miércoles, 9 de diciembre de 2009

La vida al final del mar

[sobre Al final del mar, de Gabriel Sofer. Córdoba, Ed. El olivo azul, 2009]

Este es un libro exigente. No es un libro para leer con un ojo puesto en el televisor o con un oído en la radio o con el fantasma de las navidades próximas sobrevolando el pensamiento. Exige tener disponibles ojos, oídos y pensamientos.

Este es un libro de relatos ambicioso. Ambiciona trascendencia: hacerse épico o simbólico… y homérico.

Las vidas son Odiseas, como la de Sarah que, tras una larga travesía de ideales o espejismos revolucionarios, busca junto a sus hijos la tierra prometida Al final del mar. Las biografías se construyen encajando las piezas más relevantes, no siempre heroicas, del puzzle vital (Hechos de un hombre). La vida son cuatro lecciones, la última de las cuales, la definitiva, apenas necesita más explicación que una lágrima recorriendo una mejilla (La última lección). Existe una dimensión mitológica en la vida urbana, sólo es necesario tener un abuelo culto y fantasioso que te la descubra (Una historia infantil). Vivir es soñar, como repiten los poetas desde hace siglos; pero el sueño se torna insoportable pesadilla si incluye el maullido frío y triste de un gato pardo de cola blanca (Silencio). Un olivo personifica la incertidumbre, la irrealidad de vivir (Quejas de un olivo). Los hábitos engendran carácter, como se explica más tarde, pero las rutinas que te consolidan, te alejan de la realidad (Ricardo Fabra). La vida nunca se hace tan presente, nunca se siente tan real, como Cuando un bebé llora y sigue llorando. Vivir es convivir sin que las palabras estorben (Historia de un naufragio). Vivir es convivir con la ira al despertar (Los despertares del padre Nolan). Vivir es confrontar con la superstición (Los cuerpos del tiempo). Vivir es viajar a bordo de La Esperanza, un navío cuyo capitán es, literalmente, una rata. Hay momentos cruciales en la vida en que, para sobrevivir, hay que quemar las naves… y todo lo demás (El incendio de Homero, El demonio de la Grandeza Española)…

Este es un libro sobre vivir, pero no siempre vital. Sus relatos dibujan trayectorias individuales que, a menudo, soportan el peso de la Historia. A veces se disfrazan de memorias, de diarios, de informes o redacciones escolares. A veces concurren en ellos elementos inesperados, más o menos sutiles: la maldición del prepucio creciente en Una cena de Pascua.

Si el inquisidor Guevara me obligara a elegir sólo uno de estos veinte relatos (amenazando con castrarme con unas tenazas ordinarias), confesaría que el mejor es El limpiabotas, plasmación narrativa de un concepto ético y psicológico formulado así: “los actos engendran hábitos, los hábitos engendran carácter”. Ese principio define las trayectorias vitales, opuestas y complementarias como el poder y la sumisión, del alumno Sánchez y el alumno Montes. Relato desasosegante -pero nada misterioso-, y de una contundencia extrema.