jueves, 28 de abril de 2011

Postpartido

(A mi amigo Nico, por los viejos tiempos)

Idea para un microrrelato:

27 de abril de 2011. Estadio Santiago Bernabeu.

Minuto 1 de la semifinal de la Liga de Campeones entre Real Madrid y FC Barcelona. Víctor Valdés empuja con el pie el balón, que rasa la hierba crecida y rueda hacia el balcón del área, donde lo recibe Gerard Piqué, que se sienta sobre él. CR7 manotea a su alrededor. Ángel Di María dispara su perfil aguileño hacia el banderín del córner izquierdo. Una y otra vez. Dos líneas de cuatro defensas, con calzón y camiseta pintados de blanco y con los sobacos agujereados por una barra metálica, aguardan perfectamente posicionados en su campo, ensayando patadas al aire ante la portería de Iker Casillas, que ha desarrollado la extraordinaria habilidad de cortarse las uñas de las manos con los guantes puestos. Minuto 90 de partido. Gerard Piqué se levanta, con el culo dormido, y entrega el balón al árbitro, que acaba de pitar el final.

Minuto 1 de la rueda de prensa postpartido de José (pero pronúnciese Chose) Mourinho (pero pronúnciese Mi niño enfadoso): “Brillantes. Podríamos haber estado tres horas que no pasábamos del 0-0”.

Título provisional: “El Madrid es un futbolín”.

martes, 26 de abril de 2011

Tintoretto y la contractura cervical

Los ángeles de Tintoretto se parecen poco a los querubines sonrosados y lánguidos que estamos acostumbrados a ver en Murillo. Son tipos fuertes y musculados, que se mueven con energía, que descienden en picados vertiginosos para hacer anunciaciones, o colaborar en asunciones o alimentaciones con maná. El ángel de la Anunciación que abre la colección de la Scuola Grande di San Rocco irrumpe en la casa de María con una fuerza que parece haber astillado las tablas de madera del taller de José con solo el torbellino de su vuelo. María lo espera sentada en una posición nada cómoda y tuerce el cuello (robusto como el de un piloto de Ferrari) se diría que sin demasiada sorpresa, con indiferencia o resignación en el rostro, apenas un respingo en las manos, poca cosa si se tiene en cuenta la parafernalia celestial que se le cuela en casa, con una paloma iridiscente a la cabeza, y un ángel alado cual un quebrantahuesos. José se afana en su tarea carpinteril en plano lejano, como corresponde a su papel en esta historia. Las reproducciones no le hacen justicia: el cuadro es brillante, luminoso, vivo. En los cuadros de Tintoretto suele haber pequeños detalles cotidianos situados en planos inferiores, que captan nuestra atención con su realismo: sobre el suelo en perspectiva de losas rojas y blancas, un cesto de costura y una silla con la anea desfondada (recurso este de los pequeños detalles que, siglos después, Ibáñez emplearía con humor en sus viñetas de Mortadelo… arriesgada comparación, vive Dios). En Leda y el Cisne (que quise ver pasado mañana en los Uffici de Florencia) un perrito como un ovillo de lana blanca miniladra al cisne Zeus, que se cierne con cuello amenazante y lúbrico sobre la incauta Leda y, en aparente simetría, un gato juega a enrabietar a un pato enjaulado.

A Venecia vamos buscando poner agua de por medio durante unos días con el paisaje laboral de día tras día, vamos buscando una ciudad mítica, elevada sobre el fango por unos fugitivos, ennoblecida siglos después en incontables palacios que se asoman al Gran Canal (por uno de ellos lo hizo Lord Byron); y los canalettos entre los calli del gueto judío; y los puentes legen -wait for it- darios: el de los Suspiros, oculto tras una publicidad que paga su restauración, el Rialto, oculto tras una tonelada de souvenirs, el de Calatrava, oculto tras una lona de obra, pues vuelve a vibrar peligrosamente, el de las Tetas, desprovisto de ellas… en fin. Vamos buscando atravesar la laguna en vaporetto hasta las casas de alegres colores de Burano y hasta el rincón paradisíaco y los mosaicos infernales de Torcello. Y vamos buscando a Tintoretto por las iglesias y las scuolas. Nuestra primera visita es a la mencionada Grande de San Roque, que decora sus tres salas con unas cincuenta obras maestras. Más de la mitad están en los techos, por eso me recomienda Rosa que me sirva, como hace ella, de unos espejos portátiles enmarcados al efecto: para mirar sin sufrir, al fin y al cabo no tengo el cuello como la Virgen de la Anunciación. Pero me resisto: nada como la visión directa. Perdí la noción del tiempo. Noté un vahído. Cuando quise bajar la cabeza escuché un clack y ya no pude hacerlo.

Con la cabeza bien alta, pero sin sombra de orgullo, equivoco las direcciones, no acierto con los puentes y me cuelo hasta la cintura en todos los canales. Venecia es húmeda: doy fe.

Hasta aquí, pues, esta crónica viajera. Cuento lo que pude ver. Los Tintorettos del techo –mereció la pena- y este campanile que apunta al cielo:

Luego fuimos a Florencia. Y adjunto aquí lo que vi: