Cuando José, María y el Niño huyen a Egipto el buey se queda… Yo no había reparado en eso. Se queda solo, comiéndose la cama de paja del pesebre sagrado. Yo no había caído. Pero algunos escritores sí.
Por ejemplo el poeta y novelista inglés Thomas Hardy (el autor de Tess, novela sobre la que Polanski hizo una película con Nastassja Kinsky) escribió un poema que trata el asunto: tras el Alumbramiento, todos en el Portal estarían de rodillas…
Por ejemplo, al poeta uruguayo-francés Jules Supervielle le importa tanto el buey del Portal que escribió un relato contando el Nacimiento desde su punto de vista. Con un detalle fantástico: el buey calienta al Niño con su aliento y es tal la cantidad de ángeles que revolotean en torno que teme aspirar uno a través de las fosas de su hocico.
En una novelita que ando escribiendo me vino a cuento incluir un par de estampas apócrifas de santos. Por ejemplo: la de un San Isidro uncido a un yugo, arando el campo, mientras los bueyes –genuflexos- oran en la capilla… Y, por casualidad, compruebo ahora que la imagen de un buey arrodillado ya se le había ocurrido a mucha más gente…
Cuatro consecuencias provisionales de los párrafos anteriores:
1. Todo lo ha pensado ya alguien antes: la originalidad es imposible (pero aspirar a ella no creo que sea del todo inútil…).
2. Religión, tradición, literatura… son distintas formas de la ficción. Cada cual escoge la que le resulta más útil para explicarse la realidad. Y, naturalmente, no se excluyen, no son incompatibles entre sí.
3. ¿Tienen estas elucubraciones alguna utilidad? En principio, no parece. Pero, ¿no es admirable que la mente humana se plantee la posibilidad de que un buey esnife sin querer un ángel? ¿O que asuma que una mujer puede concebir y parir y conservar su virginidad? ¿O que imagine que la Virgen María pudiera ser manca, como inventa Gustavo Martín Garzo en esa estupenda novela “navideña” titulada El lenguaje de las fuentes, en la que el punto de vista es el de Pepe, el “padre putativo”, quiero decir…?
4. Qué hermosa la democracia, que me permite bromear (un poquito) con estas cosas sin que a continuación llamen a mi puerta unos señores y aprisionen mis muñecas y me arrojen a un sótano… Y qué miedo las dictaduras teocráticas (las dictaduras), en las que terribles ministros de Dios interpretan a conveniencia su Palabra…
Estos y otros pensamientos tan atractivos como inútiles me sugiere la lectura de un artículo de Gustavo Martín Garzo que he encontrado navegando por aquí y por allá, ya ni me acuerdo de cómo he llegado a él… Este océano es inabarcable… ¿infinito? Y la mente humana, ¿tiene fondo?
Ya que lo he encontrado, y como me ha gustado, lo pongo aquí: “El buey y los ángeles” se titula. Con él quiso Gustavo Martín Garzo felicitar las navidades de 2008. Y yo aprovecho para felicitaros las de 2011.
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