domingo, 22 de abril de 2012

Star wars en el Campidoglio


 

La Piazza del Campidoglio –en cuyo diseño también tuvo que ver Miguel Ángel, impresionante lo de este hombre…- es una plaza elevada a la que se accede por una rampa-escalinata situada a la espalda del aparatoso Monumento a la Patria de Piazza Venezia, con sus toneladas de mármol blanco y su hoguera siempre encendida y su par de centinelas siempre alerta y su estatua ecuestre de Vittorio Emanuele, el rey unificador. Piazza Venezia es, en palabras del periodista Enric González, “el epicentro del caos automovilístico romano”. Por lo visto, hasta hace muy poco tiempo –hasta que se jubiló Mario Buffone- ni siquiera tenía semáforos, sino su propio Manolo, guardia urbano subido a una pequeña peana circular que, con casco blanco y silbidos y manotazos enérgicos, daba o negaba el paso a los vehículos que confluyen desde dieciséis calles… Aunque a mí me ha parecido comprobar que ese caos tiene su propio orden: uno debe saber que los automovilistas no se detendrán si te ven esperando en la acera, pero que en cuanto pongas un pie en la calzada frenarán lo justo… para pasar a tu espalda. El tránsito de turistas peatones es tan frecuente que, si así no lo hicieran, el tráfico de coches estaría permanentemente bloqueado. También hay que decir que, para tan abundante circulación de vehículos, no hay muchos accidentes y que el ruido de fondo es soportable: no usan caprichosamente el claxon, no se expande el regaetoon por las ventanillas, no hay escapes trucados, ni trompos en las rotondas. Al menos en el entorno histórico, que otra cosa serán las periferias… Eso sí, las sirenas de las ambulancias se escuchan a menudo, y a menudo –se dice- la urgencia es que el conductor llega tarde al partido… Predominan las vespas, los coches de dos plazas, los utilitarios eléctricos, y los adoquines amortiguan el impacto sonoro, con lo que –con un poco de volundad- se viene a escuchar como un fragor de río de cauce accidentado y aguas caudalosas...

Pero íbamos a subir la cómoda escalinata de la Cordonata (no confundir con la del Aracoeli, que está justo al lado y es más cansada: 124 escalones) hasta la Piazza del Campidoglio, con sus tres palacios, su curiosa forma trapezoidal y su divertida pavimentación, que dibuja una estrella refulgente… Ante el Palazzo Senatorio, al frente, actual sede del ayuntamiento, hoy ensaya una orquesta.

Los dos palacios laterales, unidos por una galería subterránea, conforman los Museos Capitolinos, donde no es difícil colarse desde la tienda de souvenirs: el control de acceso de la puerta interior es intermitente, dado que la vigilante ha de perfilarse de cuando en cuando la línea de los labios… Hay que aguardar el momento ojeando unas postales y ¡zas!, cruzar con decisión el pequeño vestíbulo hasta la escalera que baja a mano izquierda. Si en el primer rellano no oyes: “Caro, il biglietto…”, estás dentro… para disfrutar de una agotadora colección de cerámica etrusca y de bustos de emperadores romanos y filósofos griegos, útiles para identificarlos en una rueda de reconocimiento.

 

En la plaza, el alcalde de Roma, Gianni Alemanno está dando la bienvenida a la Banda Sinfónica del Conservatorio de L’Aquila, la ciudad italiana arrasada por un terremoto hace hoy –seis de marzo de dos mil doce- tres años. Aun sin saber italiano, no es difícil entender lo que dice el alcalde: los tópicos habituales a cuenta de la solidaridad y la fraternidad entre los pueblos frente a los caprichos catastróficos de la naturaleza (mientras la ciudad continúa inhabitable porque el 95 por ciento de los cascotes siguen esparcidos por las calles por la inoperancia de las autoridades). Dos clones vestidos de blanco Armani, con intercomunicador en la oreja, protegen su discurso enfático y huero… Un jawa, sentado en la acera junto a su carro de chatarra, se lía un cigarrillo… La parrafada se alarga… Una nube metálica oscurece el cielo… El emperador Marco Aurelio, que preside la plaza en efigie de bronce, arruga las espesas cejas, se mesa la barba rizada y se baja del caballo: desenfunda su espada de luz y convoca una legión de romanos, aquilenses y turistas que al grito de “¡Que se calle ya ese hombre y que suene la música!” consiguen que el alcalde comience a titubear. Soldados de asalto del Imperio Galáctico –ahora los vemos- asoman sus rifles blaster sobre las balaustradas altas de los palacios… Pero bastan un par de miradas amenazantes de los poderosos gemelos Cástor y Pólux para que se vuelvan a esconder.


El emperador Marco Aurelio, el papa Urbano VII, que por allí reposaba, y Obi Wan Kenobi negocian en una sala capitolina el desbloqueo de la situación, que pasa por arrancarle al alcalde el micrófono, con mano y todo, de un tajo láser, si es preciso. C3PO les ofrece unos vermús. Yoda, a pie de escenario, le afea la incontinencia verbal a Alemanno: “Por la boca la Fuerza irse suele…”, creo oírle decir, y al fin lo convence, mientras un anciano Luke Skywalker inicia el solo de clarinete que Ennio Morricone escribió para La misión.

Luego, la Banda Sinfónica del Conservatorio de L’Aquila se arranca por John Williams…

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sábado, 21 de abril de 2012

Itinerario Pétreo


De turista en Roma uno de los entretenimientos puede ser seguirle la pista a San Pedro.

“Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres…”.  Pescador de peces en el mar de Galilea, llamado a ser el primer Padre de la Iglesia fundada por Jesús de Nazaret, sobre Simón Pedro yo lo desconocía casi todo. Mis conocimientos sobre su vida no iban mucho más allá del episodio mencionado en la saeta cuartelera: “En el patio de Caifás / cantó el gallo y dijo Pedro: / Yo no conozco a ese hombre, / ni tampoco es mi maestro.” Y de la frase atribuida a Cristo en los evangelios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia…”. Pero yo no sabía, por ejemplo, cómo había llegado a Roma desde Judea. Sigo sin saberlo muy bien, porque no están muy documentados sus movimientos, aunque es de suponer que divulgando la “buena nueva”.

Fe perseguida en Roma en esos primeros años del calendario cristiano, a Pedro lo detuvieron y lo encerraron en la mazmorra mamertina (vigilada hoy día por una inaccesible funcionaria con larga y encrespada melena, émula de Medusa, que no te deja entrar porque solo faltan veinticinco minutos para el cierre… No insistimos por no mirarla a los ojos tres segundos seguidos, tiempo estimado para nuestra conversión en piedra, Pedro). En la prisión mamertina que no pudimos ver, al parecer, hay un pozo; y en el pozo hay una fuente, fuente que brotó de un muro de piedra, tras impactar Pedro su cabeza contra él en un arranque de ira. Al parecer.

Las cadenas con las que estuvo sujeto al muro de la fuente del pozo de la prisión se exhiben hoy en una urna con luz aúrea, que confiere a los rústicos eslabones un aire sagrado, bajo el altar de la iglesia de San Pietro in Vincoli, de visita obligada también por otro motivo: porque una capilla lateral alberga el inacabado mausoleo de mármol del papa Julio II, esculpido por Miguel Ángel, y que integra el magnífico Moisés (pésimamente iluminado, por cierto).

Según la tradición, Pedro fue crucificado cabeza abajo en San Pietro in Montorio, ascendiendo al monte Gianicolo, donde Bramante, quince siglos después, levantó un templete circular pleno de gracia (sobrenatural, de mérito y de humor). 

Y su cuerpo muerto fue sepultado a las afueras del circo que el desquiciado emperador Nerón mandó construir en la colina vaticana, con obelisco egipcio como eje de giro en las carreras de carros. La tumba de Pedro se convirtió en lugar de culto y muchos cristianos quisieron ser enterrados lo más cerca posible del patriarca a quien Cristo entregó las llaves del Reino de los Cielos. Sobre ese cementerio cristiano a la orilla derecha del Tíber diseña Donato Bramante una basílica, Michelangelo Buonarroti una cúpula y Gian Lorenzo Bernini una plaza que abraza.

En el interior de la basílica, a mano derecha del baldaquino de columnas salomónicas de Bernini, desde una estatua de bronce, San Pedro ofrece su hierática bendición a las salomónicas columnas de fieles que acarician su pie izquierdo, tan desgastado como el seno de Julieta en Verona o el hocico del porcellino en un mercadillo popular de Florencia.

Se cuenta que el cráneo de Pedro y el de su amigo Pablo de Tarso, “apóstol de gentiles”, se ocultan tras unas máscaras con aureolas de oro, encajados en unas esculturillas encerradas en (otra) cárcel de barrotes dorados, sobre un baldaquín gótico, en la catedral de San Giovanni in Laterano.

 

miércoles, 18 de abril de 2012

En Campo dei Fiori


En Campo dei Fiori parece que arda de nuevo Giordano Bruno, enjaulado en la estufa de esta terraza, perseverando en la herejía heliocentrista, en esta noche sin luna.


Con un mojito brindo a su salud. (Es un decir.)

martes, 17 de abril de 2012

Las fuentes de Roma

Con tritones. Con águilas y dragones. Y con ranas. Con tortugas que lanzan al aire unos niños. Con una loba nodriza. Con dos victorias aladas. Con tres náyades mojadas. Y una seca. Con caballo encabritado. Como barcas o toneles. Con columnas, escalinatas, blasones. Con conchas y mascarones. Grotescos. Con cuatro libros antiguos, con caballetes de artistas, con obeliscos egipcios. Con estatuas fastuosas o muy modestas del ghetto. Con glicinas. Con caballotes marinos, con leones capitolinos, con babuinos, con un moro y dos delfinos, en el pozo mamertino, con ánforas de travertino, que en vez de agua vierten vino… Con el Río de la Plata, con el Ganges, con el Danubio y el Nilo. Con gorgonas, con Neptuno, con sirenas y cupidos, con diosa con lanza y yelmo... Con Moisés.

(Y con birra Nastro Azzurro.)

Roma es un homenaje al agua, me dijo Noelia antes de venir… Y cuenta Josep Plá en sus Cartas de Italia que era un placer caminar en la madrugada por las callejas adoquinadas y desiertas del centro storico, escuchando el rumor de la fuente que se aleja, de la fuente que se acerca… Placer que me he perdido porque ya no camino en la madrugada (ahora duermo por las noches) y porque sospecho que la juerga permanente del turismo nocturno hará inaudible, hoy día, esa sensación.

lunes, 16 de abril de 2012

Sharon Stone y Jorge Cadaval

Y no hay mucho más que escribir, pero admitan que titular así despierta curiosidad. Se trata de una pareja por diversos motivos muy improbable y me apresuro a aclarar ya que –que yo sepa- no hay nada entre ellos, salvo una puntual coincidencia en el espacio-tiempo: Roma, 4 abril 2012.

El caso es que, en nuestros paseos mananteros por Roma, bajando por Vía del Corso (zona Dolce Vita, para entendernos), hay algarabía de gente en torno a los escaparates de la tienda Nike Rome. Carraco de cristales tintados aparcado a la puerta y aleteo de celulares apuntando a los guardianes de la entrada, algunos de un tamaño colosal (a los móviles me refiero, no a los guardaespaldas, que también… porque, no sé, todavía se me hace extraño ver a gente haciendo fotos por la calle con un cuaderno de plasma…). Preguntamos y una joven con ortodoncia nos explica: “Dentro está Sharon Stone (Charón Estone), una actriz que fue famosa hace veinte años…”. Y se me hace un nudo en la boca del estómago, no tanto por la primera noticia como por la segunda: ya hace taaanto tiempo del legendario cruce de piernas… La chica ha superado los cincuenta guapísima, con unos ojos color cielo de verano, cálidos e intensos. Ignoro si se estira la piel o si se inyecta gelatinas en los pómulos, si ha sido restaurada, como un fresco de Rafael. O si le basta con un dormir tranquila, una dieta saludable y unas cremas antiedad… El hecho es que su cutis pálido y su sonrisa blanquísima iluminan el tramo de calle donde se arracima el popolo. Saluda con aparente timidez y se oculta en el coche, tomando de la mano a su tercer hijo adoptivo, tan rubio que parece hijo natural… El coche avanza cinco metros… y vuelven a bajar Charón Estone y su niño para comprar algo más en Adidas Rome.

Admito que la foto no es muy buena. No era fácil entre el tumulto de fanfamosos… Bajo ese sombrero de paja está. Lo prometo.

A Jorge Cadaval lo vimos un rato antes en el Vaticano. En visita privada. Por tanto no hicimos foto.

domingo, 15 de abril de 2012

Roma: pinos y ruinas

En Roma, pinos centenarios entre ruinas milenarias. Pinos cuya corteza semeja las estrías de un fuste corintio, columnas como pálidos troncos de pinos desmochados. Estatuas de emperadores que juegan a esconderse y asomarse tras los troncos, copas de un verdor intenso que se aparecen sobre los arcos de un templo desfondado. En el monte Gianicolo compiten en altura con el faro y con la estatua ecuestre de Garibaldi. En el Palatino, los mirlos que se atreven a levantar el vuelo hasta posarse en las ramas más altas, una vez allí, se vencen con vahídos de vértigo. Esa colina boscosa –colina fundacional-, visible desde casi cualquier lugar, es una de las estampas más hermosas de una ciudad pródiga en vistas hermosas. En los jardines de Villa Borghese, los pinos cercan un estadio ecuestre y ocultan un teatro circular, que en las noches de verano ofrece funciones de Shakespeare. En Largo di Torre Argentina (donde dicen que Julio César dijo: “Tú también, Bruto, hijo mío”, antes de caer asesinado de veintitrés puñaladas) hay gatos que dormitan entre las ruinas de cuatro templos… a la sombra de los pinos.

jueves, 12 de abril de 2012

La cúpula, allí

Visitar los Jardines Vaticanos para el no creyente carece de interés:

Aquí está la recreación de la cueva de la aparición mariana en Lourdes (de la que nos hemos traído hasta el altar). Benedicto XVI suele detenerse aquí a rezar. Aquí la Virgen de Guadalupe, rodeada de cactus y chumberas. Aquí Juan XXIII se construyó su residencia de verano. A Juan Pablo II, papa atlético, le faltaba jardín que caminar. Aquí el ferrocarril que abastece a la curia pontificia. Aquí el helipuerto, protegido por la Virgen negra de Czestochowa. Aquí un olivo obsequiado por el estado de Israel. Aquí una secuoya única, aquí un parterre recién regado… Aquí la sede del Santo Oficio, oficiando consignas. Por ejemplo, contra la planificación familiar. Aquí la antena de la radio que divulga las consignas oficiadas…

Como jardín botánico es discreto. Por eso digo que para el no creyente tiene pocos alicientes. Y resulta carillo el paseo en microbús. Yo lo hice en compañía de doce curas jóvenes y, diría, aburridos… Menos mal que la única flor interesante se sentaba a mi lado.

La mejor vista de la cúpula diseñada por Miguel Ángel se disfruta desde ahí, eso sí. A espaldas de la basílica, desde el brazo corto de la primitiva planta de cruz griega. 136’57 metros hasta la cruz sobre la bola dorada, ahí es nada. 42’56 de diámetro. La ampliación de la basílica (para dibujar una cruz latina y para que cupiera más gente) por el lado de la plaza que abraza, estropea la visión de la cúpula, impide ver su arranque. Es mejor desde atrás. O entre los callejones. O a lo lejos: vista desde la torre del Castel Sant’Angelo, al atardecer, armoniosa y etérea, parece una creación divina.

miércoles, 11 de abril de 2012

Roma es lo contrario del amor

Pero no en Roma, donde se escribe amore.

Hay que admirar la perfección en la técnica escultórica de Michelangelo Buonarroti. Concretamente su Moisés cornudo, barbudo y musculado, instalado en la iglesia de San Pedro in Vincoli (aunque fue creado para el inacabado mausoleo de Julio II, papa padre de tres hijas confirmadas y con fama de bisexual…).

Pero después no se pida un café, un té y una especie de donut, fabricado con el mármol sobrante del Moisés, en el Bar Amore de la Vía Cavour, aunque sea el único abierto en toda la calle y aunque hurgue el gusanillo… Le levantarán quince euros, dos de ellos por el servicio, que incluye confundir té con menta-poleo y pagar en la barra.

Cuatro paradas de metro más tarde, en la Plaza de España, y después de insistir en buscarla en bolsos y bolsillos, uno cae en la cuenta de que quedó la cámara olvidada sobre una silla del Amore, tras el sofocón por la turística estafa… Y de que, por tanto, no va a poder fotografiar a ese niño chino que bebe agua con los ojos cerrados (¿o los tiene abiertos?) de la fuente-barca que hay al pie de la escalinata…

A cada parada de metro de retorno aumenta el pesimismo y uno entra en el Amore sin ninguna esperanza de recuperarla… Pero allí está, sobre la palma de la mano de la camarera que nos mal atendió y timó. Que consideró una propina anticipada esa devolución.

La de una cámara repleta de instantes que confirman que Roma no es lo contrario del amor.

martes, 10 de abril de 2012

La cagaste, Burt Lancaster

Caminando hacia la iglesia de San Paolo Intramuros para escuchar “La pasión según San Juan” de Johann Sebastian Bach, tarareo en mi cabeza “Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarte un jersey a rayas…”, el temazo que dio a conocer a mediados de los 80 a los Hombres G…, y que me martillea durante las dos horas de concierto. Así no hay manera. Sufre, mamón.

domingo, 8 de abril de 2012

Resucitar a Pepito Grillo

“No soy un admirador fanático de la especie humana, fruto de la evolución y de la supervivencia genética de los ejemplares más astutos y agresivos. No creo en Dios porque nunca he percibido indicio alguno de su existencia, pero mi escepticismo ante lo humano es tan grave que defiendo una norma de vida técnicamente insostenible e indudablemente conservadora: pensar y obrar como si Dios existiera, como si hubiera que rendir cuentas; recurrir, en fin, a aquello que antes, cuando existía, se llamaba conciencia…”

…leo en uno de los libros que me ha acompañado en este viaje: “Historias de Roma”, del periodista Enric González, corresponsal en la ciudad durante algunos años.

Y diría que es un consejo útil, una buena idea, que permite situarse tan convenientemente alejado de la superstición como del nihilismo. Exactamente a la misma distancia.