“Nosotros, con desdobles y grupos flexibles, funcionamos bien… “. La frase es de mi amigo Antonio, profesor en Mengíbar, y martillea en mi cabeza cada vez que intento organizar un poco el trabajo de mis 30 alumnos de 1º ESO. ¿Y nosotros? Nosotros no podemos: no tenemos aulas donde desdoblar, ni profesores suficientes o tan flexibles que sean capaces de desdoblarse a sí mismos. Era un grupo modélico para haber trabajado a dos o hasta a tres niveles, para haber administrado el aula con dos profesores o con dos profesoras, o con un profesor y una profesora, qué caramba… necesitaban ritmos distintos de aprendizaje (y quizá, no me quiero esconder, otro tipo de maestro: más cercano y a la vez más firme, inagotable a sus incesantes requerimientos, exigente y comprensivo, divertido y serio, siempre ecuánime, siempre estimulante…). Han precisado de un intensísimo trabajo tutorial porque la convivencia ha sido complicada, las rencillas y los malos modos, constantes. Y las lágrimas, frecuentes: empujones y golpes voluntarios o involuntarios, pequeños hurtos molestosos, insinuaciones, discusiones, envidias, episodios de ansiedad… Supongo que dará repelús asomarse a sus tuentis, el lugar donde ventilan su rabia, donde ajustan sus cuentas…
Y así, desde luego, la escuela no les sirve. Puede que relativice cuando lo vea con distancia, pero ahora mismo la palabra es: fracaso. En este momento no soy capaz de valorar cuánto habrán aprendido, tendré que hacerlo en unos días para su evaluación, pero no me parece que hayan progresado adecuadamente… ¿Competencias…? Yo, al menos, con ellos me he sentido un profesor incompetente.
Alguna vez lo hemos hablado a la hora del café: qué bueno sería empezar la mañana con una breve reunión, como hacen en las empresas bien gestionadas; y no de cabeza a las clases. Reuniones de trabajo breves y frecuentes y eficaces de esos equipos educativos de cada grupo, reuniones en que se comparta información, se coordinen estrategias, se atajen a tiempo las tensiones disruptivas… Y no apuradas conversaciones de pasillo o los habituales lamentos de sala de profesores… O desahogos como este escrito.
Como no cabemos, el próximo curso tendremos dos grupos más… Espías de la Delegación (así se puede catalogar a quien se cuela con un metro en el centro sin ni siquiera dar cuenta al Director) ya han conseguido rastrear el único hueco en el que encaja una nueva aula de corcho. Supongo que el año siguiente explorarán el subsuelo. O, parodiando aquella serie policíaca de nuestra infancia, ordenarán: ¡1º J, al tejado!
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