 3 de abril de 2014

El ojo y el catalejo

Al final no tuve ocasión de conocerla. O quizá sí.

Siempre tuve la secreta esperanza de publicar en El Gaviero lo único que he sabido escribir hasta el momento. Que fuera uno de esos austeros y elegantes cuadernos troquelados, con portada de cartoncillo y letra Garamond... hasta que supe que era colección juvenil y que se me había pasado la edad. Y pensé luego en esos otros con portada como de libro de cuentas o de actas, numerados del 1 al 666, que protagonizan la muerte y sus aledaños...

La conocí por sus obras: bellos objetos artísticos, nobles empeños culturales. Y por el testimonio de sus amigos. Deja el mejor legado: la buena fama, a la manera manriqueña. Y uno -sin haberla conocido, pero creyendo conocerla- se atreve a darle las gracias. Y a imaginarla viajando en el vagón de tren -metacrilato y sueño- de uno de sus haikus favoritos. Como quien mira el mundo a través de un catalejo o de unas gafas de buzo...

O quizá sí: quizá fuese ella la que sonreía (bajo unas gafas de buzo), en una ya lejana feria del libro, la que inspiraba, divertida, por el tubito y seguía oteando lectores, ante su puesto de ambientación marinera, la que manejaba con garbo el timón de su barco de tinta y papel.

(Encuentra -si quieres- a Ana Gaviera aquí: Lilec 09)