miércoles, 31 de agosto de 2011

El viento en Fano

Playa de Fano (Foto: Yolanda Figueredo)

El autobús tiene parada en el desierto y allá a lo lejos se divisa el mar. La puerta se abre con un estornudo y solo cuatro viajeros bajan y reciben, como saludo, el azote del viento húmedo y frío. Caminan en silencio –para hacerse entender habría que gritar- guiados por la línea de un horizonte inestable de espumas batidas. El ocre y el gris se imponen al azul y al blanco. El viento crea y deshace montículos de arena, la levanta y la hace temblar como un fular de seda extendido sobre la llanura. Proyecta las nubes a cámara rápida. Agita el Mar del Norte, que parece hervir en una inmensa marmita y que escupe algas espesas varios metros tierra adentro. Sujeto a un poste clavado en la arena, me finjo conquistador de estas tierras ignotas e improviso un discurso que nadie escucha, ni siquiera yo. Solo quien heredó genes vikingos se atreve a descalzarse y a mojarse los tobillos. El regreso es a buen ritmo, porque el viento es helador y porque intuimos que se acerca el último autobús de la tarde, que nos devuelva a la civilización.

lunes, 29 de agosto de 2011

Contrabajo

¿A quién se le ocurriría el contrabajo?, me pregunté la otra noche, mientras escuchaba y miraba el de Javier Colina. Yo no recordaba haber visto nunca uno de perfil: la voluta como un capitel jónico; la caja abombada por su espalda, que le da un aspecto de instrumento con chepa (contrabajo = contrahecho); el puentecillo de madera que tensa las cuerdas casi violentamente…

El contrabajo no es un instrumento más porque, como sabe cualquiera que lo haya oído, la pulsación de sus cuerdas se escucha antes con el estómago. Javier lo hace con brío y cada sonido que escapa de la caja de resonancia a través de las “efes” gemelas, se siente como una vibración profunda en el diafragma. Pero Javier no sólo pulsa las cuerdas con los dedos índice y corazón de su mano derecha, también las pellizca, las acaricia, las rasguea como si fuera una guitarra española o las rasca con una uña cual púa de guitarra eléctrica. Tamborilea sobre la caja o percute sobre ella como en un bongó. Y por si fuera poco, al final saca un arco para frotar las cuerdas al modo clásico o para convertirlo en chelo. Javier respira y suda sobre el contrabajo, lo abraza, lo escucha, lo acompaña, lo siente. Musita y tararea las melodías. Canturrea sobre él.

El concierto es de piano y contrabajo, pero aquí casi siempre el contrabajo lleva la voz cantante, valga la expresión. De tal manera que cuando es mero acompañante en la versión de Thelonius Monk con que cierran la primera parte, se diría que Javier se aburre. En realidad, bromea con su aburrimiento. Javier bromea con el instrumento, consigo mismo y con nosotros. Salpica el concierto de notas de humor seco, nada ostentoso: “Vamos a cerrar la primera parte del concierto con la última canción de la primera parte del concierto…”

Javier Colina es, posiblemente, el contrabajista de jazz más solicitado de nuestro país. Se hizo conocido en los años 90, en aquello que se dio en llamar jazz flamenco, junto al pianista Chano Domínguez y al batería Guillermo McGuill. Y ha colaborado con músicos tan excelentes y tan diversos como Tete Montoliú, Toumani Diabaté, Juan Perro, Jerry González, Pancho Amat o Diego “el Cigala”. Su contrabajo está en el disco “Lágrimas negras”. Y en la película “Calle 54”. Por cierto, el pianista, Albert Bover, aunque aquí apenas hablo de él, también es buenísimo…

Un concierto en una noche de verano, en la Sala Clamores de la calle Alburquerque, metro Bilbao, de Madrid. Ante catorce espectadores. (“En todas partes cuecen habas” pensé, pensando en lo que nos costaba llevar público a nuestro modesto Teatro Circo.) Una de esos catorce espectadores grabó esa noche parte de esta hermosísima balada, y la comparte vía tube: “La boda”, de Abdullah Ibrahim. Al piano, Albert Bover y al contrabajo, Javier Colina:

http://www.youtube.com/watch?v=fUu7d6ivFRE

P.S. Por cierto: ¿cuántas fotos necesitará un fotógrafo para captar una música? Ciento cincuenta parecen no ser suficientes. Supongo que ese es el motivo de que no dejen de disparar durante todo el concierto. Esfuerzo baldío…

sábado, 27 de agosto de 2011

Hay que equivocarse para aceptar

Celebramos undécimo aniversario de boda en Madrid.

Once años atrás, a eso de las nueve y media de la noche, en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Puente Genil, sonaba la banda sonora de Rocky como marcha nupcial. No había un empeño especial en ser originales, ni pensábamos que un matrimonio tuviera que ser, necesariamente, un extenuante y sangriento combate de boxeo. Es solo que nos parecía muy solemne... al menos el arranque. Volved a escucharla. Y, bueno, sí, algo de guasa había: un eficaz intento de restarle tensión al Momento. Nosotros entregamos al maestro de ceremonias, el simpar Sevi, una casete grabada –qué tiempos aquellos, tecnología vetusta- y fue una alegre sorpresa que Alicia decidiera interpretarla con su piano eléctrico. Juan leyó un Cuento de la Alhambra: “Ahmed, peregrino de amor”. Charo leyó un poema de apropiado título, tratándose de una boda: “Te quiero”. Y Manolo leyó tres artículos del Código Civil. Sellamos el compromiso con un beso y unas firmas.

Once años más tarde caminamos hacia el Parque del Oeste, por dar un paseo en torno al Templo de Debod, ese extraño edificio en Madrid que fue un obsequio del gobierno egipcio al español, para evitar que se lo llevaran las aguas de la presa de Asuán… Para llegar hasta él hay diez minutos desde el final de Gran Vía, cruzando en diagonal la Plaza de España y subiendo unas breves escaleritas.

Pero hay que equivocarse… hay que bajar la larga y contaminada Cuesta de San Vicente, hay que cruzar la escandalosa Glorieta del mismo santo, hay que atravesar la Estación de Príncipe Pío, hay que rodear un muro de cubos de piedra por un camino polvoriento, hay que escalar las escalinatas del Parque de la Montaña, al calor de una tarde de agosto… es decir, hay que sudar la camiseta para que, culminada la ascensión, casi una hora después, justo en el momento de atisbar el estanque que guarda las espaldas del Templo, un argentino reciba una llamada en su celular… cuyo timbre es el tema central de la banda sonora de Rocky. Once años después. Hay cosas que sólo suceden once años después. Y a veces hay que equivocarse para poder acertar.

viernes, 26 de agosto de 2011

Terrible, lírico, cínico, honesto, implacable H.C.

Para mí Hans Christian Andersen no era más que un autor de tristes cuentos para niños: un patito del que se burlan por su apariencia, una cerillera muerta de hambre y de frío en la última noche del año… y así. Y de cuentos protagonizados por princesas caprichosas y reinas de las nieves.

No es un mundo amable el de los cuentos de Andersen. Su Casa Museo en Odense, en cambio, sí lo es. La casa en que nació en 1805 está pintada de amarillo y cubierta de tejas; y ocupa una esquina de un barrio de callejas empedradas. Se mantiene tal cual (pero eso se dice siempre ). Anexa a ella, una serie de salas en torno a una rotonda luminosa decorada con frescos recorren exhaustivamente su vida y obra, a partir de un didáctico cronograma de época, que incluye fotos, trajes, objetos y cartas manuscritas por Karl Marx, Walter Scott o Von Bismarck. Reproduce el salón de su casa en Copenhague, con ventana al angosto puerto de Nyhaven, adonde se murmura que gustaba de asomarse para mirar a los marineros subirse a las vergas (de los barcos). Este es un asunto que el Museo no aborda, reservando la sala de la rotonda en exclusiva a su frustrado anhelo por la soprano Jenny Lind. El Museo tiene una completa biblioteca que incluye originales y cartas, ejemplares de sus obras y traducciones, estudios críticos… Y exhibe dibujos de Andy Warhol, admirador de sus historias, y del propio H.C.: funerales y monigotes de apariencia diabólica. Conserva y muestra, también, algunos de sus objetos personales: su sombrero, su tintero, su navaja de afeitar, su cama de dos metros (era un hombre altísimo para la época) y la soga de nueve metros que guardaba en la maleta con la que siempre viajaba… ¡para escapar por la ventana del hotel si ocurría un incendio! Y viajó mucho: Alemania, Italia, Grecia, Malta, España… Viajar es vivir, es una de las frases que se le atribuyen y que ahora adorna mi nevera sobre un imán: “At reise er at leve”.

Junto a la Casa Museo existe otra para niños que recrea un fondo marino, donde una pequeña sirena canta acompañándose de un arpa y a su alrededor se congregan caballitos de mar y delfines, “las conchas se abren mostrando sus perlas, las medusas dejan de flotar… sólo las estrellas de mar ignoran su canto, presuntuosas”. Niños y niñas disfrazados de bucaneros o de hadas bucean en ese mar de mentira, danzan entre flores raras. Una familia sentada en el lecho abisal celebra un picnic imaginario junto a un barco hundido, entre algas de tela y piedras de cartón piedra. La sirena, de cuando en cuando, levanta la vista buscando la luz del sol que a duras penas se filtra hasta esas aguas profundas: la confusa luz de las ilusiones que se desvanecerán en tierra firme, como espejismos de amor.

Se dice que su mísera infancia, su peculiar aspecto físico (estatura enorme, cuerpo corcovado, nariz de tucán, ojos de sapo…) y sus desengaños sentimentales explican los temas y el tono de buena parte de su obra. Para escribir esta nota he releído o leído por primera vez no menos de cincuenta cuentos de Andersen: tuve que parar, mareado, en algunos, con un asomo de naúsea y un sudor frío recorriendo mi espalda ante semejante catálogo de horrores: un soldado cojo, volteado por una ventana, arrastrado por una inundación hasta las cloacas, casi devorado por una rata… y finalmente achicharrado en una estufa; una niña a la que mutilan sus pies calzados con unos zapatos rojos que no dejan de bailar; una madre que entrega su piel y sus ojos y su desesperación por rescatar a su hijo de los invernaderos de la Muerte… En esa línea los cuentos de Andersen son lo más parecido, en el siglo XIX, al actual cine gore.

Hay uno que se ha vuelto emblemático, reiterado en muchas versiones y tradiciones: aunque el emperador está desnudo, siempre hay súbditos dispuestos a elogiar la calidad del traje.

Ahora creo que, más que tristes, sus cuentos son morales, que Andersen quería ser honesto, no quería engañar a sus niños lectores, no quería suavizarles lo terrible que puede ser la vida, quería que conocieran los sentimientos mezquinos o malvados de que se alimentan los hombres: el egoísmo, la vanidad, la crueldad…; quería que aprendieran que “los buenos” no siempre ganan y que la maldad suele salir rentable, como sabe el dueño del mágico “Encendedor de yesca”; quería que supieran que el amor puede ser un camino de obstáculos (como el de “La pastora y el deshollinador”), que las esperanzas puestas en él no siempre se corresponden con la realidad y que causa tantas alegrías como dolor, como descubrió “La pequeña sirena”; que en la vida existen la enfermedad y la muerte, y que, sí, tal vez, ojalá haya una compensación y un consuelo más allá de las estrellas.

Algunos de mis favoritos son de la tendencia tétrica: la aventura de “El firme soldado de plomo” es muy emocionante, la aventura de “La sombra” que cobra vida propia es literalmente asombrosa… Otros de la tendencia lírica: “El ruiseñor”, un elogio de la naturaleza frente al artificio, y de la música “con alma”… Y quizá el que más me gusta es uno de los más breves. Melancólico y cínico a un tiempo. Se llama “Enamorados”, lo protagonizan un trompo y una pelota y refleja una de las posibles enseñanzas del amor en esta frase final: “Ocurre que cuando la novia ha estado cinco años en un canalón ensuciándose, ya no se la reconoce cuando se la vuelve a encontrar en el basurero.”

jueves, 25 de agosto de 2011

Tumbada sobre la tumba


Tumbada sobre la tumba

tomaba un baño de sol

y soñó que despertaba

dentro de un cadáver… ¡Oh!

miércoles, 24 de agosto de 2011

Los elefantes son importantes

(Me cuesta renunciar a una buena rima.)

Leo ahora, en el periódico virtual del sábado, un artículo de Fernando Savater sobre George Orwell, el escritor inglés nacido Eric Blair en la India colonial y combatiente en el bando republicano durante la guerra civil española, el autor de 1984 y del concepto de “Gran hermano”… De Orwell destaca Savater su “compromiso con la verdad”, su esfuerzo por mirar las cosas como son y no como nos dictan nuestras anteojeras ideológicas, y su empeño en la claridad a la hora de afrontar la redacción de una noticia, de una crónica.

Escribe Savater: “Orwell combatió el totalitarismo, tanto nazi como bolchevique (…), apoyaba la democracia pese a sus imperfecciones y se revolvía contra quienes decían que era "más o menos lo mismo" o "igual de mala" que los regímenes totalitarios: según él, una estupidez tan grande como decir que tener sólo media barra de pan es lo mismo que no tener nada que comer. Consideraba que el capitalismo liberal en la forma que él conoció era insostenible, además de injusto, por lo que siempre apoyó el socialismo, cuyo proyecto constituía a sus ojos la combinación de la justicia con la libertad. Y ello pese a que quienes se autoproclaman socialistas no sean siempre precisamente dechados de virtud política: "Rechazar el socialismo porque muchos socialistas son individualmente lamentables sería tan absurdo como negarse a viajar en un tren cuando a uno le cae mal el revisor".

Orwell, en su juventud, fue policía en Birmania. Y allí tuvo que hacer frente a un pintoresco episodio que culminó con la muerte de un elefante. Lo contó en un breve relato ensayístico, porque le sirvió para reflexionar sobre el imperialismo, el sometimiento de unos pueblos por otros.

Tengo una cabeza promiscua (en su primera acepción). Y el elefante de Orwell me recuerda los elefantes asiáticos de Copenhague. Menuda sorpresa: los elefantes son abundantes en Copenhague. Los hay en una Casa con dos llamativas cúpulas, diseñada por Norman Foster en el Zoológico (a la que Mette quiso llevarnos, sin éxito…). Y los hay –durante este verano- en casi todas las plazas de la ciudad: 102 esculturas en fibra de vidrio de vivos colores. Me entero allí de que la Elephant parade recorre las ciudades del mundo para recordarnos que cada vez quedan menos: de 250.000 a 25.000 en el último siglo, y para estimular el ingenio creativo de los artistas locales que, como ya ocurriera con las vacas o con los osos, se aplican en decorarlos de manera más o menos original: Los hay que se adornan con flores o aves. Y uno con helados y barquillos de chocolate (Bon Bon, se llama). Hay uno cuyo cuerpo simula un puzle con la bandera danesa, otro que reproduce un callejero de la ciudad y otro un poema. Hay uno que parece tallado en madera y otro como si se hubieran encajado las teselas de un mosaico. Hay uno al que le han derramado las latas de pintura por encima. Y hay otro pixelado (Censor es su nombre). Sobre sus cuatro patas, sentados o recostados.

Hay uno que parece “una abuela ensimismada” (la comparación es de Orwell) y otro que llora lágrimas negras, tal vez por tantos hermanos de especie acosados y abatidos… George Orwell contribuyó sin ganas. Mató uno por no parecer un idiota. Su relato es espléndido. No os lo perdáis (en español o en inglés):

Shooting an elephant

martes, 23 de agosto de 2011

Christiania

Llueve con abundancia en Christiania (que es y no es Copenhague) y apaga la lumbre de los canutos que, en Christiania, bien pueden ser llamados “trompetas”. En Pusher street (calle Camello) uno puede comprar tabletas de hashís de hasta un kilo, pero no puede hacer fotos ni grabar vídeos, no vayamos a salir en el “tubo” y nos identifique la “politi”… Los kioskos se cubren con una lona para proteger la mercancía de la lluvia… y de las cámaras de Google Earth. Arrecia la lluvia en Christiania y vuelve brillantes los grafitis de colores puros de las fachadas y gotea de las trenzas rastafaris y espesa los caminos de tierra, que se vuelve fangosa bajo las chanclas.

Acudimos a Christiania con curiosidad, atraídos por la leyenda de “ciudad libre”, de comunidad libertaria y creativa. La historia de Christiania como barrio –cuentan las guías de viaje- tuvo su germen en el derribo de una valla por unos padres que buscaban espacios naturales donde jugaran sus hijos. En 1971. La valla separaba el distrito de Christianshavn de unos antiguos terrenos militares, cuyos barracones fueron rápidamente okupados por jóvenes y no tan jóvenes rastreadores de un modo de vida alternativo (al de la vivienda hipotecada, el vehículo a gasoil y el trabajo en la oficina). La gente construye cabañas entre, bajo y sobre los árboles, y los antiguos almacenes del ejército se pintan de alegres colores y se reciclan como espacios de vida en común; poniendo por encima el derecho de uso al derecho a la propiedad. En las dos décadas siguientes acudieron a Christiania hippies llegados del mundo entero, en busca de paz espiritual y amor libre y fraternal. Con un proyecto pacifista, lo que no impidió que tuvieran que defender su plan de vida del periódico asedio gubernamental o de las bandas de moteros ultras que, en los años 80, irrumpían con estruendo derribando barracas y cobertizos. De ahí que las insignias de moteros no sean bienvenidas, pero sí esas con una ramita de hojas aserradas color verde esperanza… Tampoco gustan aquí las armas de fuego, ni la droga dura, cocaína o heroína, contra la que presentaron batalla en la “epidemia” de aquellos años 80.

En Christiania, hoy, se vive de la venta de artesanía y marihuana, de la fabricación de bicicletas (muy originales algunas, con carrito incorporado delante o detrás)… y tienen su propia cerveza ecológica. Viven del atractivo turístico de la leyenda y de una curiosa actividad cultural, plena de variopintas exposiciones, performance teatrales y talleres de “energía comunal”.

Pero en Christiania, dicen, las cosas están cambiando. Paseamos por los senderos de Christiania en torno a un lago, a cuyas orillas se asoman casas estrafalarias, imaginativas, ruinosas… La guardería presenta evidentes síntomas de abandono… Los “toiletos”, pequeñas cabañas coloristas a modo de retretes públicos parece que hace mucho tiempo que dejaron de ser higiénicos… Hoy en los bares de la placita central de Christiania, el otrora barrio libertario de Copenhague, suena Shakira y el Panamericano electrónico y los televisores están encendidos con la etapa del día del Tour de Francia (Contador se ha caído, lástima…).

Al parecer, los autogestionados vecinos de Christiania, orgullosos de su modo de vida, ajenos al pago de impuestos, con su propio servicio de recogida de basuras o de entrega postal, están negociando su “inclusión” en Copenhague. La presión es fuerte: el terreno es demasiado goloso para las promotoras inmobiliarias -en pleno centro de Copenhague y junto a un lago- y las casas artesanales ya empiezan a dejar espacio a confortables apartamentos “con piscina privada y un salón de té”.

Christiania está cambiando su estatus y no está lejano el día en que el pórtico de tres palos que anuncia la entrada al barrio y que te despide con la frase: “You are now entering the EU” (es decir: está usted entrando en la Unión Europea) deje de tener sentido. Christiania ya parece estar subsumida en Copenhague, como prueba el hecho de que su icono simbólico -tres puntos amarillos, los de las tres íes que alberga su nombre- ya preside el espectacular atrio acristalado del nuevo edifico de la Ópera de Copenhague.

lunes, 22 de agosto de 2011

La sonrisa de Mette

El símbolo de Copenhague bien podrían ser los radios de una bicicleta despidiendo gotas de lluvia. En Copenhague hay atascos de bicicletas. Hay tantas (más del 60 % de los desplazamientos se producen sobre sus dos ruedas) que ya he propuesto al ayuntamiento de la ciudad que suprima uno de los dos carriles de coches para que lo ganen las bicis. Aún no han atendido mi solicitud, tal vez porque no hablo danés…

En Copenhague llueve cada día. Bicicletas y lluvia definen el paisaje de la ciudad e imponen el uniforme: chaqueta y pantalón impermeables… y sandalias sobre los pedales. En Copenhague empieza (o termina) un puente de ocho kilómetros que termina (o empieza) en Malmoe, describiendo un arco para unir Dinamarca y Suecia. En Copenhague hay albóndigas caseras, tango y vinos. En Copenhague hay un barrio ex libertario. En Copenhague hay espirales doradas y torres verdosas que te acercan al cielo. En Copenhague hay silenciosos canales entre apartamentos de transparente lujo. En Copenhague hay una plaza en la que, bajo una escultura de nativos groenlandeses, nativos groenlandeses beben cerveza y bostezan. En Copenhague hay una esculturilla de bronce nacida de las aguas y de la imaginación de Hans Christian Andersen, fusilada por cientos de flashes al anochecer. En Copenhague hay “otro” David de Miguel Ángel. Y una torre (casi) redonda. En Copenhague está la calle comercial más larga de Europa (pero nosotros, astutamente, sólo recorrimos cien metros). En Copenhague hay una biblioteca negra, inaccesible, pero hay acogedoras bibliotecas de barrio. Y cafés con libros. En Copenhague hay un cementerio que se llama kierkegaard (es decir, cementerio), donde está enterrado Kierkegaard, es decir, el filósofo, y también Andersen, padre de una sirena, un pato feo y un soldado de plomo, entre otras criaturas… En Copenhague hay piedras rúnicas con inscripciones extrañas (para mí). En Copenhague hay barbas vikingas. Y más de cien elefantes…

Dije en el primer párrafo que no sabía danés pero no es cierto. Sé estas frasecillas que me enseñó mi amiga Mette y que anoto aquí para uso de posibles viajeros por la ciudad:

Hola = Hej

Adiós = Hej hej

Hasta luego = Vi ses senere

La comida esta rica = Maden er lækker

Viajar es vivir = At rejse er at leve

El cine danés es muy alegre = De danske film er meget optimistiske

12 cervezas, por favor = 12 øl, tak

Estoy perdido, vivo en Christianshavn = Jeg er faret vild, jeg bor på Christianshavn

Esta lloviendo = Det regner

Estamos buscando el tiempo bueno = Vi leder efter godt vejr

Allí he aprendido, además, que español y danés comparten al menos una palabra: “gratis”. Pero no es fácil escucharla allí.

En Copenhague está Mette (pero por poco tiempo, es una chica inquieta). Y para nosotros Copenhague es la sonrisa de Mette.