
Leo un cómic bélico, pero muy poco épico. No hay superhéroes aquí. Ni siquiera héroes. Lo que hay, sobre todo, son muertos. Explosionados, tiroteados, fusilados o suicidados, atravesados a bayoneta, abrasados por el gas mostaza o con los pulmones encharcados por la gripe “española”. Y hay tullidos y mutilados… inválidos. Con la cara destrozada por la metralla, sin ojos o sin piernas o sin manos… ¡Puta guerra! es su título (Norma Editorial, 2010). Y sus autores: Jacques Tardi , del dibujo, y Jean-Pierre Verney, del guión. Es una sucesión muy realista de viñetas que cuentan la Gran Guerra, a la que llamamos después Primera Guerra Mundial porque hubo una Segunda. Ordenadas cronológicamente: 1914, 1915, 1916, 1917, 1918, 1919. Caben muchos días de guerra en esos años. Caben muchos muertos. 10 millones de muertos. Estremecen las estampas individuales del comienzo del año 19, en las que el narrador, como un Dios ajeno, anticipa el futuro a estos condenados. Por ejemplo:
“Evacúas, sola, a tu hermana y a tu hermano. Tus padres han muerto. El ruido del cañón oculto en el bosque te espanta. Por eso has decidido escapar de la zona de los combates, tan próxima. Te llevará tiempo, pero conseguirás ir a París a pie, con tus hermanitos. Tienes la dirección de una de tus tías, que es portera. Os alojará con ella en la portería, y será un obús lanzado por el gran cañón escondido en el bosque, a más de cien kilómetros, el que os matará a los tres en la portería de tu tía, en la calle de los mártires.”
“De civil eras relojero en Colonia, y te desesperas en ese rincón podrido de Francia. Pero vete a saber por qué dentro de diez segundos ahí será el infierno. Te salvarás de los obuses, serás capturado por tiradores argelinos que te arrancarán las charreteras para guardarlas como recuerdo, pasarás mucho miedo, pero tendrás suerte. Tu hora no ha llegado todavía.”
“Es al menos la quinta vez que empiezas a escribir esa carta a tu madrina de guerra. Desde que te envió su foto, no sabes qué hacer. Tienes tantas cosas que decirle, y es tan difícil y duro escribir sobre lo que pasa. Demasiado para un cazador que apenas saber leer, y se limita a obedecer. Dentro de poco te destinarán a primera línea y no tendrás tiempo ni de dársela al cartero, esa carta por fin terminada.”
“Durante cuatro días estuviste soportando fuego enemigo, junto a tu compañero, acercándole a la boca unas galletas en el extremo de un palo. No se le podía sacar con cuerdas del cráter en el que estaba sin poner en riesgo su vida. Erais del mismo barrio, currabais en la misma fábrica, os alistasteis el mismo día. Cuando tu compañero bebió su último trago de barro de Flandes, te sumiste en la locura y la cabeza se te quedó colgada en la batalla de Passchendaele.”
Casi un siglo después, nada ha cambiado. Hay novedades tecnológicas pero la carne de cañón la siguen poniendo los mismos. No hay guerras justas. No hay guerras de liberación. Hay guerras de poder. Hay guerras de ambición. El Premio Nobel de la Paz bombardea Afganistán y el promotor de la Alianza de las Civilizaciones la entierra bajo un escudo antimisiles. Gervasio Sánchez, fotógrafo cordobés, reportero en zonas de guerra, dice que sigue viendo la bandera española en mucha de la munición con que se ceban las guerras del mundo. Es la economía, estúpido. Y es el trabajo. De algo hay que vivir. Por ejemplo, de que otros mueran.
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