martes, 23 de agosto de 2011

Christiania

Llueve con abundancia en Christiania (que es y no es Copenhague) y apaga la lumbre de los canutos que, en Christiania, bien pueden ser llamados “trompetas”. En Pusher street (calle Camello) uno puede comprar tabletas de hashís de hasta un kilo, pero no puede hacer fotos ni grabar vídeos, no vayamos a salir en el “tubo” y nos identifique la “politi”… Los kioskos se cubren con una lona para proteger la mercancía de la lluvia… y de las cámaras de Google Earth. Arrecia la lluvia en Christiania y vuelve brillantes los grafitis de colores puros de las fachadas y gotea de las trenzas rastafaris y espesa los caminos de tierra, que se vuelve fangosa bajo las chanclas.

Acudimos a Christiania con curiosidad, atraídos por la leyenda de “ciudad libre”, de comunidad libertaria y creativa. La historia de Christiania como barrio –cuentan las guías de viaje- tuvo su germen en el derribo de una valla por unos padres que buscaban espacios naturales donde jugaran sus hijos. En 1971. La valla separaba el distrito de Christianshavn de unos antiguos terrenos militares, cuyos barracones fueron rápidamente okupados por jóvenes y no tan jóvenes rastreadores de un modo de vida alternativo (al de la vivienda hipotecada, el vehículo a gasoil y el trabajo en la oficina). La gente construye cabañas entre, bajo y sobre los árboles, y los antiguos almacenes del ejército se pintan de alegres colores y se reciclan como espacios de vida en común; poniendo por encima el derecho de uso al derecho a la propiedad. En las dos décadas siguientes acudieron a Christiania hippies llegados del mundo entero, en busca de paz espiritual y amor libre y fraternal. Con un proyecto pacifista, lo que no impidió que tuvieran que defender su plan de vida del periódico asedio gubernamental o de las bandas de moteros ultras que, en los años 80, irrumpían con estruendo derribando barracas y cobertizos. De ahí que las insignias de moteros no sean bienvenidas, pero sí esas con una ramita de hojas aserradas color verde esperanza… Tampoco gustan aquí las armas de fuego, ni la droga dura, cocaína o heroína, contra la que presentaron batalla en la “epidemia” de aquellos años 80.

En Christiania, hoy, se vive de la venta de artesanía y marihuana, de la fabricación de bicicletas (muy originales algunas, con carrito incorporado delante o detrás)… y tienen su propia cerveza ecológica. Viven del atractivo turístico de la leyenda y de una curiosa actividad cultural, plena de variopintas exposiciones, performance teatrales y talleres de “energía comunal”.

Pero en Christiania, dicen, las cosas están cambiando. Paseamos por los senderos de Christiania en torno a un lago, a cuyas orillas se asoman casas estrafalarias, imaginativas, ruinosas… La guardería presenta evidentes síntomas de abandono… Los “toiletos”, pequeñas cabañas coloristas a modo de retretes públicos parece que hace mucho tiempo que dejaron de ser higiénicos… Hoy en los bares de la placita central de Christiania, el otrora barrio libertario de Copenhague, suena Shakira y el Panamericano electrónico y los televisores están encendidos con la etapa del día del Tour de Francia (Contador se ha caído, lástima…).

Al parecer, los autogestionados vecinos de Christiania, orgullosos de su modo de vida, ajenos al pago de impuestos, con su propio servicio de recogida de basuras o de entrega postal, están negociando su “inclusión” en Copenhague. La presión es fuerte: el terreno es demasiado goloso para las promotoras inmobiliarias -en pleno centro de Copenhague y junto a un lago- y las casas artesanales ya empiezan a dejar espacio a confortables apartamentos “con piscina privada y un salón de té”.

Christiania está cambiando su estatus y no está lejano el día en que el pórtico de tres palos que anuncia la entrada al barrio y que te despide con la frase: “You are now entering the EU” (es decir: está usted entrando en la Unión Europea) deje de tener sentido. Christiania ya parece estar subsumida en Copenhague, como prueba el hecho de que su icono simbólico -tres puntos amarillos, los de las tres íes que alberga su nombre- ya preside el espectacular atrio acristalado del nuevo edifico de la Ópera de Copenhague.