lunes, 11 de marzo de 2013

Actitudes miserables en la vida pública española



Hoy: Esteban González Pons.

Este portavoz del partido en el gobierno se ha permitido poner en cuestión, de nuevo, la sentencia judicial sobre los atentados terroristas de Madrid del  11 de marzo de 2004. Algunos pensamos que los principales elementos antisistema de la sociedad española se encuentran en el corazón y en las arterias del poder.

A Pons lo mantuvieron un tiempo en hibernación tras la victoria electoral de Rajoy, por razones que ni conozco ni me importan. Pero lo han despertado ahora que vuelve a ser necesario repartir mugre. Un papel ingrato. Que cumple con esmero.

En una de esas torvas tertulias digitales, ha recomendado Pons con entusiasmo que vayamos al cine a ver “La noche más oscura” de Kathryn Bigelow. Le parece a él una película muy rigurosa con la verdad histórica, dado que el guionista no menciona la masacre de Madrid entre la relación de  atentados de Al Qaeda. A Pons le merece más credibilidad una ficción cinematográfica, parida en Hollywood, que la justicia española. Esta sería la prueba definitiva de que jueces, policía y demás partidos políticos han mentido en este asunto. Ergo, fue ETA.

Recuerdo muy bien la sensación de vértigo que me produjo escuchar al oído: "Dicen que no ha sido la ETA, que han sido los otros, los islamistas…". Fue durante la concentración de repulsa al atentado a las puertas del ayuntamiento de Puente Genil y quien me lo contaba era Manolo Morillo, el histórico líder de la sección local de Comisiones Obreras. No podía creer que, en un asunto tan trágico, el gobierno tuviera la osadía de mentir… simplemente para mantenerse en el gobierno.

Los políticos más cínicos y más sinceros se encargan, de vez en cuando, de recordarnos que el principal objetivo de un partido político es alcanzar el poder y perpetuarse en él. Pero fue en esos días cuando aprendí hasta qué punto ese objetivo arrasa con la ética pública y con la dignidad personal. Al horror, a la pena, se sumó la inmensa estafa moral a los ciudadanos que supuso aquel engaño. No hay escrúpulos. No hay ni un asomo de honestidad. No hay vergüenza.

Comparado con aquello, algunas de las noticias del día se vuelven menudencias: organizar las fiestas de cumpleaños de los niños con dinero sucio, bueno; cobrar dobles y triples dietas por reuniones con media hora de diferencia, venga; pactar el gobierno municipal con un acosador sexual, ¿por qué no…? ¿Por qué tendrían que dimitir Ana Mato, Yolanda Barcina, Óscar López… si aún estamos esperando que Acebes y Aznar se disculpen por aquello?

Pero no. No solo no se van a disculpar sino que continúan enmerdando la convivencia, faltándoles al respeto a las víctimas, acabando de sepultar la confianza en los partidos políticos, en el sistema

Esta vez sirviéndose del cine. Como a Esteban González Pons las películas le gustan más que las sentencias judiciales (mejor: que esta sentencia judicial), me permito recomendarle la serie Homeland, y concretamente el capítulo 5 de la segunda temporada, donde sí relacionan Al Qaeda y Madrid. A ver si así...

viernes, 1 de marzo de 2013

Los años ocultos (apuntes a una primera lectura)



Para pasar página antes conviene leerla.

Eso es lo que ha estado haciendo Víctor Almeda Estrada durante los últimos tiempos. Leer. Y no una sola página. Rastrear archivos, leer miles de documentos, ordenar, anotar. Y componer Los años ocultos. Puente Genil, 1936-1945. Un libro importante.

Soy de Puente Genil porque en Puente Genil hice el bachillerato. (Este criterio se la robo a menudo a Max Aub.) Soy de Puente Genil aunque no nací en Puente Genil. Aunque mis ancestros no lo sean. Pero esa circunstancia, que uno no decide, me permite leer este libro sin que me sobresalten los apellidos. Uno no puede ser responsable en absoluto de lo que hicieron sus antepasados. Ni para bien, ni para mal. Sobre todo si les tocó vivir un tiempo tan convulso y dramático como el de la última guerra y posguerra españolas. Pero supongo que no es fácil asumir ciertas cosas. Y la indiferencia es imposible. No abundan los héroes. Abunda la supervivencia.

He leído Los años ocultos para conocer mejor mi pueblo y un tiempo que no viví. Y la primera gran virtud del libro es que ese objetivo lo consigue plenamente. Es encomiable el trabajo de Víctor trabando estas piezas de nuestro puzle social. Hay para otro libro, afirma. Queremos leerlo.

La segunda virtud no le pertenece: está en la magnífica prosa narrativa, administrativa y judicial de quienes redactaron las actas, cartas, proclamas o sentencias aquí recogidas.

La tercera puede que haya quien no la considere una virtud: se lee como una novela. Con la misma intriga, con la misma emoción. Circulan por el libro personajes de fuste, aunque decir esto sea algo improcedente dado que, como es bien sabido, la trama es real y, por tanto, los personajes fueron personas (con sangre en sus venas que podía hervir o ser derramada). Personas que, con la lectura, se tornan impactantes personajes literarios: como ese Joaquín Ariza que no se dignó a levantar el brazo (ni el culo de la silla) a los sones del Himno Nacional, o como aquel Lorenzo G. J., abusador de sus hijos, o como el admirable bibliotecario Antonio F. del Molinet, defensor de la Biblioteca Aguilar y Cano (este hombre merecería un homenaje en su sucesora, la Ricardo Molina), o como el subjefe Montes, enamorado de la pupila Magdalena, o como Jesús Aguilar recibiendo una llamada de Millán Astray. O como Antonio Romero Jiménez en el amanecer del 24 de octubre de 1939. El último amanecer.

 A un libro con muchas virtudes, solo le pongo un par de peros (que tal vez no merezca, no es más que una opinión): No encajo bien el furor justiciero con que se redactan algunos pasajes introductorios, como ya le comenté personalmente a su autor. Y que catalogar en el Apéndice I la relación de asesinados -tras sofocar el golpe- como "Memoria trágica. Señales de dolor" me parece un epígrafe muy suave. Son, también, horrendos crímenes…

Pero se trataba de desvelar lo oculto. De iluminar una zona de sombra. Y hecho está.

Porque para pasar página, antes es imprescindible leerla. Sin remordimientos o rencores que no nos pertenecen. No somos responsables del pasado. Lo somos de lo que hacemos. Y podemos serlo de lo que vendrá.