sábado, 16 de junio de 2012

Spaaaaam


"De verdad que no lo necesito", le dijo al spam que le proponía un alargamiento de pene. "En serio", insistió.

viernes, 15 de junio de 2012

Estos griegos


Agradezco mucho ejercicios tan didácticos como este, porque soy de cerebro espeso para las abstracciones financieras, de consecuencias tan concretas y terribles en la economía real.

Leyendo el último párrafo del artículo de Enric González me he acordado de esta noticia que vi hace poco en televisión. Si resulta que el euro no es más que “el marco alemán con otros colorines...”, ¿no podríamos prescindir de él, como hacen estos homéricos ciudadanos griegos? En el fondo, ¿no será una buena noticia que Carrebluf abandone Grecia?  Sería una curiosa paradoja que la apoteosis del mercado global (manejado por esas megacorporaciones que asfixian a los productores, someten a los trabajadores y visten lo superfluo de necesidad) acabara impulsando el comercio a escala local, el trueque con mi vecino. ¿Serán los griegos pioneros? ¿Refundarán Europa después de haberla fundado? ¿Será cierto que esta crisis devendrá en catarsis? Apoteosis, crisis, catarsis... Ah, estos griegos...

jueves, 7 de junio de 2012

Ylla, qué maravilla


Se ha muerto Ray Bradbury ahora que pensábamos homenajearlo paradójicamente, quemando su libro de los quemadores de libros (habrá que hacerlo o, todavía mejor, habrá que quemarse las retinas leyéndolo…). Se ha muerto Ray Bradbury espero que no antes de haber contemplado en las pantallas la última danza de Venus ante el Sol…

La vida en Marte era inexistente (¿precaria?), antes de que Ray la engendrara en sus Crónicas.

“Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblito marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa. Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas…” 

(Ray Bradbury: Crónicas marcianas, Ylla, 1950). Qué maravilla.

martes, 5 de junio de 2012

El Nuevo, sus nuevos amigos y el misterio


Tengo once años, llego al colegio y entro en la clase de 6º A: soy el Nuevo.

El Nuevo es una categoría en cualquier colegio (en cualquier empresa…). Vengo de Barcelona, de estudiar con los Hermanos de la Salle, de un colegio solo para chicos. E ingreso en la Compañía de María, que hace años fue exclusivamente femenino y clasista, pero cuando llego yo, en septiembre de 1979, ya no. Ni una cosa, ni otra.

De modo que, en el nuevo colegio, a ser el Nuevo añado otra novedad: las chicas. Las chicas me asustan, sobre todo ese tipo de chicas tan alegres, tan espontáneas, tan desenvueltas, que me hablan con tanta confianza, como Maite o como Ana, para entendernos. Al Nuevo se le saluda con una caricia en el cogote, mientras se le compadece: “Animalito…”, dice Jesús, entre un coro de risas. Rituales de integración. Al Nuevo, en el primer partidillo de fútbol, todo el mundo le pasa el balón para comprobar qué tal se maneja, si regatea bien o si se tropieza con sus propios pies. Creía haber superado aquella prueba con nota pero, años después, hablando de estas cosillas de la niñez, Rafa me sacó del error provocado porque nuestra memoria, a menudo, se pone de nuestro lado: “Eras más malo que la mar…”.

Paso los recreos sentado en un banco de piedra, frente a Manuel Jesús, jugando a las tres en raya. La partida es siempre una, siempre la misma partida. Somos muy buenos. Nunca fallamos. Y, como es sabido, en este juego nadie pierde si ni uno ni otro jugador cometen un error. Creo que puedo decir que, durante mi infancia, jugué la partida de tres en raya más larga de la historia: duró tres años. 
 
Además de el Nuevo, también soy el Callao (otra categoría, como el Malo, el Bajito, el Cuatrojos o el Gordo...). Sentados en el poyete del Banco de Andalucía, lugar de encuentro (aún sigue el banco, pero no el poyete), comiendo pipas, poniendo a prueba el oído de Rafalín -capaz de reconocer a ciegas cualquier modelo de vehículo por el sonido de su motor- charlando sobre música -David Bowie, no crean, Moi era un fanático...-, planeando saltar la tapia del cine de verano, viendo pasar la vida, viendo pasar las chicas… una tarde, tras dos horas de conversación, Javi se levanta, me mira y se sorprende: “¡Coño, si está aquí el Gómez!”. Creo que todavía miro más que hablo.

Callao y colorao paso tres años de colegio y, por lo menos, dos de instituto. Callao y colorao bailo sevillanas y la reja (con esas chicas tan alegres, tan espontáneas, tan desenvueltas…) en las clases de la Madre Molina. Y con mi amigo Emilio, con el que inicié entonces unas maratonianas conversaciones sobre el sentido de la vida (el Callao con Emilio hablaba…), que duran hasta hoy… Bailando avergonzado lo pasaba mal, pero mis padres así lo decidieron con buen criterio: para retomar raíces y para espabilar. Agradecí mucho esas clases años más tarde, porque bailar sevillanas aligera ciertos trámites, facilita ciertas maniobras de aproximación (con esas chicas tan alegres, tan espontáneas… y con las demás) en las noches de feria o de cruces de mayo…

El edificio de la Compañía de María Lestonnac de Puente Genil combina el mármol blanco y el ladrillo rojo en una amplia fachada, abierta a la Matallana en ventanales simétricos de rejas plateadas. Su apariencia es armoniosa; su situación, céntrica. Su ambientación (para el Nuevo de 1979), misteriosa. El misterio comienza en la misma entrada, donde una Madre Portera, anciana fuerte pero encorvada, interpreta el papel de centinela malhumorada de un castillo gótico. El misterio está en las puertas oscuras de cristal biselado, en los cuartos cerrados con candado, en los relojes de pared con péndulo, en los jardines y huertos inaccesibles, en el cementerio –se decía- tras la última tapia… Para acceder al patio de recreo hay que atravesar un túnel. El misterio estaba en las manos pálidas, translúcidas, de la minúscula Madre Guerrero, en sus dedos largos, finos, huesudos, tamborileando sobre la mesa, mostrándonos la pulsación firme que debíamos aplicar a las teclas de la máquina de escribir. Firme y cariñosa, así era esta monja a la que le debo una mecanografía rápida, limpia y precisa. El misterio estaba en las frases en latín y en el "tu amante patrocinio..." del Himno a la Niña María; en los crucifijos y en las estampas de santos y en los inquietantes rostros de niños suecos que, todavía hoy, sonríen desde láminas descoloridas. Misteriosas, las bambalinas del salón de actos. Misteriosa la monja que cojeaba y siseaba. Misteriosa y acongojante la de origen filipino, capaz de cundir el pánico con solo una mirada… Para cualquier niño de once años abunda el misterio en el último piso, donde duermen las monjas. Abunda el misterio en la iglesia, donde el granito grisáceo y la tenue iluminación durante la oración de la mañana avivan los fantasmas de la imaginación: las trasfiguraciones entre los Avemarías… La Virgen, en hornacina celeste, parece sonreírte precisamente a ti. La Madre Zuloaga, tras sus gafas doradas, lee con voz calma leyendas bíblicas que apaciguan el ánimo y lo predisponen a afrontar las obligaciones del día. En la iglesia y en clase, la Madre Zuolaga antepone el afecto a la disciplina. Pienso en ella cuando me escucho gritándole a uno de mis alumnos, ahora que me dedico a lo que ella tan bien hacía... Mª Carmen Zuolaga nos cuenta relatos, nos recita poemillas, nos enseña refranes y trabalenguas… Creo que le debo a ella, más que a nadie, mi afición a leer o a escribir estas notas.

A la clase llegan los sonidos de la calle: “¡Llevo el Gordo! ¡Hay lotería, oiga!”, mientras cruje la tarima con el ir y venir de Don Francisco, el barbado profesor de historia (se afeitó y ahora parece más joven…), mientras no hay manera de concentrarse en los ejercicios matemáticos, por ese perfil a contraluz de la profesora con su vestido de verano…

Estos y otros recuerdos, que quizá cuente otro día, se me despiertan ahora que hace treinta años de todo aquello, cuando nos hemos reencontrado en nuestro colegio bastantes compañeros del Octavo A y B de la promoción del 82, el año en que habiendo vivido ya todo lo importante, aún lo teníamos todo por vivir. El año de Naranjito, y el que acabaría con la elección de Felipe González como presidente de un gobierno que parecía anunciar una nueva época… (Suena la campana.) 

Y lo fue para mí.