No es un mundo amable el de los cuentos de Andersen. Su Casa Museo en Odense, en cambio, sí lo es. La casa en que nació en 1805 está pintada de amarillo y cubierta de tejas; y ocupa una esquina de un barrio de callejas empedradas. Se mantiene tal cual (pero eso se dice siempre ). Anexa a ella, una serie de salas en torno a una rotonda luminosa decorada con frescos recorren exhaustivamente su vida y obra, a partir de un didáctico cronograma de época, que incluye fotos, trajes, objetos y cartas manuscritas por Karl Marx, Walter Scott o Von Bismarck. Reproduce el salón de su casa en Copenhague, con ventana al angosto puerto de Nyhaven, adonde se murmura que gustaba de asomarse para mirar a los marineros subirse a las vergas (de los barcos). Este es un asunto que el Museo no aborda, reservando la sala de la rotonda en exclusiva a su frustrado anhelo por la soprano Jenny Lind. El Museo tiene una completa biblioteca que incluye originales y cartas, ejemplares de sus obras y traducciones, estudios críticos… Y exhibe dibujos de Andy Warhol, admirador de sus historias, y del propio H.C.: funerales y monigotes de apariencia diabólica. Conserva y muestra, también, algunos de sus objetos personales: su sombrero, su tintero, su navaja de afeitar, su cama de dos metros (era un hombre altísimo para la época) y la soga de nueve metros que guardaba en la maleta con la que siempre viajaba… ¡para escapar por la ventana del hotel si ocurría un incendio! Y viajó mucho: Alemania, Italia, Grecia, Malta, España… Viajar es vivir, es una de las frases que se le atribuyen y que ahora adorna mi nevera sobre un imán: “At reise er at leve”.
Junto a la Casa Museo existe otra para niños que recrea un fondo marino, donde una pequeña sirena canta acompañándose de un arpa y a su alrededor se congregan caballitos de mar y delfines, “las conchas se abren mostrando sus perlas, las medusas dejan de flotar… sólo las estrellas de mar ignoran su canto, presuntuosas”. Niños y niñas disfrazados de bucaneros o de hadas bucean en ese mar de mentira, danzan entre flores raras. Una familia sentada en el lecho abisal celebra un picnic imaginario junto a un barco hundido, entre algas de tela y piedras de cartón piedra. La sirena, de cuando en cuando, levanta la vista buscando la luz del sol que a duras penas se filtra hasta esas aguas profundas: la confusa luz de las ilusiones que se desvanecerán en tierra firme, como espejismos de amor.
Se dice que su mísera infancia, su peculiar aspecto físico (estatura enorme, cuerpo corcovado, nariz de tucán, ojos de sapo…) y sus desengaños sentimentales explican los temas y el tono de buena parte de su obra. Para escribir esta nota he releído o leído por primera vez no menos de cincuenta cuentos de Andersen: tuve que parar, mareado, en algunos, con un asomo de naúsea y un sudor frío recorriendo mi espalda ante semejante catálogo de horrores: un soldado cojo, volteado por una ventana, arrastrado por una inundación hasta las cloacas, casi devorado por una rata… y finalmente achicharrado en una estufa; una niña a la que mutilan sus pies calzados con unos zapatos rojos que no dejan de bailar; una madre que entrega su piel y sus ojos y su desesperación por rescatar a su hijo de los invernaderos de la Muerte… En esa línea los cuentos de Andersen son lo más parecido, en el siglo XIX, al actual cine gore.
Hay uno que se ha vuelto emblemático, reiterado en muchas versiones y tradiciones: aunque el emperador está desnudo, siempre hay súbditos dispuestos a elogiar la calidad del traje.
Ahora creo que, más que tristes, sus cuentos son morales, que Andersen quería ser honesto, no quería engañar a sus niños lectores, no quería suavizarles lo terrible que puede ser la vida, quería que conocieran los sentimientos mezquinos o malvados de que se alimentan los hombres: el egoísmo, la vanidad, la crueldad…; quería que aprendieran que “los buenos” no siempre ganan y que la maldad suele salir rentable, como sabe el dueño del mágico “Encendedor de yesca”; quería que supieran que el amor puede ser un camino de obstáculos (como el de “La pastora y el deshollinador”), que las esperanzas puestas en él no siempre se corresponden con la realidad y que causa tantas alegrías como dolor, como descubrió “La pequeña sirena”; que en la vida existen la enfermedad y la muerte, y que, sí, tal vez, ojalá haya una compensación y un consuelo más allá de las estrellas.
Algunos de mis favoritos son de la tendencia tétrica: la aventura de “El firme soldado de plomo” es muy emocionante, la aventura de “La sombra” que cobra vida propia es literalmente asombrosa… Otros de la tendencia lírica: “El ruiseñor”, un elogio de la naturaleza frente al artificio, y de la música “con alma”… Y quizá el que más me gusta es uno de los más breves. Melancólico y cínico a un tiempo. Se llama “Enamorados”, lo protagonizan un trompo y una pelota y refleja una de las posibles enseñanzas del amor en esta frase final: “Ocurre que cuando la novia ha estado cinco años en un canalón ensuciándose, ya no se la reconoce cuando se la vuelve a encontrar en el basurero.”
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