sábado, 28 de mayo de 2011

Una consulta musical

Ahora que me he incorporado al colectivo de los alérgicos, como mi padre, como mi hermana, como mi suegra… si me paro a pensar en la cantidad de alérgicos sobrevenidos que conozco, no paro… esto, ¿qué significa, doctor Baena?... ahora, pues, que no le veo la gracia a la primavera: llevo cuatro meses estornudando, con la mirada turbia y lacrimosa, me despierto congestionado, con la garganta arañada, trasiego sangre por el gaznate y no oigo. No oigo en clase las preguntas de mis alumnos y contesto al azar, deseando acertar o al menos deseando que, como suelen, estén más interesados en exhibir su pregunta que en atender la respuesta… En fin, que ahora opino que la primavera está sobrevalorada, que nada como el invierno groenlandés o el verano ecijano, donde las cosas están muy claras. La primavera está sobrecargada de sensibleras letrillas envueltas en melodías edulcoradas, de cancioncillas bobas, quiero decir, que tratan de "la estación de los amores". (Acabo de escuchar una así de Maldita Nerea.) Pero mi pregunta es, y de ahí el título de esta nota: ¿acaso no hay canciones que repudien la primavera, que –descrita por un alérgico- la condenen como la estación más infame del año? Porque, de no existir, la escribiré yo... a ver si la cantan Maldita Nerea.

jueves, 26 de mayo de 2011

Doctor, feel good!

Manuel Baena Cobos, 58 años, médico de profesión, luego de haber ejercido (más que ostentado) el cargo de alcalde del ayuntamiento de Puente Genil durante los últimos 12 años (renunciando a una prometedora carrera como guitarrista punk), y tras haber perdido su candidatura las recientes elecciones municipales, retoma su trabajo en el Centro de Salud. Lo normal. Pero, tal y como está el patio, lo normal se vuelve ejemplar.

Sobre su gestión habrá opiniones. Pero yo tengo ojos y memoria. Y recuerdo bien el Puente Genil de 1999. Y puedo comparar. Y compruebo las indudables mejoras en la prestación de los servicios esenciales. Y la creación y la modernización de infraestructuras fundamentales. (Y, frente a lo que piensan algunos, sobre estos asuntos no actúa la gravedad, no caen por su propio peso: hay que trabajarlos, hay que proyectarlos, hay que debatirlos, hay que financiarlos, hay que demandarlos, hay que pelearlos…). Y la animación económica. Y la agitación cultural. Y la orientación social de sus políticas. Y la voluntad de implicar a todos los vecinos en ese modelo de democracia real que hoy se reivindica en las plazas de España, y que en Puente Genil ha venido teniendo su expresión en la promoción del asociacionismo y en la participación ciudadana en la toma de decisiones sobre la administración de los presupuestos municipales. Entonces me parecía agotador ese empeño, frustrante. Ahora puedo comparar. Ahora vivo la mayor parte del tiempo en un pueblo sin apenas tejido asociativo, desvertebrado. Y compruebo los peligros. Y entiendo lo importante: que un pueblo es un empeño colectivo. Y que, en una democracia aletargada como la nuestra, un ayuntamiento responsable está obligado a espabilarla, a propiciar espacios de encuentro entre los ciudadanos. Porque: o lo hacemos entre todos o no hay nada que hacer.

Todo ello arrostrando la maledicencia de los mentideros. Seguro que el alcalde Baena habrá cometido errores (otros los resaltarán, pero tampoco habrán sido tantos si el eje fundamental de campaña del equipo vencedor en las elecciones han sido unos adoquines mal colocados…). Y parece que esta campaña electoral ha sido más apacible y respetuosa que la anterior, donde se le quiso desalojar de la alcaldía con una sucia maniobra que Manuel Baena Cobos, médico de profesión y político y pontanés por vocación, no se merecía. Yo tengo memoria. Y mientras me dure es bastante probable que ese turbio episodio me impida apoyar a los vencedores… a los que deseo salud y buen juicio, coraje y suerte. Para provecho del pueblo.

Claro que el alcalde Baena habrá cometido errores, pero cualquiera que mire con perspectiva y sin anteojeras verá que los aciertos entierran a los errores.

Ahora Manolo Baena vuelve a pasar consulta. Lo normal. Lo ejemplar. Siéntase bien, doctor Baena. Agarre la guitarra, doctor Feelgood. Y gracias.

lunes, 23 de mayo de 2011

La apuesta (democrática) de Sol

“La democracia es votar” ha sido uno de los mensajes más insistentes de esta campaña electoral. Lanzado desde los dos partidazos políticos que se alternan en el gobierno de España, mirando de reojo la Puerta, la puesta, la apuesta de Sol. Ahora ha ganado el de la gaviota atrapada en el azul al de la rosa estrangulada por el puño, privilegiados por un sistema electoral que propicia esa alternancia. Ha ganado el llamado Partido Popular porque gobernaba el llamado Partido Socialista. Si hubiera estado gobernando el PP habría barrido el PSOE. ¿Simple el análisis? Sí. Y cierto.

Supongo que la idea latente en el fondo del grito unánime que pudo oírse anoche en la calle Génova esquina calle Zurbano -¡No lo de Sol, esto es democracia!- es esa de que “la democracia es votar”. Como si lo que sucede en el kilómetro cero de la primavera española no lo fuera… democrático, digo. Hay que saber ganar, señores (les habría reconvenido Mou, ejemplo donde los haya de elegancia en la victoria). Sin embargo, yo diría que hay algo contradictorio en el grito unánime que pudo escucharse después: ¡Bildu fuera! Pero ¿no quedamos en que la democracia eran los votos?

lunes, 2 de mayo de 2011

El sol no se pone

A Miniato le cortan la cabeza y la recoge –tanteando- del suelo. Se la coloca bajo el brazo (como un árbitro lleva un balón o un hortelano un melón), la frente a la altura de la tetilla izquierda. Y camina tres kilómetros, cruzando el Ponte Vecchio, hasta la colina que un día llevará su nombre santificado (y donde se alzará una ermita con la fachada de mármol verde y blanco y las mejores vistas de Florencia). Allí, sobre una piedra se sienta a contemplar cómo el sol a cámara lenta se pone sobre el Arno, el cielo inflamado de fulgores rosáceos… acariciándose el cabello, con la cabeza en el regazo.

Giordano Bruno, en cambio, no fue capaz de recomponerse de sus cenizas (como el Ave Fénix, como Terminator), a las que fue reducido por haber defendido con contumacia que el sol no se pone (en Roma, ni en Florencia, ni en ningún otro lugar), sino que solo nos lo parece ya que la Tierra gira sobre sí misma y en torno a él… Murmullos de desaprobación y trae los palos, la brea, la estopa… y préndele fuego a este hereje.

Galileo Galilei estuvo de acuerdo con él. Pero, visto ese precedente en combustión, tras la presión del Santo Oficio no tardó en abjurar… eppur si muove. Las autoridades eclesiales y turísticas de la época debieron de considerar que si no era el sol el que se ponía, ocultándose en el horizonte terrestre, peligraba la legen –wait for it- daria dimensión cromática de los atardeceres en la Toscana, una creación que merece ser divina, y que los tres o cuatro millones de parejas que cada año enganchan su candado en el Puente de la Trinidad, arrobados frente al atardecer, tendrían menos motivos para hacerlo.

La paradoja es que, habiéndolo la Iglesia de la época torturado, juzgado y condenado lo que le quedara de vida a lo que hoy llamaríamos arresto domiciliario, Galileo Galilei reciescat in pace “en sagrado”, en un sepulcro de la Basílica de la Santa Croce, cuya efigie se reproduce en un busto con un telescopio en su mano derecha, mientras la izquierda se asienta sobre una bola del mundo, y flanqueado por dos jóvenes en éxtasis, vestidas con vaporosas túnicas de mármol, que simbolizan, al parecer, la astronomía y la geometría…

Y haciendo buena la famosa fábula de Monterroso sobre las ovejas negras: En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.