sábado, 31 de julio de 2010

Momento Teixidor

Los asiduos lectores de este blog no dejan de preguntárselo: ¿A qué llamamos Momento Teixidor? Se merecen que intente una respuesta:

Momento Teixidor consiste en pedirse un gin tonic, darle un trago corto, levantarse y marcharse sin decir 'hasta luego', montar en un coche, conducir 44 km i/v hasta el Decathlon más cercano (con el peregrino argumento -aportado más tarde- de que “mañana tengo una excursión y no tenía qué ponerme… en los pies”), y conseguir retornar a su copa antes de que se haya derretido el segundo cubito de hielo, para asombro del mundo científico y del mundo en general.

¿Hipervelocidad, teletransportación, pliegue del espacio-tiempo…?: Momento Teixidor.

viernes, 30 de julio de 2010

La lluvia en Exeter


En Exeter llueve siempre. Sé de lo que hablo: pasé allí cuatro días.



En Exeter llueve tanto que los senderos se anegan y las montañas no absorben más agua:



En Exeter llueve tanto que los muros y los troncos y hasta los gnomos de jardín se visten de verde:


En Exeter llueve tanto que los árboles son tan frondosos que te protegen de la propia lluvia:



En Exeter llueve tanto que a los miopes la noche se nos vuelve turbia:



En Exeter, cuando llueve, es decir, siempre, siempre hace viento. En Exeter los paraguas no aguantan, en Exeter los paraguas no sirven:



En Exeter llueve. Sin embargo en Bristol, también llueve:


jueves, 29 de julio de 2010

Los pájaros


La tía es lista. Se le nota en la mirada. Me mira comer. Alternativamente mira mis dientes masticando y mi mochila, de donde apenas asoma el bocadillo de chorizo que he decidido zamparme en este apacible jardín de Northenhay, con sus macizos de flores amarillas y naranjas que relumbran sobre el verde. Apenas asoma es exagerado: aleccionado por amigos nativos, más bien meto la cabeza en la mochila cada vez que doy un mordisco. Cuando termino, lanza un graznido que suena a reproche y levanta el vuelo hasta posarse en un tejado cercano, desde donde me observa no sé con qué intenciones. Tengo muy presente a Hichtcock.


En un viaje en tren a Bristol comparto casualmente asiento junto a Andrew Gravells. En seguida se ha presentado: soy concejal del condado (creo entender) y me gusta hablar con la gente para conocer sus impresiones sobre la marcha del país. Me cuenta que viajó por el mediterráneo español hace algunos años, llegando hasta Almería. Pero le encantó Valencia. Le digo –en mi magro inglés- que me llama la atención la omnipresencia de las gaviotas en Exeter, una ciudad que no es exactamente costera. Incluso sugiero que en el escudo del equipo de fútbol debieran de sustituir al menos uno de los dos caballos blancos, alados y encabritados por una gaviota al acecho. Se ríe. El tipo es muy simpático. Me cuenta que, precisamente el jueves siguiente, tiene un “meeting” donde van a tratar, de nuevo, el asunto. Es un serio problema. De higiene, de agresión al patrimonio… Le pregunto qué medidas va a proponer y me explica que no se les ocurren muchas más opciones que destruir nidos y huevos, proteger con redes metálicas las fachadas relevantes e insistir con las campañas para que los turistas no las alimenten. Le comento que en España la plaga son las palomas (en Exeter, en cambio, el número de palomas asciende a nueve, no tienen sitio) y que, en ciertas ciudades españolas, han decidido combatirlas con halcones (“falcons” digo, y me corrige: “hawks”, e inmediatamente pienso: “claro, los Atlanta Hawks de Dominic Wilkins”…en lo que llamaríamos un claro ejemplo de cultura popular). Andrew me aclara algo que yo ya suponía: las gaviotas se burlarían de los halcones; incluso es probable que se alimentaran de ellos llegado el caso, dado que parecen dispuestas a todo: a la rapiña, a la carroña, al canibalismo… Las he visto robar sándwiches intactos de las mesas, defecar sobre los coches, pelear con los cisnes del “historic quay”…

A través de la cristalera del pub la veo sobrevolar el kiosko de helados, eligiendo presa. Ahora planea sobre la vertical de una anciana de apariencia frágil que sostiene en su mano un cucurucho con doble bola de turrón. Con depurada técnica pescadora alojada en sus genes, ahora desciende a la velocidad del rayo… La anciana busca, desconcertada, su helado volado. Tengo a Hitchcock muy presente.

miércoles, 28 de julio de 2010

Redvers Buller


Ahí lo tienen: General Sir Redvers Henry Buller en efigie de bronce, en estatua ecuestre alzada en el centro de una rotonda de Exeter. Coches y gaviotas giran día tras día a su alrededor. Monta un brioso corcel estático, cuya pata delantera izquierda rasca eternamente inmóvil el pedestal de piedra en que se yergue. Heroico combatiente en China, en Canadá y en Suráfrica, su mérito militar le hizo merecer el título de Caballero de Su Majestad… Casaca con faldones, cerrado mostacho y casco plumífero, rematado con un esbelto cono anaranjado. En la campaña contra los zulúes ideó esta arriesgada innovación en el atuendo militar: el enemigo se daba a la fuga sin entrar en combate, despavoridos por igual los oscuros zulúes y los pálidos boers ante semejante tocado fluorescente, y rindiendo así sus dominios al ejército de Su Graciosa Majestad. Gracioso les pareció, inicialmente, a sus contemporáneos (excepto al comandante Frederick Roberts que afirmó, iracundo: “ya son suficientemente ridículas las plumas, ¿hemos de añadir una chimenea?”), pero la Cruz Victoria que cuelga verdosa en su pecho rinde tributo no tanto al valor como al ingenio.


Observen ahora esta imagen: ¿a qué les recuerda? Efectivamente: es un sutil homenaje de la municipalidad de Exeter a la eximia figura de Sir Redvers Buller, hijo ilustre del condado de Devon, inventor del casco de combate cónico reflectante. Esta ilustración forma parte de una campaña de concienciación dirigida a los chiquillos rebeldes que abrevan cerveza amontonados en el centro de la ciudad: para que no beban, escupan, vomiten u orinen dentro del transporte público. Se les recuerda que estas cuatro actividades –como el uso del cono capital- son apropiadas mientras se monta a caballo y antes del galope a la carga, pero no tienen sentido a bordo de un autobús.


jueves, 8 de julio de 2010

¡Podemos, podamos!


… cantaba un jardinero esta mañana, subido a una escalera, mientras le dejaba la copa tipo corona a este ficus nítida. Estaba contento, sí.

miércoles, 7 de julio de 2010

CR9 frente al libro abierto

CR9 besa el balón y lo coloca sobre el círculo blanco del punto de penalty. Lo mira un instante, como quien le murmura una oración o un insulto. Seca el sudor de las palmas de sus manos en la trasera del calzón.

Víctor Valdés lee “El miedo del portero ante el penalty” sentado sobre la hierba, con la espalda recostada sobre el poste derecho.

CR9 asienta su pie izquierdo junto al esférico. Retrocede uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis pasos largos. Abre las piernas. Levanta y suelta los hombros. Despliega los labios: inspira, expira. Resopla. Bufa. Escupe.

Víctor Valdés pasa una página y lee la siguiente frase: “Bloch estuvo un rato dando pataditas a los desperdicios de verduras y frutas con los que tropezaba al andar.”

CR9 inicia un carrerita breve, trote que quiere ser galope en apenas tres segundos. El empeine de su pie derecho impacta duramente el cuero. Levanta el vuelo el balón a una velocidad de 103 kilómetros por segundo.

Víctor Valdés gira el libro abierto, del que emerge un campo gravitatorio. El balón se orienta hacia el libro, se detiene al rozar el papel y se reduce hasta adquirir las dimensiones de un hueso de cereza. Víctor Valdés cierra el libro con un golpe seco, como si quisiera deshacerse de un insecto molesto. Una gota de sangre mancha dos páginas.

lunes, 5 de julio de 2010

Mima y Gádor

La mañana del martes… acabó con una clase de Lengua española. Mima estuvo muy nerviosa durante toda la hora, no dejó de hablar a izquierda y a derecha, adelante y atrás, con Medina y Veselina, con Gádor y Mª del Mar. El profesor tuvo que llamarle la atención más de una vez. Ya lo había hecho al comenzar la clase por no haber traído completa la tarea del día: subraya los complementos directos en las siguientes oraciones, sustitúyelos por los pronombres correspondientes, transforma cada oración en voz pasiva. Corregíamos las oraciones una a una en la pizarra blanca. Cuando le tocó el turno a Gádor ya no quedaban más. Inventa una, le pidió el profesor. Gádor escribió con el rotulador negro deleble: “Echaré de menos a mi amiga Mima”. Y debajo: “La echaré de menos”. “Mi amiga Mima será echada de menos por mí”. Gádor volvía a su asiento. Mima se levantó. Mima y Gádor se abrazaron. Mima y Gádor lloraron juntas abrazadas. Mima vuelve a Bulgaria.

Será añorada sonaría mejor, dijo el profesor.