miércoles, 24 de agosto de 2011

Los elefantes son importantes

(Me cuesta renunciar a una buena rima.)

Leo ahora, en el periódico virtual del sábado, un artículo de Fernando Savater sobre George Orwell, el escritor inglés nacido Eric Blair en la India colonial y combatiente en el bando republicano durante la guerra civil española, el autor de 1984 y del concepto de “Gran hermano”… De Orwell destaca Savater su “compromiso con la verdad”, su esfuerzo por mirar las cosas como son y no como nos dictan nuestras anteojeras ideológicas, y su empeño en la claridad a la hora de afrontar la redacción de una noticia, de una crónica.

Escribe Savater: “Orwell combatió el totalitarismo, tanto nazi como bolchevique (…), apoyaba la democracia pese a sus imperfecciones y se revolvía contra quienes decían que era "más o menos lo mismo" o "igual de mala" que los regímenes totalitarios: según él, una estupidez tan grande como decir que tener sólo media barra de pan es lo mismo que no tener nada que comer. Consideraba que el capitalismo liberal en la forma que él conoció era insostenible, además de injusto, por lo que siempre apoyó el socialismo, cuyo proyecto constituía a sus ojos la combinación de la justicia con la libertad. Y ello pese a que quienes se autoproclaman socialistas no sean siempre precisamente dechados de virtud política: "Rechazar el socialismo porque muchos socialistas son individualmente lamentables sería tan absurdo como negarse a viajar en un tren cuando a uno le cae mal el revisor".

Orwell, en su juventud, fue policía en Birmania. Y allí tuvo que hacer frente a un pintoresco episodio que culminó con la muerte de un elefante. Lo contó en un breve relato ensayístico, porque le sirvió para reflexionar sobre el imperialismo, el sometimiento de unos pueblos por otros.

Tengo una cabeza promiscua (en su primera acepción). Y el elefante de Orwell me recuerda los elefantes asiáticos de Copenhague. Menuda sorpresa: los elefantes son abundantes en Copenhague. Los hay en una Casa con dos llamativas cúpulas, diseñada por Norman Foster en el Zoológico (a la que Mette quiso llevarnos, sin éxito…). Y los hay –durante este verano- en casi todas las plazas de la ciudad: 102 esculturas en fibra de vidrio de vivos colores. Me entero allí de que la Elephant parade recorre las ciudades del mundo para recordarnos que cada vez quedan menos: de 250.000 a 25.000 en el último siglo, y para estimular el ingenio creativo de los artistas locales que, como ya ocurriera con las vacas o con los osos, se aplican en decorarlos de manera más o menos original: Los hay que se adornan con flores o aves. Y uno con helados y barquillos de chocolate (Bon Bon, se llama). Hay uno cuyo cuerpo simula un puzle con la bandera danesa, otro que reproduce un callejero de la ciudad y otro un poema. Hay uno que parece tallado en madera y otro como si se hubieran encajado las teselas de un mosaico. Hay uno al que le han derramado las latas de pintura por encima. Y hay otro pixelado (Censor es su nombre). Sobre sus cuatro patas, sentados o recostados.

Hay uno que parece “una abuela ensimismada” (la comparación es de Orwell) y otro que llora lágrimas negras, tal vez por tantos hermanos de especie acosados y abatidos… George Orwell contribuyó sin ganas. Mató uno por no parecer un idiota. Su relato es espléndido. No os lo perdáis (en español o en inglés):

Shooting an elephant