jueves, 2 de diciembre de 2010

Devolver el casco

Con el estridente asunto de las motos sucede esta contradicción: sólo lo disfruta quien va encima, todos los demás lo sufren. Me pregunto en qué momento se decidió que el ruido mola. Supongo que está relacionado con ese llamar la atención propio de la adolescencia. Y la adolescencia acostumbra a durar mucho hoy día... No suele haber término medio: a esas edades o eres exhibicionista (y no estoy hablando aquí de genitales) o no querrías salir nunca de tu agujero; de ahí que las redes sociales sean, sobre todo, un éxito adolescente: exhibicionismo a mansalva (abundante y a cubierto, me encanta esta expresión que le leí por primera vez a Mortadelo). Pero me sigo preguntando qué llevará a muchos humanos a ponerle pegatinas y bombillas de colores a su coche. Mola, ¿no? No niego que pueda haber una intención estética. Y aunque no fuera artístico el resultado, se trataría de una agresión silenciosa. Y basta con apartar la mirada. Tolerable. Pero demasiados humanos han decidido que también mola un montón multiplicar la potencia de los subwoofers. Y asistimos a diálogos del tipo: -¿Has visto cómo suena? -¿Qué?

A menudo no basta con atronar, con trucar el tubo de escape, también es necesario que vean de lo que eres capaz: acelerar, apretar el puño a tope y levantar la rueda delantera por las calles del pueblo, saltarse pasos de peatones, subirse a las aceras, ir en contradirección... Mola, ¿no? Cuando veo a alguno así, siempre me acuerdo de Amarcord, la película que Federico Fellini dedicó a su infancia en Rímini. De entre sus recuerdos rescata Fellini la imagen del motorista alocado que no deja de acelerar, apretar el puño a tope y levantar la rueda trasera por las calles del pueblo, saltarse los pasos de peatones, subirse a la acera, ir en contradirección... y que no dice una sola palabra porque jamás se quita el casco. En el tramo final de la película nos enteramos de que se trata del “tonto del pueblo” (de uno de ellos). Y es que con la cabeza encajada en un casco no es fácil estudiar. Protege de los golpes pero, a la vez, impide que traspase el conocimiento. Es un eficaz preservativo contra la cultura. No niego, tampoco, que así se han forjado las epopeyas de los héroes de nuestro tiempo... los de Moto GP, molestando a tope a los vecinos. Pero permítanme que, ahora que al fin se ha creado un facebook que aboga por la escolarización de Sergio Ramos, yo proponga también uno similar para Jorge Lorenzo. Y permítanme este desahogo, esta definición del motorista alocado, egoísta, inconsciente, incívico, que circula irresponsablemente por ahí. Se trata, simplemente, exactamente, de “un tonto montado en un ruido”.