domingo, 17 de noviembre de 2013

Tonsura cerebral



Seguramente habrá más motivos para la vergüenza (la memoria es selectiva y, a veces, piadosa y decide ponerse de nuestro lado), pero diría que de lo único que me arrepiento durante mi etapa como concejal del ayuntamiento de Puente Genil es de mi asistencia silenciosa a la charla de un obispo. Que, por venir de obispo, fue homilía y no charla.

Me he acordado ahora (la memoria es traicionera y, a veces, te asalta como un gato rabioso) en que ese obispo vuelve a hacerse notar.

Se trata de Francisco Javier Martínez, hoy arzobispo de Granada, entonces obispo de Córdoba que, invitado por una corporación bíblica de la localidad, vino a elogiar las virtudes cristianas de la Mananta pontana. O eso creía yo.

Lo saludé en el vestíbulo de la casa-cuartel. Aunque dudo de que llegara a verme. Permanecía de pie, junto a una lámpara de cirios eléctricos, los dedos entrelazados sobre su vientre –anillo dorado y brillante-, la cabeza algo ladeada y los ojos cerrados, en actitud meditativa, de recogimiento espiritual, se podría pensar… si no fuera porque no paraba de adoctrinar –con los ojos cerrados- a algunos de sus anfitriones congregados en corro.

No recuerdo los términos de este introito, aunque imagino que no sería distinto a lo que vino después, ya sentados en el salón. Porque, más que de las virtudes cristianas de la Mananta pontana, a este hombre le interesaba abundar en lo que él entendía por las virtudes cristianas de la mujer pontana, resumidas en el título del libro que su imprenta acaba de publicar: Cásate y sé sumisa.

La sumisión es un concepto muy caro a este modelo de iglesia: de la mujer al hombre, del pobre al cacique, del hombre a Dios (y a sus representantes en la Tierra). La felicidad no se alcanza sino por la vía del sometimiento, hasta alcanzar “la libertad de la obediencia.” (Una paradoja muy del agrado de esta modalidad teológica.)

La última vez que este hombre se hizo famoso lo hizo por un argumento bien retorcido: Legalizar el aborto supondría un estímulo para que los hombres abusen de las mujeres sin temor… Un argumento que redondeaba igualando aborto y genocidio.

La memoria es engañosa, por eso no sé si recuerdo o invento este recuerdo: mientras este hombre tan ignorante y tan osado –tan morboso y tan peligroso- enhebraba su retahíla truculenta contra el aborto, cargando la mano en detalles sanguinolentos… desde su vitrina transparente lo miraban los ojos perforados del rostrillo de Betsabé. Y su boca entreabierta parecía una sonrisa burlona o una mueca de asco.

"La memoria es como un perro tonto: le tiras un palo y te trae cualquier cosa", escribió Ray Loriga en alguna página de El hombre que inventó Manhattan. Por eso ahora también recuerdo (o creo recordar) que mientras escuchaba a este hombre de mofletes flácidos, como los de un perro tonto, me pregunté si llevaría tonsura, ese rapado circular del pelo de la coronilla. Y concluí que sí. Porque, aunque la tonsura capilar desapareciera con el Concilio Vaticano II, no cabe duda de que aún subsiste este otro tipo de tonsura cerebral.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Avant la lettre



El tipo está meando con el casco puesto. Ata los brazos de su mono de trabajo a la cintura. Debajo viste camiseta verde por la escuela pública, que amarillea en los sobacos. Mira a quienes le miramos desde la acera, desde el otro lado de la valla de rombos de alambre. Con total naturalidad. Sin pudor, ni desafío, exhibicionismo o chanza. Sujeta un cigarrillo con la mano izquierda y el cigarro en la otra. El pene morcillea. La meada es cervecera. Y acierta en el rectángulo trazado con polvo de cal donde -según los planos- se instalará uno de los retretes de los servicios de profesores del nuevo instituto de enseñanza secundaria de El Ejido, que ya hormigona sus cimientos. (Avenida de la Luz, sin número.)

Y que él ha decidido inaugurar… avant la lettre.