sábado, 10 de septiembre de 2011

Una colcha de colores

La fachada de la casa está pintada de naranja, la puerta de verde y los postigos de blanco. Tiene un inclinadísimo tejado a dos aguas con espesa cubierta de paja veteada de musgo. A un costado, apenas separado de la calle por una coqueta valla blanca -una valla menos hostil que acogedora-, hay un jardín atestado de plantas de un verdor intenso. Y un diminuto invernadero.

La casa es pequeña y de techos tan bajos que Rosa tiene que andar por ella encorvada. Su dueña es una anciana de 84 años a la que no conocemos ni conoceremos (sólo que es muy bajita y que vive sola), pero que ha tenido la gentileza de indicarnos la maceta en la que esconde una llave para que podamos visitarla, aunque no esté ella, lo siente mucho, pero está en la península, celebrando el cumpleaños de uno de sus nietos.

También sabemos que es viuda de pescador. En el salón de la casa hay dos perritos de porcelana en el alféizar de una ventana que miran en direcciones contrarias: uno hacia la calle, otro hacia el interior. Es una señal de que el marino que la habitaba ya no vive en ella, murió. ¿Murió en el mar?, preguntamos. Se puede decir que sí, nos explican: ya jubilado, paseando por el puerto, tuvo un desvanecimiento y cayó al agua.

El código de señales completo es este: si las dos figuritas miran hacia la calle es que el pescador está faenando en el mar. Y si miran hacia la casa es que el marino duerme en ella. No es el caso de nuestra amable anfitriona –invisible aunque omnipresente en sus cosas-, pero nos cuentan en voz más baja que esta contraseña era utilizada también con la intención de franquear el acceso a algún amante.

El suelo de todas las estancias es de madera, cubierta con numerosas alfombras. Las paredes se revisten de papel pintado con formas vegetales. En el salón, repisas y aparadores se llenan de fotos familiares de distintas épocas, lamparillas, portavelas, candelabros, vasijas, azucareros, teteras, relojes, caracolas, piedras, trozos de madera, pinturas y más figuras de porcelana: gatos, osos y niños. Y una reina Margarita que no deja de saludar. Una mesita baja con revistas de costura o de actualidad y el mando a distancia del televisor de plasma. Sillas como tronos y un sofá en que se amontonan cojines, cobertores y colchas de fabricación artesanal.

La planta baja tiene una cocina-comedor que hace las veces de taller de costura y un escueto cuarto de baño, junto al vestíbulo, con un cesto para almacenar zapatos. A la planta de arriba se accede por una estrecha escalera, cuya baranda es un remo. Allí encontramos un dormitorio en el que cabe justita una cama y un cuarto trastero abuhardillado, que incluye un ordenador con webcam y conexión a internet. Y… sobre un sillón, una colcha tejida con lana de diversos colores encuadrados de negro. Puedo explicar el origen de esa colcha: componer una pieza con que terminar los restos de ovillos de lana que no darían para una bufanda o un jersey. Abriga y adorna, que diría mi abuela.

Sin ser científico dejo aquí anotada esta fórmula:

Viajar (en el espacio) 2.500 kilómetros dirección Norte, hasta el sillón de una casita naranja en una aldea de la isla de pescadores de Fano, situada en el flanco occidental de la Península de Jutlandia,

equivale a

Viajar (en el tiempo) treinta y cinco años atrás, en dirección a mi infancia, hasta la mecedora de una casa blanca de Montilla (Córdoba), donde mi abuela nos contaba cuentos y nos cantaba coplas.

El resultado final es coincidente: la “misma” colcha de lana negra enmarcando cuadrados de retales de lana de muchos y alegres colores.