Ana es muy amable y nos enseña la escuela en la que trabaja, a pesar de que es tiempo de vacaciones y reformas, y está cerrada. Ana es profesora de música, de danés y de alemán. La escuela lo es, sobre todo, de una barriada de viviendas sociales situada en la periferia de Kolding. Y en ella aprenden, conviven y crecen, mayoritariamente, niños sudamericanos e hijos de refugiados bosnios, afganos e iraquíes. “Por ejemplo en mi clase –nos cuenta Ana- solo tengo tres alumnos de origen danés.”
Mientras Ana abre puertas y nos franquea el paso por cada uno de los rincones de su escuela, se activa en mi cerebro un inevitable mecanismo de comparación. Pero me limitaré a describir lo que allí vi. Sólo daré, para empezar, un par de datos comparativos relacionados entre sí:
Uno: En la superficie que ocupa esta escuela cabría diez veces mi instituto. Y dos: Esta escuela danesa –para alumnos de primaria y secundaria- acoge a unos quinientos chicos y chicas (atendidos por cincuenta y tres profesores y profesoras), en tanto que en mi instituto pasan de mil (para unos ochenta docentes). Entre diecisiete y veinticuatro alumnos por clase. (Aunque en las de adaptación lingüística hay un máximo de cuatro).
Esta escuela danesa se distribuye en módulos de una sola planta, con muros acristalados y techos horadados por tragaluces para aprovechar al máximo la escasa luz natural. Senderos de losas grises y parterres de césped los unen y los separan. No hay vallas. El interior combina colores crema, blanco y azul. No hay escaleras, y sí puertas anchas y servicios adaptados para discapacitados.
Cada módulo alberga un ciclo educativo y contiene amplios pasillos y aulas, despachos y salas de reunión para profesores. Cada aula está dotada de sillas ergonómicas de distintas alturas, cuyos brazos se cuelgan de la propia mesa, para mejor limpiar debajo… y pupitres individuales, agrupables o separables según las necesidades de la actividad. Movibles, ligeros, quiero decir. No pesados muebles atornillados al suelo o a las paredes. Las pizarras suelen ser de tiza. Y no hay ordenadores en todas las aulas. Sólo en algunas. Muchas aulas cuentan con una salita anexa, con sofá para pensar…
Algunos módulos son laboratorios de física, química o biología. Otros son talleres de tecnología o cocina, por ejemplo. Este último con doce vitrocerámicas, doce microondas, doce neveritas y doce fregaderos: Y es que ‘Cocina’ es una asignatura que forma parte del currículo escolar. Otros son espacios artísticos: para artes plásticas, teatro (con tatami y espejos) o música. El Aula de Música está presidida por una batería de platos brillantes. Pianos eléctricos sobre mesas se reparten por toda la estancia. Guitarras clásicas y eléctricas cuelgan de las paredes o se sostienen sobre atriles. Sobre una estantería reposan bongós, cajones, triángulos y timbales…
El Aula de Convivencia cuenta con tres psicopedagogos, una mesa de de ping pong y una pantalla plana a la que hay conectada una vídeoconsola… Además -estoy seguro- del material pedagógico imprescindible, no estoy tratando de frivolizar… Y cada aula tiene un teléfono interno, por el que puedes avisar a uno de esos tres profesionales si algún chico se pone nervioso, enfermo o impertinente.
En el centro de la Biblioteca hay una pecera. Y a su alrededor estanterías con libros (naturalmente) pintadas de color rojo brillante, mesas de trabajo intelectual y sillones de lectura junto a las ventanas. Hay una zona audiovisual con un televisor plano colgado de una pared frente a unas butacas con auriculares. E islas con ordenadores. La adquisición y catalogación de fondos, la expedición de carnés y la gestión de préstamos corre a cargo de un bibliotecario profesional. Tres docentes colaboran y animan a la lectura en la Biblioteca.
El gimnasio es como nuestro pabellón deportivo municipal. Y junto a él hay un campo de fútbol de césped natural.
La jornada escolar se organiza en sesiones de 45 minutos entre las 8 y las 14:30. Tras las dos primeras hay un recreo de 20 minutos. Y tras la tercera y la cuarta, otro de 30, de los cuales 10 minutos son para un desayuno de media mañana en el aula, supervisados por un profesor. La cantina no vende bollería industrial, ni chicles, ni bolsas de gusanitos. Pero sí fruta. Algunas clases –educación física o plástica, por ejemplo- suelen ocupar dos tramos horarios seguidos, para permitir el aseo posterior de chicos y chicas.
Los profesores salen a las 15 horas, porque cada día acaban su jornada laboral con reuniones de equipos educativos o tutorías.
1 comentarios:
Jo..
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