lunes, 29 de agosto de 2011

Contrabajo

¿A quién se le ocurriría el contrabajo?, me pregunté la otra noche, mientras escuchaba y miraba el de Javier Colina. Yo no recordaba haber visto nunca uno de perfil: la voluta como un capitel jónico; la caja abombada por su espalda, que le da un aspecto de instrumento con chepa (contrabajo = contrahecho); el puentecillo de madera que tensa las cuerdas casi violentamente…

El contrabajo no es un instrumento más porque, como sabe cualquiera que lo haya oído, la pulsación de sus cuerdas se escucha antes con el estómago. Javier lo hace con brío y cada sonido que escapa de la caja de resonancia a través de las “efes” gemelas, se siente como una vibración profunda en el diafragma. Pero Javier no sólo pulsa las cuerdas con los dedos índice y corazón de su mano derecha, también las pellizca, las acaricia, las rasguea como si fuera una guitarra española o las rasca con una uña cual púa de guitarra eléctrica. Tamborilea sobre la caja o percute sobre ella como en un bongó. Y por si fuera poco, al final saca un arco para frotar las cuerdas al modo clásico o para convertirlo en chelo. Javier respira y suda sobre el contrabajo, lo abraza, lo escucha, lo acompaña, lo siente. Musita y tararea las melodías. Canturrea sobre él.

El concierto es de piano y contrabajo, pero aquí casi siempre el contrabajo lleva la voz cantante, valga la expresión. De tal manera que cuando es mero acompañante en la versión de Thelonius Monk con que cierran la primera parte, se diría que Javier se aburre. En realidad, bromea con su aburrimiento. Javier bromea con el instrumento, consigo mismo y con nosotros. Salpica el concierto de notas de humor seco, nada ostentoso: “Vamos a cerrar la primera parte del concierto con la última canción de la primera parte del concierto…”

Javier Colina es, posiblemente, el contrabajista de jazz más solicitado de nuestro país. Se hizo conocido en los años 90, en aquello que se dio en llamar jazz flamenco, junto al pianista Chano Domínguez y al batería Guillermo McGuill. Y ha colaborado con músicos tan excelentes y tan diversos como Tete Montoliú, Toumani Diabaté, Juan Perro, Jerry González, Pancho Amat o Diego “el Cigala”. Su contrabajo está en el disco “Lágrimas negras”. Y en la película “Calle 54”. Por cierto, el pianista, Albert Bover, aunque aquí apenas hablo de él, también es buenísimo…

Un concierto en una noche de verano, en la Sala Clamores de la calle Alburquerque, metro Bilbao, de Madrid. Ante catorce espectadores. (“En todas partes cuecen habas” pensé, pensando en lo que nos costaba llevar público a nuestro modesto Teatro Circo.) Una de esos catorce espectadores grabó esa noche parte de esta hermosísima balada, y la comparte vía tube: “La boda”, de Abdullah Ibrahim. Al piano, Albert Bover y al contrabajo, Javier Colina:

http://www.youtube.com/watch?v=fUu7d6ivFRE

P.S. Por cierto: ¿cuántas fotos necesitará un fotógrafo para captar una música? Ciento cincuenta parecen no ser suficientes. Supongo que ese es el motivo de que no dejen de disparar durante todo el concierto. Esfuerzo baldío…