martes, 31 de agosto de 2010

Sandía de madera


Necesito un dentista. Ayer le hinqué el diente a una sandía de madera.

No recuerdo quién me contó que los dentistas, antaño, cuando eran llamados sacamuelas, cuando viajaban en carromato de pueblo en pueblo se hacían acompañar de orquestinas. ¿Será cierto? No lo sé, pero tiene sentido: el de disfrazar los gritos de los dolientes.

lunes, 30 de agosto de 2010

Vancouver: higiénicamente limpio

Prefiere no hacerlo en el blog, pero una amiga me comenta personalmente que considera discutible la publicación de la fotografía de una micción, propia o ajena, con la excusa de celebrar el mítico gol de Iniesta y por más que esto sea un cuaderno líquido. Es de dudoso gusto, fue la expresión que empleó. (Sin embargo, como es comprensiva con las debilidades humanas, no puso ningún reparo a la presencia de un negro en mi cama, Obama.) Tuve que aclararle que la micción es propia y de pura cerveza de malta, aunque depositada en un servicio público de Vancouver, limpiado y desinfectado cada tres horas, y que a la foto habría que añadirle un fresco aroma a esencia de lavanda (pero esta anticuada tecnología digital aún no transmite olores). Por supuesto, jamás se me habría ocurrido publicar una foto en situación similar pero en un servicio de gasolinera de la A92.

En Vancouver la frecuencia y la higiene de los aseos públicos –gratuitos- llama la atención. Para el turista, preso de urgencias entre caminata y caminata, suponen un placentero remanso. En Vancouver la gente no escupe el chicle en el suelo, ni suelta sobre la acera el kleenex usado, no deja sobre el césped el cartón de pizza y las latas de refresco, ni siquiera la colilla de marihuana (aquí legal para uso medicinal, pero ya se sabe que cualquiera puede necesitar de esta terapia contra la enfermedad de la tristeza). En Vancouver, pásmense, los dueños de los huskies recogen sus excrementos de la acera con una bolsita.

El contraste es brutal. En asuntos de higiene pública aún estamos por civilizar. La Consejería de Medioambiente de la Junta de Andalucía ha encargado un estudio sobre la limpieza de las playas de la costa de Almería a un grupo de expertas laboriosas, diligentes, rigurosas, eficaces, serias y solventes. Se desplazan con sus sensores de alta precisión hiperveloces sobre la arena: a tal velocidad escalando montañas, que son montoncitos, y salvando valles, que son huellas de chanclas, que sus seis patitas se vuelven invisibles al caminar y apenas apreciamos dos puntitos negros que se persiguen uno a otro, saltando de un pelo humano a una pluma de paloma. Científicamente denominadas “formicae zapillensis” (popularmente hormigas playeras), emitieron un informe desolador: encontraron un brik de la central lechera asturiana, dos botellas de estrella levante, tres latas de pepsi, dos paquetes de marlboro, cuarenta y siete colillas, una piel de plátano, ochocientas seis cáscaras de pipas y un mojón canino por cada metro cuadrado. Informe rubricado con una lógica conclusión: “Sois unos guarros”.

domingo, 29 de agosto de 2010

sábado, 28 de agosto de 2010

Gol


Recordé justo en este instante el minuto 116 de la final del Mundial, en que Cesc encuentra el desmarque de Iniesta, que levanta suavemente el Jabulani con su empeine derecho y engancha un disparo cruzado que nos hizo muy felices.

Por eso sonrío, aliviado. Tenía que compartirlo con vosotros. Y que viva Fuentealbilla.

viernes, 27 de agosto de 2010

Vancouver: los osos


En Vancouver hay bosques con cedros milenarios, entreverados de abetos Douglas y de arces (cuya hoja, tintada de rojo, preside la bandera canadiense). En Vancouver hay cañones que pueden salvarse a través de puentes colgantes construidos hace más de un siglo. Y hay un cañón que se dispara cada noche, a las nueve en punto (seis de la mañana en España). Hay un reloj que también echa humo. Y hay ardillas negras, como recién salidas de ese cañón o de ese reloj. También hay osos negros y pardos, pero sólo vimos uno que rebuscaba entre los cubos de basura de una urbanización de West Vancouver… en la televisión, abatido por los dardos narcóticos disparados por dos policías montados del Canadá. Vimos también bastantes anuncios para tener cuidado con ellos. ¿Saben lo que hay que hacer si un oso te sale al paso? Por la costa mediterránea no es probable que se crucen con un oso, salvo en ciertos locales de Torremolinos, pero nunca se sabe demasiado y este blog, además de un dietario inestable, es también una página de servicio público. Así que lean, que la cosa tiene su miga. Esto dice al respecto el folleto “You’re in Bear Country” (Tú estás en tierra de osos):

“Los osos sólo atacan si sus cachorros andan cerca o si se sienten sorprendidos o amenazados. Para evitar sorprenderlos, la mejor defensa es permanecer alerta, no hacer excursiones de noche (cuando los osos se alimentan) y tener cuidado en los lugares de poca visibilidad. Si uno se encuentra con un oso pero este no le ve, lo mejor es apartarse a una distancia segura en la dirección del viento y después hacer ruido para alertar de la presencia humana. Si el oso sí te ve, es preferible apartarse de su camino, evitar el contacto visual, hablar en voz baja y mover las manos lentamente por encima de la cabeza. No hay que volver nunca la espalda al oso ni arrodillarse. Si el oso embiste, es mejor no correr ni gritar (je, se dice fácil, apunto yo entre paréntesis), eso puede asustar al animal y volverlo más agresivo… Es mejor tirarse al suelo, ponerse en cuclillas y hacerse el muerto, tapándose la nuca con las manos y el pecho y el estómago con las rodillas. No hay que oponer resistencia si el oso comienza a golpearle a uno con la pata (mecagüenlamantecadecacahuete, vuelvo a ser yo). Tal vez el animal se aburra y se marche (creo que me he ensuciado los pantalones… por dentro). Por otra parte, si un oso ataca la tienda de campaña por la noche, probablemente se trate de un depredador que percibe al campista como fuente de alimento. En este caso, jamás hay que hacerse el muerto, sino defenderse violentamente con todo lo que se tenga a mano (qué se yo: el cepillo de dientes, la cantimplora, la lectura en voz alta de un Proyecto Curricular de Centro…)

Todo esto nos hace añorar a Yogui y a Bubu, tan educados, con su pajarita, que te robaban la cesta de los emparedados, amablemente, pidiéndote disculpas, saludando con el sombrero...

jueves, 26 de agosto de 2010

miércoles, 25 de agosto de 2010

Vancouver: el agua


Vancouver tiene ríos, falsos ríos, ensenadas y bahías. Tiene una playa para perros. Y otra, llamada “Spanish bank”, en la que un par de capitanes españoles se reunieron con el capitán de la British Royal Navy George Vancouver en 1792. Como desde hacía tres siglos controlábamos más o menos el resto del continente, no parece que hubiera demasiado problema en ceder a la corona británica lo que en seguida se llamaría British Columbia. Desconocemos los términos exactos de la negociación, pero parece que incluyó llamar a la ciudad con su apellido. Los vikingos -que ya habían estado en todas partes antes de que españoles, portugueses, ingleses y franceses hubieran aprendido siquiera a navegar- fueron los primeros europeos en pasar por allí. Pero, como siempre, sin excesivo afán colonizador. Se limitaban a asentarse un tiempo en la costa para reabastecerse de provisiones, reparar sus embarcaciones y beber cerveza. Viajaba con ellos un niño al que se le ocurrían brillantes ideas / ingeniosas soluciones después de rascarse las pecas de la nariz.

En Vancouver hay canoas indígenas y hay piraguas. Hay autobuses marinos, taxis acuáticos, ferrys turísticos, lanchas neumáticas de color naranja para avistar orcas, yates, veleros varados, petroleros y cruceros de escala. Hay hidroaviones, que salvan la distancia entre las numerosas islas de esta fragmentada costa pacífica.

En Vancouver hay lagos con nenúfares, con castores, con salmones y con gansos.

En Vancouver el agua está omnipresente. Desde el propio aeropuerto, recorrido por arroyos y cascadas y con un acuario en el que flotan fascinantes medusas. En las jarras heladas con que te reciben cuando te sientas a comer en cualquier bar. En los parques, donde abundan los surtidores y los estanques, entre esculturas de Bill Reid, de Henry Moore o de Michel Zeng, con todo tipo de artefactos lanzaaguas para diversión de chicos y grandes. En Burrard Inlet, a cien metros de la orilla, asoma sobre las olas una estatua siempre mojada, denominada “mujer en traje de baño”.

Lógicamente, el agua del grifo es de excelente calidad. Y, coherentemente, cuando una noche acudimos al teatro al aire libre de Stanley Park para ver el musical más optimista de todos los tiempos: Singing in the rain, in the rain se celebró. La lluvia escurría sobre los ponchos de plástico mientras se sucedían: Make him laugh, Moses suposses, Good Morning o la canción que da título a la obra. Coreografías exactas a las de la película de Gene Kelly y Stanley Donen, incluyendo el mortal hacia atrás que se marca Donald O’Connor, fallido esta vez por un resbalón en la lluvia, ay. Tengo grabadas en una vieja cinta de vídeo esas cuatro canciones. Alguna vez las reveo. Conviene tenerlas a mano cuando es preciso levantar el ánimo. Son de una contagiosa y húmeda alegría: I’m happy again!

martes, 24 de agosto de 2010

Los cuñaos

En el paseo marítimo, mientras ellas han ido a a comprarse unas gafas de sol y unas chanclas con la bandera del Brasil, mis cuñaos y yo sabemos cómo entretener la espera:

Tenéis razón: somos caprichositos para el whisky.

lunes, 23 de agosto de 2010

Este programa es una ficción (o El ángel de la cuarta esquina)

Como paso las noches en blanco –el jet lag, ya les conté-, a las tres de la mañana leo (ahora La asesina de Papadiamantis, que me ha regalado mi amigo Jose de la Librería Luces), o escribo (estos desvaríos), o miro las estrellas, o me plancho un pantalón, o me tomo un colacao, o escucho en la radio esos programas esotéricos protagonizados por fantasmas, zombis, extraterrestres y demás criaturas espectrales.

Esta noche va de ángeles, y la experta de turno acaba de asegurar con total seriedad que estos "seres de luz" son los causantes de la agrupación de los átomos. Antes ya nos había contado, con total seriedad, que un ángel sacó de las aguas a su hermana, librándola de morir ahogada (me alegro mucho por ella, pero ¿no sería un tal Ángel?, me pregunto yo) y un instante después, de nuevo con total seriedad y esta vez algún rubor, que a ella misma una madrugada la cara de un ángel encajada en el vértice superior de un triángulo equilátero incandescente le había guiñado un ojo (lo que, en mi opinión, fue una oportunidad perdida para un interesante debate: ¿autosugestión o ingesta de sustancias estupefacientes?).

Desde luego estos programas han de emitirse a las tres de la mañana, que te pillan obnubilado y propenso a creer en apariciones de "entes etéricos", porque a la hora del telediario darían mucha risa. Tenemos, por si ustedes no lo saben, tres ángeles de la guarda (a pesar de que todos en nuestra infancia cantamos que “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan…”. Yo diría que aquí hay una laguna por explicar: ¿qué fue del ángel de la cuarta esquina?). Tres ángeles, decía la experta: el físico, el emotivo y el mental. "El teléfono para contactar con ellos es la plegaria". Pero, como no somos constantes en las llamadas, no siempre están disponibles o a veces equivocamos la línea: de ahí nuestras cefaleas y lumbalgias, nuestros embrollos sentimentales, nuestras angustias existenciales. Los ángeles, "soldados o administrativos del Gran Jefe", son seres creados en el 4º Día (los hombres en el 5º o 6º, según opiniones). Pues bien, en ese 4º Día aunque unas horas más tarde, también fueron creados otros "ángeles menores" asociados a los cuatro elementos fundamentales: los "gnomos" de la tierra, las "ondinas" del agua, los "elfos" y las "sílfides" del aire, las "salamandras" del fuego. De tal forma que, nos sigue explicando la experta con tono amable y considerable cuajo, no es posible que se produzca un terremoto sin la aprobación de los gnomos, un incendio sin el visto bueno de las salamandras, una lluvia torrencial sin la intervención de las ondinas… Reconozco que es bucólica la estampa de la Laguna de Zóñar con las ondinas chapoteando entre los patos malvasía y las pollas de agua; pero no creo que se deba menospreciar la relevancia de las sirenas, cuando de aguas revueltas se trata. O de los atunes: seres brillantes, fascinantes, casi divinos (sobre todo en la almadraba de Cádiz). Ni creo que sea justo, pienso yo, atribuirles todo el mérito a los gnomos en el despertar de los seísmos, porque ¿qué hay de los pitufos?, que se disputan con ellos las setas como vivienda...

A mí me encantan los ángeles: en los relatos de García Márquez (grotescos) o Martín Garzo (tiernos, juguetones, unos auténticos diablillos). Me gustan en los poemas de Alberti o en las películas de Wim Wenders (como ya escribí aquí en otra ocasión). Me cae fenomenal Clarence, el veterano aprendiz de ángel que busca ganarse sus alas convenciendo a George Bailey de que no se suicide, mostrándole cómo sería la vida en Bedford Falls sin su benéfica presencia…

Y me parece buena literatura la descripción que esta señora dibuja de los "seres de luz". Pero no estaría de más una advertencia a la manera en que terminan los anuncios de medicamentos o que se curan en salud ciertas películas: "… cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia". Para aviso de consumidores o adictos no estaría demás que, al comienzo o al final de estos programas, se escuchara este rótulo sonoro: "Este programa es una ficción". En la voz de Ramón Langa estaría bien. Que esto no suceda o que, por ejemplo, se hagan pasar por "rigurosamente científicas" las psicofonías me molesta casi tanto como cuando los Caballos de Troya de J.J. Benítez aparecían, invariablemente, en las listas de libros más vendidos de "no ficción".

domingo, 22 de agosto de 2010

sábado, 21 de agosto de 2010

Este Elvis sí está vivo

Mi amigo Teixidor presumía recientemente en su blog de haber sido digerido por un dinosaurio de Queen en una tienda de discos londinense. Va a flipar cuando se entere de que compartimos vuelo a Vancouver con Elvis Costello, con su mujer Diana Krall y con sus dos adorables hijitos. (Separados por una cortina, eso sí, ellos viajaban en la zona cómoda.) Este Elvis sí está vivo: doy fe.

Como suele ocurrir ella parece, al natural, en chanclas y despeinada, mucho más menuda y frágil –y más guapa, yo diría- que en televisión, rotunda y carismática ante el piano. Él es exacto: gafas de pasta negra y amplia frente: un desierto cercado por boscosa pelambrera en las sienes y el cogote. Mientras Diana se adormece tras sus gafas de sol, que usa a modo de antifaz, Elvis juega sobre la moqueta del avión con sus chicos y saluda con simpático gesto a quienes le saludan, la clase turista que camina en cola hacia la cola. Gente sencilla, gente común Elvis y Diana: hasta recogieron ellos mismos sus maletas, hasta tuvieron algún problema con el pasaporte de los chicos…

No tenemos autógrafos, ni fotos (somos muy respetuosos) y los testigos están ilocalizables. Pero tenemos algo mejor: el cuaderno de dibujo infantil que uno de los gemelos, no sé si Dexter, no sé si Frank, se dejó olvidado sobre su asiento, después de haberle arrugado una esquina, quizá a mordiscos, y después de no haber coloreado ni un solo maldito osito. Presento fotografía a modo de prueba:



Es una excelente excusa para volver a escuchar a Elvis, un cantante intenso hasta cuando hace baladas. Aquí lo tenéis presentándose a sí mismo, antes de interpretar “Paz, amor y entendimiento”: Por desearlo que no quede.

viernes, 20 de agosto de 2010

El amigo equilibrado

No diré que no me guste buscar amigos en facebook. Ya lo estoy haciendo. Pero lo que más me gusta es la casualidad de encontrármelos, por ejemplo, a las nueve y pocos minutos de una mañana de finales de agosto, en la escalera de acceso a un parking público en Madrid.

Vale, en vacaciones mucha gente se mueve, también los amigos a los que hace años que no ves. Vale, mucha gente decide ir a Madrid en agosto: la ciudad se remansa, se descarga de coches, se apetecen las terrazas de verano, hay que dárselo a conocer a tus hijos, siempre hay que volver al Retiro y al Prado… Si vas en coche a Madrid, es inevitable dejarlo aparcado en el subsuelo. Pero convendrán conmigo en que coincidir precisamente en el mismo espacio-tiempo es admirable. Porque ¿cuántos segundos tiene ese mes? Y ¿cuántos parkings Madrid?

Pues yo subía la escalera con más sueño que un cestico de gatos (Joaquín Muchachada Reyes dixit) y él la bajaba, mucho más despierto, a pesar de viajar con dos niños, uno especialmente inquieto. Yo saludé sin saber a quién, por mera buena educación, con un “hola” neutro. Él respondió con un “hoooola” que, al principio, no supe cómo interpretar. (Ya saben la fama que tienen algunos pasajes subterráneos y los retretes de los parques… en fin.) Pero cuando abrí los ojos del todo lo reconocí en seguida, porque el tío se conserva igual que de joven universitario.

La casualidad es asombrosa y no hago más que buscarle una explicación científica. Mi última teoría se basa en nuestra coincidencia de primer apellido, Gómez, que nos convertiría en predestinados primos lejanos. Las otras hipótesis me las guardo porque aún son más descabelladas.

Mi amigo Antonio Gómez es profesor en secundaria, como yo, y está contento. ¿Qué les parece? En un ambiente general de insatisfacción en la profesión es estimulante hablar con él. Es uno de los contados docentes que conozco que defiende la LOGSE. En su centro, que al parecer no está saturado como, por ejemplo, el mío, con ratios razonables y desdobles adecuados atienden mejor a la diversidad. En su opinión el problema reside en los cogotes. Estas son sus palabras: “El cogote, el problema está sobre todo en los cogotes. Como te dije, trabajo en un centro TIC, eso supone que el mobiliario no se puede mover, por lo tanto, los chavales, atentos a nuestras largas explicaciones, tienen que pasar 6 horas viendo cogotes. ¿Se ha visto paisaje más estimulante? Sigo teniendo serias dudas, pero creo que el trabajo en grupo entre iguales es muy productivo para su aprendizaje…” Si hasta utiliza con éxito el rompecabezas de Slavin…

Pero vayamos al asunto (tiempo habrá de profundizar en esto a partir de septiembre, que ahora estamos de vacaciones). El asunto es este: mi amigo Antonio es un tipo equilibrado, quiero decir que duerme plácidamente, que no se desestabiliza al subir escalones y que no es propenso a los ataques de ira, a los cambios bruscos de humor. Lleva en su muñeca derecha una de esas pulseras magnéticas de moda que le recomendaron comprar en el gimnasio adonde acude a Pilates un par de veces a la semana. Ahí lo tienes, dirán ustedes, funcionan. Pues no está tan claro, respondo yo. Porque mi amigo Antonio, según confesión personal, ya dormía bien y no tenía problemas de desequilibrio físico o mental antes de la susodicha. Entonces ¿por qué la lleva?, se preguntarán ustedes con toda lógica. Pues precisamente por eso: para demostrar con su ejemplo que este tipo de pulseras aportan equilibrio a personas que, cómo él, siempre han sido equilibradas.

jueves, 19 de agosto de 2010

Gustos e intereses (me pregunta facebook)

Es que me he hecho de facebook, ante la insistencia de mis-amigos-más-allá-de-facebook, y los beneficios inmediatos han sido que he reencontrado a Nico, a Antonio... viejos (es un decir) compañeros. Gustos e intereses, me pregunta facebook, pero luego no me deja espacio para explicarme. Así que lo hago aquí:

Me gusta caminar por un bosque de cedros, de abetos o de hayas, junto a un río. Sumergirme en un libro o en el mar. Me gusta la caballa con tomate. Me gusta montar en bicicleta (pero no por carretera… carriles, senderos bici ya!). Me gusta ver cine sentado en una pradera. Me gusta el teatro en un pequeño teatro. No me gusta el teatro en un gran auditorio. Me gusta el teatro en la calle. No me gustan las romerías. No me gustan las procesiones. No me gustan los macroconciertos. Ya no me gustan los mítines. No me gusta la política de las palabras gastadas. Me gustan los políticos cultos, honestos y eficaces (alguno hay). Me gusta que con mis impuestos se ayude a quien lo necesite. Creo en el derecho de cualquiera a cambiar de ciudad o de país. Sin muchas explicaciones. Me incomoda hablar mal de quien no está delante. Me gustan las melodías de Django Reinhart y algunas canciones de Nat King Cole. Me gusta la ironía. Por eso me gustan todas las películas de Billy Wilder. Por eso me cae muy bien Buenafuente. Me gusta el oxímoron. La extraordinaria normalidad. Me gustan las series HBO. Me gusta la manera en que Xavi se gira sobre sí mismo con la pelota en el pie. Y la suspensión del tiempo cuando la recibe Iniesta. Me gusta el Museo del Prado. Me gustan los vestidos livianos y cortos (pero no para mí, a mí no me quedan bien. A mí lo que me queda bien es un jersey negro de cuello vuelto, pero en agosto no hay manera). No me gusta el burka. Me gusta una madalena mojada en café con leche. Me gusta el chiste de la madalena, ¿lo conocen? Creí que el mundo era un lugar horrible hasta que fui conociendo gente generosa y amable. Me acuerdo de mi amigo Antonio. Ahora sé que el mundo puede ser un lugar horrible, pero que también contiene gente generosa y amable. Me gustan las crónicas de Enric González. Me interesa la educación. Creo que lo que sucede en un aula es el acontecimiento más importante de la historia universal. Creo que la administración se tiene que ocupar de que eso se produzca en las mejores condiciones posibles. Me repele el vocabulario pedagógico, más incluso que el semiótico. Admiro a Savater. Me gustan las bibliotecas públicas. Me gusta el programa de radio 'Asuntos propios'. Me interesa la apariencia de las ciudades en que vivimos, la arquitectura, el diseño, el mobiliario urbano. No me gusta una farola plantada en medio de una acera estrecha. Me gustan las plazas con árboles, no con palmeras. No me gusta que los coches hayan invadido las calles. Ya los estamos expulsando... Y por supuesto que me gusta la cerveza (menos las danesas).

Entre otras cosas me gusta peinarme de espaldas al espejo y ducharme a oscuras. Y me gustas tú.

Rayuela encontrada

Ahora que vuelvo de Vancouver, me acuerdo de París.

Las mesas de los cafés de París son cuadradas y tienen la justa medida para que quepan dos platos, dos copas y cuatro codos. París… ¿ciudad del amor? Desde luego. La estampa más habitual en París es la de un hombre y una mujer (no importa la edad) con los codos afianzados sobre la mesita de una terraza, acristalada en invierno, a la intemperie en verano, que se acarician las manos, mientras se dicen ternezas, a un centímetro sus bocas. O la de los amantes en las islas del tránsito de las grandes avenidas, que se besan sin prisa; despacito y aislados, sí, y ajenos al estruendo y al semáforo, que ya se ha puesto tres veces verde y cuatro colorado.

Yo no fui a París a buscar a la Maga porque ya la había encontrado. De modo que sólo tuve que pedirle que posara asomada al arco que une el Quai de Conti con la Rue de Siene. Pero sí fui a París a buscar su Rayuela. Y no la encontré hasta casi el último momento del último día. En una visita no prevista en principio: a la casa que fue de Víctor Hugo en la Place des Vosgues. A duras penas entrevista a través de una ventana vidriada, enrejada y no muy limpia, en la escalera de acceso a la segunda planta, dibujada en el suelo del patio recién llovido de un colegio infantil.

Tratándose de Rayuela tenía que jugar su papel el azar. No esperaba menos de Cortázar ni de París.


miércoles, 18 de agosto de 2010

Flash back

Son las siete y pico de la mañana y no he pegado ojo. Por eso me escuecen. Estoy jaquecoso y abotargado. Me crujen las cervicales, me punzan la sienes. Segunda noche tras un viaje transatlántico. En avión, no en transatlántico, si así hubiera sido no tendría estos síntomas, tal vez otros. Lo llaman jet lag. Menos mi amiga… uy, casi la descubro… que un día, con jet lag, lo llamó flash back. Algo tengo que hacer. Escribo. No respondo de lo que escriba en estas condiciones. Siempre que me sucede esto (y no son tantas veces, sólo tres), pienso en Moratinos. ¿Cómo enhebrará el discurso hoy en La Habana, mañana en Córdoba, pasado en Jerusalén? Supongo que dispone de confortable cama en el avión en que se mueve, y que no viaja nueve horas embutido en un asiento con las rodillas del pasajero trasero encajadas en el coxis, con la minipantalla incrustada en el cristalino (en esas condiciones vi Alice in Wonderland y Shuttle Island, qué bueno Tim Burton, qué bueno Scorsese, nunca nos defraudan), pero aún así me pregunto: ¿cómo mantiene la cordura?... Moratinos, digo… ¿cómo equilibra sus biorritmos? ¿usa pulsera magnética? (la Facua insiste en que son un fraude, Antonio, un día tenemos que hablar de esto seriamente…) ¿toma valeriana?... Moratinos, digo… ¿repite un mantra budista? ¿se atiza un coñac?... ¿Dónde encuentra la coherencia para no reclamar en Córdoba que palestinos e israelíes se entiendan, que el régimen cubano abra la mano en Jerusalen, que el PP no enrede con la inmigración en Cuba? Aunque díria que todo eso así ha ocurrido. Será el flash back. El mío, digo. ¿O el de Moratinos?

Me tomaré una valeriana con un coñac.
Amanece, que no es poco. Buenos días.

jueves, 5 de agosto de 2010

La rutina creativa de Suda Sánchez

Me pregunté de pronto qué andaría haciendo Suda Sánchez y googleé su nombre y su apellido. Estas búsquedas aleatorias suelen ofrecer hallazgos sorprendentes. De modo que buscando al director de Personas mayores encontré, por ejemplo, esta noticia: “El Valencia suda la camiseta pero no sentencia en casa… el 2-2 le da una pizca de ventaja a los de Quique Sánchez…”. (Que ya ha llovido, Quique entrena ahora al Atlético.) Y esta otra: “El paciente que suda, sangra y llora, pero que nunca se queja… por el Dr. Sánchez Santos…” (¡¡¡¡¡!!!!!)

Más allá de eso encontré un buen puñado de referencias a Rutina, el corto con el que fue finalista ¡caramba! en el Notodofilmfest de hace un par de años y Premio “Curtas na Rede”, convocado por la Xunta gallega.

Voy a verlo. Ahora vuelvo:



Ja, ja… está muy bien. Me parece espléndido, vamos: la idea y la realización, la localización (en la carretera de Patamulo), la banda sonora, la voz del actor protagonista, Félix Espejo, qué bueno el tío…

Conocí a Suda cuando empezaba a rodar su primer corto, Superrr, la epopeya de Fonsi Briones, superhéroe en pijama, voluntarioso y torpe… rodado en la propia habitación, en la bolera, entre terrones, en una casa prestada, para cuyas escenas necesitaban unos focos… Comienzos modestos, como debe ser.

Personas mayores fue su trabajo final de carrera (el tipo ha estudiado y se nota, domina la artesanía del oficio: encuadres, montaje, ritmo narrativo, suspense…), un ejercicio de estilo, género terrorífico de tono gamberro.

Y por ahí, hace mucho, me distraje hasta ahora en que además de Rutina he descubierto Audiocomentario (con Julián López, el de Muchachada…) y otras dos pequeñas bromas en treinta segundos: Escrito en la luna y Paquita, que demuestran que Suda Sánchez sigue con su rutina creativa, que además de oficio, tiene talento e ingenio. Y también confirma que a Suda Sánchez no sólo le gusta jugar con las imágenes, sino también con las palabras y las frases hechas… y no digo más: disfrútenlas por sí mismos en Youtube.

Pero esto me devuelve al principio, a la segunda de las citas encontradas casualmente buscando a Suda: “El paciente que suda, sangra y llora, pero que nunca se queja… por el Dr. Sánchez Santos…”. Acongojante, ¿no? Tanto que no me atrevo a entrar en ella. Parece contener un misterio gore (con sangre, sudor y lágrimas). Sólo lo haría si supiera que lo ha contado, con humor, “Suda Sánchez” (esta vez entre comillas).

miércoles, 4 de agosto de 2010

No, Miley, no

De vuelta a casa en el easyJet 6057 destino Málaga, leo en una revista olvidada sobre un asiento, Seventeen, una entrevista con Miley Cirus, cuyo titular traduzco de memoria: “Para amar es inevitable sufrir”.

Ya sabemos que estas respuestas no siempre las escoges tú, Hannah, digo Miley. Tal vez es una de esas frases tópicas que te mal aconsejan que digas. Pero conviene corregirte públicamente por si acaso lo piensas de verdad o por si alguna otra adolescente que comienza a amar y no sufre, cree que no está amando lo bastante y se pone a sufrir con desesperación.

En esto, como en casi todo, el diccionario es de gran ayuda. Y el de la Academia define el amor como “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de amor, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.” ¿Lo ves? ¿Dónde lees tú que el amor suponga dolor o humillación? En ninguna parte. Porque esos dos significados no debes buscarlos en la definición de “amor”, sino en la de “masoquismo”. Sí en cambio aparece la reciprocidad en el deseo, la alegría, la energía, la convivencia, la comunicación, la creación. Ya sé, ya sé… Estas definiciones son tan frías… Es que los académicos, cuando están en el trabajo, se ponen muy poco sentimentales.

No, Miley, no. Para amar no es obligatorio sufrir. El amor no se parece en nada a lo que las protagonistas de los culebrones venezolanos o mexicanos dicen sentir, entre pucheros o entre arranques de celos rabiosos contra las pérfidas que tratan de seducir a “mi” hombre. En el amor el posesivo hay que ponerlo entre comillas, queriendo decir que, en realidad, el otro no nos pertenece. Y en el amor hay que pasarla bien. Si no te hace sentir feliz, sencillamente, literalmente: no merece la pena.

Hasta aquí el consejo para Miley desde este consultorio líquido. No obstante, sé que no lo dices del todo en serio y que, en todo caso, a grandes males aplicas grandes remedios. Por eso me tranquilizó leer que, tras la ruptura con Nick Jonas, “al principio lloré durante todo un mes. Estaba tan triste. Estaba mal y desanimada. Luego me teñí el pelo…”

Insisto: no compensa penar durante todo un mes. Tendrías que haberte teñido antes.

martes, 3 de agosto de 2010

Hound Tor

En este cruce de caminos espero el autobús que me devuelva a la civilización. Anochece y ciertas nubes color ceniza anuncian que me mojaré de nuevo. La humedad y el sudor se mezclan en mi espalda. Y la sangre de la dentellada. El descenso de las rocas de Hound Tor fue más atropellado de lo que me habría gustado. Con el hombro desgarrado y el corazón acelerado por un encuentro inesperado.

“Era un sabueso, un enorme sabueso, negro como un tizón, pero distinto a cualquiera que hayan visto nunca ojos humanos. De la boca abierta le brotaban llamas, los ojos parecían carbones encendidos y un resplandor intermitente le iluminaba el hocico, el pelaje del lomo y el cuello. Ni en la pesadilla más delirante de un cerebro enloquecido podría haber tomado forma algo más feroz, más horroroso, más infernal que la oscura forma y la cara cruel que se precipitó sobre nosotros desde el muro de niebla.”

Tuve tiempo de disparar… mi cámara digital. Y esta foto atestigua que “El perro de los Baskerville” aún recorre, fantasmal y diabólico, las colinas de Dartmoor.

lunes, 2 de agosto de 2010

Sir o ser pirata

La historiografía británica considera a Francis Drake un osado navegante (segundo en completar la vuelta al mundo tras Elcano), un astuto estratega de batallas en el mar…

La historiografía española dice que sí, que vale, pero que sobre todo era un pirata que nos hundía los galeones después de levantarnos el oro de las Indias que legítimamente nos agenciábamos.

En una película hollywoodiense donde el pundo de vista fuera inglés, a Francis Drake lo interpretaría Leonardo di Caprio. Si la película contempla el punto de vista español, el actor adecuado sería, sin duda, Mickey Rourke.

La historiografía británica cuenta el episodio bélico de la Grande y Felicísima Armada (burlonamente calificada de Armada Invencible), haciendo hincapié en la astucia de los marinos ingleses (entre ellos, Drake) que, con su mejor conocimiento de la zona (sus vientos, sus mareas, sus calas donde refugiarse…), sus barcos más ligeros y maniobrables, sus más modernos cañones y su estrategia de las brulotes (pequeñas embarcaciones incendiadas lanzadas contra los pesados galeones españoles), desarbolaron nuestra flota y, en la huida, las tormentas acabaron haciendo el resto.

La historiografía española ha justificado siempre la derrota en base a razones meteorológicas, resumidas en una frase puesta en boca de Felipe II, que todos los niños de mi generación aprendimos: “No mandé mis naves a luchar contra los elementos”.

La Historia: a capricho del historiador y a gusto del consumidor.

domingo, 1 de agosto de 2010

La muerte de la Estrella Polar

La Estrella Polar podría haberse apagado, informa Bill Bryson en su Breve historia de casi todo (RBA, 2003). Es una noticia impactante, no me digan. Su explosión pudo producirse en una fecha inconcreta entre el siglo XIV y mediados del siglo XIX. Luego lo que vemos de ella podría no ser más que su brillo luminoso viajando por el espacio. Que el lugar del firmamento que nos orienta al Norte pueda no ser real, que vivamos guiados por una ilusión (una sombra, una ficción) es una idea inquietante, ¿no?, bueno… a mí me lo parece, y con unas enormes posibilidades literarias.

Invirtiendo el punto de vista, he aquí otra idea estimulante, a propósito de la relatividad especial: La distancia media a cualquier constelación es de más de doscientos años luz. Luego en el improbable caso de que algunos seres del lado de allá supieran que estamos aquí y pudieran vernos con sus potentes telescopios, sólo verían la luz que abandonó la Tierra hace doscientos años. No nos verían a ti o a mí, sino la Revolución Francesa.

Bill Bryson sigue la luminosa estela (muy apropiada aquí la metáfora) de los grandes divulgadores científicos anglosajones, esos que combinan rigor y amenidad. La lectura de este libro nos ayuda a levantar la vista, o a fijarla –es imposible- en lo más espacialmente insignificante: un protón. Nos ayuda a mirar con otros ojos lo que nos rodea y a nosotros mismos (lo que somos, pero también lo que nos ha llevado a ser lo que somos). La casualidad y la causalidad que han posibilitado nuestro mundo y nuestra vida.

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú te crees.” Es la frase que abre el libro y lo que sigue es una explicación de la dificultad y la maravilla.

Algo más sobre El Final: En última instancia somos átomos. Agrupados y organizados de una cierta manera para conformar lo que somos. Y tras el último aliento lo seguiremos siendo: “Cada uno de los átomos que tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú. Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor que, un número significativo de nuestros átomos (…) probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare (…), por mucho que lo desees, aún no puedes tener nada en común con Elvis Presley. Así que todos somos reencarnaciones, aunque efímeras. Cuando muramos, nuestros átomos se separarán y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de otro ser humano o de una gota de rocío).”

Es una idea consoladora. A mí me basta. No necesito más trascendencia. “Mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”, cantó Serrat. “Las flores que saldrán por mi cabeza… algo darán de aroma”, cantó Javier Krahe.