sábado, 14 de diciembre de 2013

Bien, viene Emilio



Cuando nuestro amigo Emilio viene a visitarnos a este ejido almeriense, después del abrazo del reencuentro, la pregunta es la siguiente: "¿Qué ha ocurrido esta vez?"

Y lo que ocurrió esta vez podría contarse así:

Conduces por el carril derecho de la A 7, entre Almería y El Ejido, por ese tramo señalado como "de concentración de accidentes". Y asistes a uno. El coche que te precede hace un quiebro extraño y se empotra contra el muro lateral. Enciendes las luces de emergencia, paras detrás, acudes. Es una pareja joven. Él conduce. Está muy nervioso, tiembla. Ella tiene una brecha en la frente y el hombro dislocado. Sujetas ese hombro con la mano izquierda y tiras del brazo con la derecha. Lo recolocas. Llamas al 112. Y te despides: Hasta luego.

Emilio no es enfermero, sino abogado. Pero sepan ustedes que un abogado debe estar preparado para cualquier contingencia… Emilio lo está. "Pero, ¿cómo te atreviste a hacerlo?", preguntamos con asombro. Por toda respuesta: "Ya lo había hecho antes." 

Ella siente un alivio inmenso e instantáneo y un agradecimiento perpetuo. ¿Superhéroe en la carretera?, dirán ustedes. Bueno… Para esa chica, desde luego que sí.

He aquí otra épica aventura on the road:

Hace muchos, muchos años compartimos viaje de vuelta a Puente Genil desde Granada en un viejo Renault 12, que tomamos prestado de su padre. Había un motivo importante para ese viaje que yo he olvidado, pero Emilio no (goza de una memoria implacable) y habíamos completado la jornada disfrutando y casi agotando nuestros escasos caudales en alguno de los estupendos bares del Campo del Príncipe. A la altura de Loja, bajo el coche comenzó a oírse un estruendo como de cadenas sueltas y arrastradas… A duras penas llegamos a una gasolinera. Hablamos de una época en que ni se sospechaban los teléfonos de bolsillo. Con una moneda llamamos al taller: vendrían a recogernos… al final de la mañana del día siguiente. Pasamos la noche en el viejo Renault 12, aparcado en la gasolinera solitaria. No teníamos ni pa’ pipas. Aunque pipas sí: media bolsa y dos caramelos de menta fueron toda nuestra cena. Solidario y generoso como es uno, me acomodé sin preguntar en el asiento de atrás y arranqué a roncar, mientras mi amigo Emilio, siempre en el asiento del conductor, pasaba la noche en vela, encendiendo a cada rato la calefacción para combatir el gélido viento de diciembre que escarchaba los cristales. Le debo la vida. Con el amanecer, desentumecimos músculos bajando hasta la estación de Loja y compramos sendos billetes de tren hasta donde alcanzaban las últimas monedas. El trayecto incluía un transbordo y jugamos, durante casi una hora, al ratón y al gato con el revisor. Pero conseguimos volver sanos y salvos y algo aturdidos a la casilla de salida: Puente Genil, pueblo de gente abierta, donde el sol se hace dulce.

Emilio tiene un gesto: atornilla y atusa con los dedos índice y corazón de su mano derecha los caracolillos de su pelo (que conserva bien espeso el muy… piiiitido censor…, cuando casi todos sus compañeros de generación ya solo peinamos la comarca occipital). Atornilla y alisa esos rizos mientras hace un silencio y piensa y encuentra soluciones a los más diversos problemas. Es un gesto asentado desde la adolescencia. Durante la adolescencia he caminado cientos de Matallanas debatiendo con mi amigo Emilio sobre los más candentes asuntos de la política internacional y sobre las más profundas cuestiones del pensamiento humano. Sobre éticas y estéticas. Sobre el Madrid y el Barça… A veces hasta levantábamos el tono de voz por encima del fragor de las cafeterías, del megáfono de "la chivata", del batir de campanas de San José… Aprendí mucho en aquellas caminatas. No sé si se lo he dicho. Lo hago aquí ahora. No se me vaya a olvidar.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Fernando mola mucho más



Una vez, como regalo de cumpleaños, me llevaron a un concierto de música clásica. O más bien a un conciertazo. Acudíamos todos bien sujetos de una mano, para no subir corriendo y tropezar en las escaleras del auditorio... Sobre el escenario: la Orquesta Filarmonía, completamente estática, y un director de orquesta de espaldas al público, de cara a la orquesta, con los brazos en alto y la batuta inmóvil hasta que Fernando –Fernando Argenta- le incrustaba en la espalda una enorme llave con la que darle cuerda. Se mueven los brazos, suenan los violines y escuchamos el final de la obertura de "La Cenerentola" de Rossini. En la platea, todos desenfundamos nuestros dedos índices e imitamos el vaivén del director, el señor Osa, y cuando termina la pieza, aplaudimos y saltamos sobre nuestras butacas.

Fernando, allá a lo lejos, parece un tipo altísimo, con la espalda levemente encorvada, como suele sucederles a personas de su estatura. Lleva gafas plateadas, que lanzan destellos por el reflejo de los focos, traje gris claro, chaqueta abierta y frente despejada; y se mueve sobre las tablas con viveza, mientras nos habla a todos y a cada uno.

Por entre los telones del foro asoma, de pronto, un orondo Supermán cargando un chelo, con el que interpretar la banda sonora de la película... Los músicos concluyen la polka de Strauss "El vuelo", y se lanzan unos a otros aviones de papel... Bailan la "Danza de las horas" la extraña pareja formada por un hipopótamo y una avestruz, ataviados con tutú... Cuando Fernando pide voluntarios para acompañar la "Marcha militar número 1" de Schubert, los índices casi tocan el techo del auditorio... Fernando no me escoge a mí.

Fue hace cinco años. En el auditorio de Roquetas de Mar. Yo cumplía 40. Se acaba de morir Fernando y quería darle aquí las gracias por aquella estupenda tarde de cumpleaños.

En febrero del pasado año, pasamos cuatro días en Santander: subimos a la Magdalena, recorrimos el sendero elevado que bordea el campo de golf, con vistas a la magnífica bahía, pisamos la arena del Sardinero, vimos Arrugas en el cine Groucho y paseamos por las céntricas calles adoquinadas y repletas de buenísimas tabernas. No diré que me sorprendiera encontrarme con que una de aquellas calles aún conservara el nombre del golpista General Mola... Hay quien, sin ser un nostálgico del régimen anterior, opina que deben mantenerse esos nombres y esos símbolos en nuestras ciudades y pueblos: al fin y al cabo, forman parte de nuestra historia, dicen. No opino igual. Hay que conocer, hay que estudiar nuestra historia. Pero nombrar una calle es una dedicatoria y un reconocimiento público y un homenaje. Que no se merece Mola. Que sí se merece Argenta.

He leído en la prensa que el ayuntamiento de Santander hace apenas un mes decidió cambiar Mola por Argenta, Ataúlfo Argenta, pianista, director de orquesta y padre de Fernando. Y que Fernando lo supo, pero no pudo acudir a ese cambio de placas por problemas de salud.

Ahora esa calle mola mucho más.