sábado, 27 de agosto de 2011

Hay que equivocarse para aceptar

Celebramos undécimo aniversario de boda en Madrid.

Once años atrás, a eso de las nueve y media de la noche, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Puente Genil, sonaba la banda sonora de Rocky como marcha nupcial. No había un empeño especial en ser originales, ni pensábamos que un matrimonio tuviera que ser, necesariamente, un extenuante y sangriento combate de boxeo. Es solo que nos parecía muy solemne... al menos el arranque. Volved a escucharla. Y, bueno, sí, algo de guasa había: un eficaz intento de restarle tensión al Momento. Nosotros entregamos al maestro de ceremonias, el simpar Sevi, una casete grabada –qué tiempos aquellos, tecnología vetusta- y fue una alegre sorpresa que Alicia decidiera interpretarla con su piano eléctrico. Juan leyó un Cuento de la Alhambra: “Ahmed, peregrino de amor”. Charo leyó un poema de apropiado título, tratándose de una boda: “Te quiero”. Y Manolo leyó tres artículos del Código Civil. Sellamos el compromiso con un beso y unas firmas.

Once años más tarde caminamos hacia el Parque del Oeste, por dar un paseo en torno al Templo de Debod, ese extraño edificio en Madrid que fue un obsequio del gobierno egipcio al español, para evitar que se lo llevaran las aguas de la presa de Asuán… Para llegar hasta él hay diez minutos desde el final de Gran Vía, cruzando en diagonal la Plaza de España y subiendo unas breves escaleritas.

Pero hay que equivocarse… hay que bajar la larga y contaminada Cuesta de San Vicente, hay que cruzar la escandalosa Glorieta del mismo santo, hay que atravesar la Estación de Príncipe Pío, hay que rodear un muro de cubos de piedra por un camino polvoriento, hay que escalar las escalinatas del Parque de la Montaña, al calor de una tarde de agosto… es decir, hay que sudar la camiseta para que, culminada la ascensión, casi una hora después, justo en el momento de atisbar el estanque que guarda las espaldas del Templo, un argentino reciba una llamada en su celular… cuyo timbre es el tema central de la banda sonora de Rocky. Once años después. Hay cosas que sólo suceden once años después. Y a veces hay que equivocarse para poder acertar.