domingo, 25 de octubre de 2009

Los ángeles espantados por los helicópteros

Los helicópteros de la policía sobrevolando el ayuntamiento de El Ejido… “Una carta del cielo bajó un ángel”, dice el poema de Alberti. Pero el martes pasado lo que bajó, en helicóptero, del cielo fue una citación judicial y no la trajo un ángel, sino funcionarios del Juzgado de Instrucción número 2 de Almería, a instancias de la Fiscalía Anticorrupción… Furgones policiales aparcados en la Plaza Mayor, controlando todas las entradas y salidas del ayuntamiento, de la empresa Elsur, situada a su lado, y de otras doce empresas anexas… Procesión de policías judiciales requisando AZs, PCs y pen drives… Juan Enciso durmió anoche en El Acebuche, la prisión provincial.

Me pregunto si es que no hay ningún control, si es que nadie fiscaliza las cuentas de los ayuntamientos, si nada se hubiera movido de no existir esa denuncia anónima, luego asumida por Izquierda Unida... De ser cierto lo publicado -todavía hay que hablar de presunción-, desde hace más de seis años el, a la vez, presidente del ayuntamiento y de la empresa, en compañía de otros, malversó –forma elegante y técnica de decir robó- 150 millones de euros (es decir: 24 mil millones de pesetas) de dinero público y, como se pregunta el periodista de RNE Toni Garrido en su blog: “¿cómo tiene que ser el presupuesto de El Ejido para que puedan desviarse 150 millones de euros sin que se activen todas las alarmas?”.

Políticamente, la coherencia está del lado de Izquierda Unida, que ni siquiera tiene representación en la casa consistorial. El PSOE ha jugado el antiguo juego de las conveniencias, mirando demasiado para otro lado; para el PP fue uno de los suyos... Creo que en Izquierda Unida pueden sentirse satisfechos, me consta que no están felices –les duele su pueblo-, pero sí deben estar satisfechos porque frente a una opinión pública manifiestamente en contra –que los identifica con los otros- vienen haciendo su trabajo, hacen lo que democráticamente hay que hacer, a pesar de esas campañas que caricaturizan o ningunean a sus dirigentes, algunas de una mezquindad insoportable: todavía recuerdo que ante las últimas elecciones municipales, un diario local publicó una serie de semblanzas de candidatos, y que cuando le llegó el turno a la candidata de Izquierda Unida sustituyeron su foto por otra de una concejala popular de Lepe semidesnuda. Con el comentario –de una bajeza considerable- de que nadie les iba a reprochar el cambio…

Todavía recuerdo que cuando el cineasta Manuel Martín Cuenca, natural de El Ejido, respondiendo a preguntas de una entrevista escolar, se permitió opinar libremente, criticando modos y actitudes del alcalde… ese mismo periódico local, convertido de nuevo para la ocasión en órgano de expresión del partido gobernante, cargó en portada contra él y contra los que desprestigian a nuestro pueblo, con un titular intoxicador que confundía interesadamente "hombre" y "pueblo".

Juan Enciso es visto, mayoritariamente, como uno de los nuestros: un agricultor que, trasladado a la política municipal, a fuerza de trabajo y desvelos, ha conseguido situarnos a la cabeza de Europa en renta per cápita. Un modelo de alcalde patriarcal, de los que consigue que mucha gente -con derecho a voto- se sienta defendida bajo su abrazo protector. Si un político alcanza ese grado de identificación con su pueblo tiene el cielo electoral ganado. Todavía hoy es posible escuchar: pues, yo lo seguiría votando…

Y, sin embargo, la gente no se ha echado a la calle, gritando por la libertad de su alcalde. No ha habido encendidas reacciones en su defensa. Sólo conversaciones de tono bajo. Hay quien no sale de su asombro: cuesta creer que este hombre en quien tanto hemos confiado, nos haya traicionado... Hay quien afirma que se veía venir, pero qué increíble que hayamos llegado a verlo… Hay quien opina que por qué le tocará al nuestro y no al del pueblo vecino… Y predomina una desazón generalizada: otra vez El Ejido ofreciendo ante el mundo una pésima imagen.

Ojalá esto fuera terapéutico. La imagen sólo mejorará si nos paramos a pensar que, además de trabajar, también hay que trabajar honestamente por la convivencia.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, III

Dentro del pecho se abren
corredores anchos, largos
que sorben todos los mares.

Vidrieras,
que alumbran todas las calles.
Miradores,
que acercan todas las torres.
Ciudades deshabitadas
se pueblan, de pronto. Trenes
descarrilados, unidos
marchan.

Naufragios antiguos flotan.
La luz moja el pie en el agua.

¡Campanas!

Gira más de prisa el aire.

El mundo, con ser el mundo,
en la mano de una niña
cabe.

¡Campanas!

Una carta del cielo bajó un ángel.

("El ángel bueno". Sobre los ángeles. Rafael Alberti. España, 1929)

martes, 20 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, II

El día que llovieron cangrejos llovió también un señor muy viejo con unas alas enormes. “La luz moja el pie en el agua”. A pesar de los malos augurios de las comadres vecinas, para Elisenda y Pelayo es una bendición, “una carta del cielo bajó un ángel”: no sólo su hijo se cura de las fiebres al instante, sino que exhibir un ángel en el corral de las gallinas les permite salir de penurias a 25 centavos la entrada.

El ángel tendrá que enfrentar al cura, que pierde la razón intentando averiguar: si es hermafrodita, si habla arameo antiguo, si no será Satanás, si no será un noruego con alas.

El ángel tendrá que sufrir la multitud de peregrinos, “ciudades deshabitadas se pueblan de pronto”, que acuden a la corte de los milagros. Como una anciana ciega que canta con voz chillona y cascada y maltrata una guitarra. El ángel cambia su voz rota por una voz de tenor, la dona e móbile. Canta hasta que se estrella con una puerta.

El ángel tendrá que competir con la noria, el tiovivo… y la spiderwoman. Tendrá que soportar que chicos y mayores le arrojen miserias, le quemen las alas.

Seis años después la casa de Pelayo y Elisenda ha crecido y hermoseado. El ángel recompone sus alas con plumas de cisne o de oca, y tras varios costalazos, “gira más deprisa el aire”, vuela. El niño, feliz, flota.

(Un señor muy viejo con unas alas enormes. Fernando Birri / Gabriel García Márquez. Cuba, 1988)

lunes, 19 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, I

Recuerdo que mi lectura del libro en que Rafael Alberti se sintió huesped de las nieblas coincidió en el tiempo con la contemplación de dos películas, de filmografías muy distintas. Comprendí entonces que, a veces, las relaciones entre literatura y cine se definen gracias a estrictas razones de casualidad:

Los ángeles sobrevuelan el cielo de Berlín y otean el ajetreo de hormigas que se afanan. Atraviesan puertas y paredes, caminan corredores invisibles del espacio, observan con asombro, con ternura, con horror, posan una mano insensible en un hombro y soplan un oído.

Al caer la tarde se sientan a conversar sobre la Puerta de Brandenburgo. Cassiel y Raphaela son ángeles hermanos y se cuentan sus cosas. El tiempo debe de pasar tan deprisa ahí abajo… cómo será ser humano… Los ángeles no pueden o al menos no deben intervenir, pero cuando la niña cae desde el balcón y Cassiel, aunque se tape los ojos y los oídos, no puede dejar de verla caer ni de oírla gritar… Ahora la niña reposa en sus brazos en cuna. ¿No quieres bajarme ya? Las cosas se han vuelto de colores. “Gira más deprisa el aire”. Comienza entonces el aprendizaje de este hombre recién nacido. Serán sus maestros: un pizzero italiano, una niña acróbata, un anciano judío, un traficante de armas y de películas porno, un ángel perverso, una canción de Lou Reed y el teniente Colombo.

“El mundo con ser el mundo en la mano de una niña cabe”.

Cassiel aspira a ser bueno. Su muerte está escrita en su frente. Su muerte permitirá a la niña volar.

(Tan lejos, tan cerca. Wim Wenders. Alemania, 1994)

sábado, 17 de octubre de 2009

Hacer sábado

Zafarrancho de limpieza. A veces hay que hacerlo, ya saben: retirar los muebles para barrer esa arenillla acumulada en sus bajos y esa inquieta pelusilla que aspira a crear organismos pluricelulares, aspirar los sofás (siempre se encuentra algún resto de galleta maría o patata cordobilla y 10 céntimos), descolgar las cortinas (ganchito a ganchito) y pasarlas por la lavadora, limpiar cristales con las páginas sepia del periódico mojadas en cristasol (para que entre algo más de luz ahora que va viniendo el invierno), darle la vuelta al colchón y apalearlo un poco, desempolvar las lámparas, desengrasar la campana extractora, vaciar los estantes de la cocina (siempre se cae alguna lenteja, algunos granillos de sal…), desinfectar a conciencia el baño, etc. etc. etc., una tarea homérica que nuestras madres han hecho siempre con una naturalidad admirable, impagable (¿cómo que impagable?, venga ese sueldo…). En mi tierra las madres a eso lo llamaban: “hacer sábado”.

Haciendo sábado, cuánto acompaña el rock animoso y vibrante de la Creedence Clearwater Revival, mejor en su versión country o rhythm and blues que en la sinfónica. (Es cierto, Alfonso, en Spotify está toda la música.) Desde Spotify suena la Creedence durante todo este sábado amoniacal: la fregona recorre el suelo con más energía si regresan los viejos campos de algodón, el plumero se mueve con más alegría tarareando Susy Q, la lavadora acompasa sus giros rolling on the river

La tarde se nubla a medida que la casa reluce y, cuando acabamos, la Creedence canta acerca de la lluvia que comienza a caer sobre este soleado sábado (…y sobre mis cristales):

“I want to know
have you ever seen the rain
coming down on a sunny day…”

viernes, 16 de octubre de 2009

Mensaje póstumo de La Bola Perdida

Cuando leáis estas líneas yaceré destripada en un contenedor. No todo el mundo estuvo dispuesto a contribuir a mi salvación… al fin y al cabo solo soy una pobre bola insignificante… y mi raptor no consideró suficiente el dinero reunido. Sé quién es el culpable de mi muerte. Es M… Poco importa ya que lo haga público. Y sé también quiénes son corresponsables, los poco generosos...

¡No quiero morir!... ¡Una bola tan joven, con tantas vueltas por delante!... La vida es injusta… ¿Habrá un cielo alegre y luminoso para bolas?... ¿Será como un circo?... ¡El Circo del Sol!

jueves, 15 de octubre de 2009

Cama de cartón


Esta es una foto paradójica: lo normal es que una cama esté dentro de una casa y no fuera. He aquí una cama (de cartón) a las puertas del número 40 de una calle de El Ejido (pero en cualquier ciudad podríamos hacer una foto como esta). La casa está vacía (habitada por pelusas, penumbra y silencio). El resto del edificio también. Ignoro si alguna vez estuvo habitado. Los carteles de Se Vende cuelgan de casi todas las ventanas. Algunos, arrancados por el viento, cuelgan descolgados, demediados, mohosos…

Esta es la foto de una paradoja, o mejor, de una injusticia: casas vacías y gente durmiendo en la calle. Yo entendería que el ocupante de esta cama, una noche de lluvia, le diera una patada a la puerta para ponerse a cubierto. Yo entendería esa okupación.

martes, 13 de octubre de 2009

Nuevo mensaje de La Bola Perdida

Mi liberación está mucho más cerca después de que quince jóvenes y dos adultos hayan depositado 85 céntimos en la bolsa para mi rescate. Diecisiete personas generosas y solidarias. De verdad: GRACIAS.

Pero aún no es suficiente. Sería necesario que más compañeros y compañeras se animaran a colaborar... en las próximas 48 horas: el plazo ampliado finaliza el 15 de octubre a las 11’45 horas. A no ser que mi secuestrador (o secuestradora, ya dije que llevaba pasamontañas y no habló), avergonzado (o avergonzada), se decidiera a soltarme sin rescate, acusado (o acusada) por su propia conciencia... Si así fuera, bastaría con que me devolviera, sana y salva, al pupitre del que nunca debí ser arrancada contra mi voluntad. Por favor, por favor...

jueves, 8 de octubre de 2009

El traje

Sí, es cierto, el hábito no hace al monje. Pero en el mundo de las apariencias quizá un traje nos permita ganar respetabilidad. En la Sevilla desconchada, en la trasera de los callejones con olor a restos de fritura y a orín, donde la Giralda no se sospecha histórico alminar, concurrida torre, ni tan siquiera hito urbano, bulle una vida en el límite de gentes que trapichean su supervivencia.

Pan con Queso (que, sin embargo, sólo come fabada Litoral) y Patricio (al que apurando la broma podríamos llamar Pan Tostao) comparten decentemente las estancias de un palacio ruinoso, frente a un lujoso hotel, unidos por un dinero que ya no existe, y componen una atípica pareja de desconfiados cómplices. Par de timadores de solera cinematográfica que recuerdan –al menos a mí ahora- al insólito dúo protagonista de ‘Luna de Papel’: la huerfanita de nueve años, fumadora y malhablada, y el charlatán de irresistible sonrisa que recorre Kansas vendiendo biblias de lujo a viudas recientes.

Vuelvo a ver casualmente ‘El traje’, segundo largometraje del tándem Alberto Rodríguez–Santi Amodeo (director y guionista), que ya habían hecho juntos que se sepa: ‘El factor Pilgrim’ (un cuento en la Ciudad Pollo, Londres), y ‘Bancos’, cortometraje en blanco y negro sobre robos virtuales; y que después se separarían para contar cada cual su propias historias y ofrecernos películas tan singulares como ‘Astronautas’ (Santi) y ‘Siete vírgenes’ (Alberto), películas comprometidas a la vez con la magia cotidiana y con el testimonio social. Que digan ellos cuatro cosas sobre las medidas de este Traje:

“Lo primero que distingue a un africano de un europeo es su visión de la vida, es diez veces más fresca, está preparado para todo. La cultura envejecida de Europa, que hace que nuestros pensamientos pesen como losas, no posee esa cualidad, y no hablo de ignorancia, hablo de filosofía de vida.”

“La cuestión era convertir a Patricio en un personaje sin ataduras, una persona que no figura legalmente, no existe, no tiene derechos, no tiene nada salvo una mentira en forma de traje elegante que es lo único que le queda.”

“Nos pareció bien unirlo a un tipo que viva de la mentira, pero que tampoco constase en ningún registro, que no existiera, como dos tipos sin remite, buscándose la vida en una ciudad que les es totalmente ajena.”

“El hecho de ser negro e ir bien vestido te confiere una cualidad superior, te hace intocable. ¿Cómo ha llegado ese negro a tener un traje de esa calidad? Debe ser rico, jugador de baloncesto o turista. Yo no soy nada de eso, pero ¿voy a sacarlos de la mentira? No.”

Porque es desolador comprobar –como hace María, tercer vértice de la historia, guapa vendedora de electrodomésticos- que, efectivamente, importa más el traje que la sonrisa.

Y persiste insistente una imagen en la retina: un león de ferocidad inmóvil, carcomido de polillas, absurdo en la extraña sabana de una escombrera en las afueras de una ciudad jungla.

martes, 6 de octubre de 2009

El caso de la bola perdida

Asfixiada en el interior de una mochila, una bola de malabar decidió salir a respirar. Se inventó unos codos con los que abrirse paso –a codazos, claro- entre la flauta, la calculadora y un bocadillo de salchichón mezclado con ecuaciones, pretéritos pluscuamperfectos y aposiciones explicativas, que se habían caído de los libros de lengua y matemáticas. Comenzó a girar sobre sí misma, cada vez más rápido, cada vez más rápido y, orientándose por el haz de luz de la cremallera entreabierta, se elevó en el aire, dejándose lanzar de mano en mano hasta perderse de vista… y perderse la pista...

…hasta hoy en que ha aparecido, pegada con chicle en la puerta de Dirección, una hoja arrugada de libreta a cuadros con el siguiente texto manuscrito con letra pequeña y nerviosa:

“Vivo secuestrada en el interior de una mochila extraña. Oscura, herméticamente cerrada. Llevo cuatro días sin ver la luz del sol. Ya me va faltando el aire. No pude ver la cara de mis captores, pero hoy, 6 de octubre, me han pedido que escriba con mis manos inventadas, este mensaje: no me soltarán a menos que el grupo A de 2º de la ESO –ya que en su aula se produjo mi secuestro- pague un rescate que asciende a 150 céntimos de euro. Sólo dan siete días para reunir el dinero. El plazo concluye a las 11’45 horas del 13 de octubre. Sé que puedo contar con vosotros. Recordad los buenos momentos que os he hecho pasar danzando en el aire con mis dos compañeras. Sé que no me abandonaréis. Si no pagáis, amenazan con destriparme, sacando de mí los granos de arroz y la borra de lana que forma mi cuerpo. ¡Liberadme!”.

Con ese grito angustiado termina la nota. La clase de 2º A decide: o intentamos que aparezca sin rescate, o a cinco céntimos cada uno juntamos la suma exigida. He ahí el dilema.

lunes, 5 de octubre de 2009

Falandrasca y Fartusco (una historia de amor y habla pontana)

Hecho un mandria, cancaneando una siesta de aquí p’allá, por el calor o vaya usté a saber, empecé a carlear y a dar camballás, que parece que estuviera ajumao, hasta que me dio un soponcio, un sopitipando, vamos… me caí y me di un jardaso que casi me esnoclo contra los adoquines y me rompí una pierna con uno de los vallejitos de la acera. Una vecina (poyetona, greñúa y algo falandrasca, como pude comprobar después), sentada en el rebate de su casa, me levantó entre sus brazos, me cargó al cuadril y me tumbó en un catre, sin quitarle siquiera el tapaero. Me hizo comer sopaipas y ochíos a traganúos y beber uvitas de un pirriaque (que fabrica ella misma con alcohol y regaliz). “Del torosón no me libra nadie” -pensé con las tragantás y los retorsiones-, “no llegaré al pesebrón”. Me lavó el cuerpo con una ruilla. Y me volvió el jamacuco.

Cuando desperté –no sé cuántas horas después- la encontré vestida con un justillo y nada más. Casi me da un telele. Y casi me jiño de la jindama cuando me dijo: “Hazme madre”, entre pucheros y jipíos. A empellones que amenazaban espachurrarme, esmangarrillao, no pude negarme.

Hoy nuestro hijo acaba de nacer. Yo estoy algo más repuesto del jamacuco y la quebrasía, aunque una mijilla confuso y chambolcao. Cuando le he dicho alguna vez que hace meses que no piso la calle, siempre me responde, gachitas: “Pero, fartusquito mío, ¿qué buscas fuera que no tengas en casa?, ¿quién te va a cuidar como yo? Deja de rebinar.”

Tiene razón. Será el pirriaque mezclado con la costumbre. Ya no tengo ese mojarrillo. Cada día limpio el polvo con un vendero y algofifo. Cada semana lavo la ropa con azulillo y la tiendo en el patio con alfileres. Cada mes encalo las paredes, los tillos y las vigas. Ella hace los mandaos y teje cientos de calzapollos. Cada día comemos pringá y chanfaina, y un mollete a pellizcos. Los domingos jugamos a la regaña y a puchinelas, bailamos jeringosas (yo a la pata coja), mordemos cañadú y me canta coplas con unos jarpíos que me dejan temblando… Y juntos vemos relampaguses. Me cura las dolamas del cuerpo y del alma. Soy más feliz que enenantes.

(Epílogo del libro Palabras pontanas, de Felisa Agudo Gil)

domingo, 4 de octubre de 2009

Cazapalabras


Felisa tiene buena memoria. Se acuerda del momento en que le abrocharon unos zapatos rojos. A los dos años. Se acuerda de un canasto de ochíos colgado del techo durante el bautizo de Supermán. A los cuatro años. Se acuerda de que, con pocos años, veía desfilar a los romanos por la Cruz de San Juan y corría por la calle Guerrero para volver a verlos asomada al poyete de Los Frailes, justo en el lugar que aparece en la foto de portada de este libro, colección de palabras pontanas. Podemos imaginarla sentada ahí, a la altura de los plumeros, hoy blancos y mañana negros, escuchando sus festivas o fúnebres marchas. Y escuchando, después, las conversaciones de los mayores. Felisa tiene buen oído. Y tiene un cazapalabras.

El cazapalabras es un instrumento compuesto de una vara larga y flexible (antes hechas de junco, ahora fabricadas en fibra de carbono), terminada en un aro de unos 30 centímetros de diámetro que sujeta una tupida red de gasa de tergal. Aunque acabo de describirlo, no es fácil hacerlo: es invisible. Nuestra imagen mental más parecida sería la de un cazamariposas. Como las mariposas, las palabras también son seres vivos: respiran, crecen, se mezclan, engendran otras nuevas, viajan, maduran, envejecen, se extinguen. Como las mariposas, las palabras también se pueden inventariar.

Con el cazapalabras sale a la calle Felisa. Sale a las plazas y a las terrazas. A los mercados y mercadillos. A las fruterías y a las peluquerías. A las tertulias de biblioteca y a las charlas de café. A las verbenas de barrio y a las procesiones del Viernes Santo.

Felisa tiene un cazapalabras y tiene un estante de diccionarios: académicos, etimológicos, enciclopédicos, dialectológicos, de uso, de dichos populares y frases proverbiales. Tiene, por ejemplo, el Corominas y el María Moliner (ganados ambos con su talento en un concurso de relatos).

Felisa tiene un cazapalabras, un estante de diccionarios y un riguroso método: si escucha en cualquier esquina o rincón de Puente Genil una palabra peculiar, la utiliza ella misma en otro contexto, comprueba su eco y su significado de uso… y después, con ayuda de esos diccionarios, analiza su origen y evolución. Aventura su posible etimología, explica su significado propio y su significado pontano, la sitúa en una oración, en una frase hecha, en una anécdota o en un poema.

Las palabras traducen la realidad. Suman y olvidan significados. La mayoría de las aquí recogidas ya no se usan; de ahí el importante valor de este catálogo, que es reflejo de un lugar en una época. Algunas palabras desaparecen cuando desaparece el referente al que nombran: “dita” o “pesebrón” podrían servir de ejemplo. Están plenamente vigentes, sin embargo, las relacionadas con la Semana Santa de Puente Genil: “alpatana”, “cuartelera”, “uvita” o la propia “mananta”. O “rebate”, que del escalón ha pasado a denominar la túnica del que se sienta en él. Las tradiciones perpetúan su vocabulario específico.

Hay palabras que han hecho un largo viaje hasta nosotros desde nuestro Siglo de Oro, como “quebrasía”. Algunas a través de Hispanoamérica, como “ñáñaros”. Algunas son árabes: “morabito” o “algofifa”. Otras calés: “jindama”. Hay apócopes, como “chapú”, hay síncopas, como “caucar”, hay compuestos, como “andavé”. Hay etimologías populares, como la divertida “jeringosa”, una translocación de jerigonza. De “soponcio” se incluyen hasta seis sinónimos coloquiales… Mi favorita: “relampaguses”.

Y hasta aquí, porque esto es sólo una invitación a que lean, aprendan, se sorprendan y disfruten de estas ciento setenta Palabras pontanas que Felisa Agudo Gil lleva capturadas con su cazapalabras. Por el momento. El mariposario sigue creciendo.

(Prólogo del libro Palabras pontanas, de Felisa Agudo Gil)

viernes, 2 de octubre de 2009

LA POETISA: Conchi Arroyo Rivas

De su mano, bolígrafo y letra nos saluda Conchi con su esmerada caligrafía redonda, aprendida en la escuela de doña Etelvina González, hoy Colegio Pemán.

Aunque había nacido en la calle San Cristobal (el 3 de mayo de 1911), se fue muy pronto a vivir a la calle Fuensanta; y si es cierto, como dicen, que uno es del lugar donde jugaba en la infancia, entonces Conchi Arroyo Rivas es de ‘La Barrera’.

Los niños y las niñas del primer tercio del siglo XX, en Puente Genil, jugaban al teatro. (La televisión, las vídeo-consolas, las tortugas ninja... ni se sospechaban). En un patio, como el de la casa de Conchi, con escalones alrededor, o en un corralón, como el que tenía -inmenso- Manolo Quintero detrás de su estanco, ponían ‘verbena’: colgaban una manta y papelillos de colores como decorado y se hacían trajes de papel de seda para interpretar a cada uno de los personajes de estas comedias que normalmente eran en verso y normalmente graciosas y de amores. Niños y niñas de unos diez o doce años se aprendían de memoria largos parlamentos o se intercambiaban réplicas para entretener a un público, que era el vecindario, y que pagaba la butaca (o más bien silla de anea) a diez céntimos y un puesto en los escalones del gallinero a cinco céntimos. Conchi conserva esa memoria para recitarnos completa alguna de esas comedias, como el diálogo entre Juana y el perezoso Antón Galvana.

En la escuela de doña Etelvina había dos grupos: las mayores estaban con ella, y las más pequeñas con doña Josefa, “que era bizca y les tiraba del flequillo a las chiquillas con más mala leche que un grano seco, la tía”. Conchi era de las más listas y aplicadas de la clase, por eso antes de cumplir la edad para cambiar de grupo, doña Josefa la llevó ante la directora, que le hizo una prueba de lectura y pasó al curso superior: “era yo un gorgojo y ya estaba con las mayores”.

Doña Etelvina le tomó cariño desde ese mismo día. Y como Conchita iba a clase habiendo comido apenas una sopa de tomate o unas naranjas picás, pues doña Etelvina le guardaba comida en una cesta para que merendara. Ella salía al patio y, a través de una ventana, avisaba a su hermano Manolo, que estaba en la escuela de párvulos, para que saliera a merendar también. Estudió en la escuela hasta los trece años. Luego había que trabajar.

En aquel tiempo la tierra estaba repartida en inmensos dominios que eran propiedad de unos cuantos terratenientes con títulos nobiliarios. El padre de Conchi trabajaba todo el año en las diversas faenas del campo en la Finca del Duque de Tarifa y Denia, cerca de Castillo Anzur, cuyas posesiones se extendían más allá de las Mestas, aunque también el Coto de Doñana era suyo. Este duque “soltero y sordo” criaba en el cortijo caballos de raza. Y allí acudían de cacería aristócratas y políticos como el Conde de Romanones o el ministro Maura, que -recuerda Conchi- tenía una perra llamada Chocha a la que le faltó tiempo para plantarle las manazas en el pecho y el aliento en la garganta a un trabajador que se había quedado con una perdiz cazada por el ministro. “Si quieres una perdiz, pídela”, le regañó el duque. Cobradas las piezas venía el almuerzo de cazadores y secretarios, entre chanzas sobre la puntería de unos y de otros. Lo que sobraba se repartía más tarde. Cuenta Conchi que una tarde que pasaba cerca del lugar donde se asaban liebres y perdices, el duque la avisó para invitarla a comer con ellos. De modo que podemos afirmar sin mentir que Conchi Arroyo Rivas ha comido con Maura y con Romanones.

Guardas y guardiaciviles a caballo vigilaban el coto con tal celo que ni una bellota podía uno comerse, y eso que había una encina, a la que dieron por nombre ‘la colmena’, con las bellotas más dulces que imaginarse pueda... ni un espárrago si quiera. Por coger espárragos le pegó una paliza el cabo Maíllo a uno de Jauja, que luego volvió con sus hermanos para devolvérsela.

Además del cabo había cuatro guardiaciviles en el cuartelillo cercano. Y también había un ladronzuelo apodado Negro las ventas o Culo roto al que buscaban por todas partes (y con muchas más ganas tras el 'Movimiento'). Pues bien: Negro las ventas llegó a robar del mismísimo Cuartel de la Guardia Civil todos los gallos y gallinas, excepto una pareja que el cabo, echando humos, encontró con sendos carteles colgando del cuello. El de la gallina decía: ‘Desde las 3 estoy sola’, y el del gallo: ‘Yo no he visto nada’.

El padre de Conchi tenía arrendada una huerta en la que cultivaba melones o maíces. Y por las noches había que protegerla de quienes querían aprovecharse del trabajo ajeno. Algunas turnos de vigilancia les correspondían a Conchi y a su hermana Soledad, diez años mayor que ella, y Conchi se acuerda sobre todo de una de aquellas noches en la que sintieron un “pajeo” por el arroyo, y hacia allí se fueron, ella armada con una hoz y su hermana con una pistola que le había prestado su novio Enrique. Encontraron a dos hombres: “Que veníamos a cazar”, dijeron. “Sí -replicó Soledad-, a cazar lo que los demás sembramos y trabajamos con nuestro sudor”, y pistola en mano los hizo salir corriendo.

Además de Soledad, Conchi tuvo tres hermanos: uno al que no conoció porque apenas llegó a vivir; el segundo se ahogó en el río a los catorce años, como tantos otros niños para los que el río era entonces lugar de juegos y aventuras; y al tercero, maestro en Los Arenales, lo mataron nada más comenzar la guerra, como a tantos otros maestros con los que se cebó la represión franquista.

Es imposible no sentir cariño por esta mujer que te cuenta con toda la serenidad de la que es capaz que perdió demasiado pronto a los tres hombres que una mujer más puede querer: padre, hermano, marido. Con catorce años se le acercó un muchacho que vivía en la calle de las Fatigas: Nueve años duró el noviazgo, y sólo siete meses el matrimonio. Pasaron por su calle pegando tiros, sacaron a los hombres y se los llevaron hacia la tapia de esa venta que había camino del cementerio.

Y es imposible no sentir simpatía hacia esta mujer a la que le gusta sentarse cerca de la ventana y del teléfono, que recita con más arte que nadie ‘Laj fiejta e la Puente’ de Pérez Carrascosa, que conserva ese acento en ‘e’ tradicional de Puente Genil, que inventa poesías de cabeza, sin necesidad de escribirlas, y que te explica, mientras se sostiene con una muleta, que “yo era un relámpago”.

Fruto de su segundo matrimonio con un hombre, viudo como ella, y once años mayor, nació su única hija, a la que también llamó Conchi, y que ha heredado la afición por componer versos. Tal vez no estaría demás pedirle a la suerte que sea generosa -como hace ella en el poema que culmina esta semblanza- y atreverse a soñar con “una poquilla” para que la vida no nos trate con demasiada crueldad.

LA SUERTE

La suerte es caprichosa,
igual nos deja sus bienes
que se marcha presurosa
corriendo con sus vaivenes.

¡Ven! acompáñame, suerte,
que quiero vivir dichosa,
que me da miedo la muerte,
sé conmigo generosa.

Llévame tú de la mano
por caminos sin dolor,
no viva la vida en vano,
no sufra frío ni calor.

No me aceche la miseria
ni hambre, ni enfermedad,
ni la guerra, ni penuria,
ni la envidia, ni maldad.

Es una vida sencilla
que nadie pueda envidiar,
la suerte: una poquilla,
la que me atrevo a soñar.

(Conchi Morales Arroyo)

jueves, 1 de octubre de 2009

LA GUERRERA: Dolores Guerrero

“¿Tú nos quieres? Pues de la puerta pa’ dentro”, recuerda que le dijo su padre, un hombre tranquilo, cuando se enteró de que se había quedado embarazada de su novio Antonio. Explica con mucha gracia y no le da nada de vergüenza reconocerlo: “Es que atropellamos la ley”.

Aún era casi una niña. Dicen que se la podía ver por las tardes sentada en el rebate de su puerta, disimulando con el vestido la tripita que iba creciendo. Dolores Guerrero, Dolorsita o Dori, como la llamaba su madrina -de quien hablamos más adelante- pasó esos nueve meses sin salir de casa, lavando y planchando uniformes, la ropa de los soldados que venían del frente, eran tiempos de guerra, “¡y no traían piojos, pobreticos míos!”. A cambio les entregaban a diario un canasto de comida. Sólo al cabo del día se asomaba un rato a la puerta y pensaba en Antonio, invisible porque sus padres se habían opuesto a la boda y lo separaron de ella, alejándolo hasta Peñarroya.

Es aquí donde empieza a intervenir en su vida decisivamente su madrina, Mercedes Nieto, sevillana guapa y de mucho genio, que intercede entre las dos familias y consigue concertar el enlace, vestida la novia con un traje sencillo pero con hermoso velo. Y sin luna de miel, una nueva separación: él se marcha “a la guerra de Alemania” , como dice ella, a la División Azul durante dieciocho meses.

No obstante, ni la distancia, ni los peligros que afronta él, ni las acusaciones que sufre ella (la familia política la acusaba de andar con otro para conseguir el dinero que Antonio le enviaba) pueden quebrar el reciente matrimonio; y aunque por unas y otras causas tardarán dos años en dormir juntos en la misma cama.

De vuelta en el pueblo, con lo que le habían contado, Antonio desconfiaba: “¡Cómo lo pondrían -cuenta Dolores- que se lo pensó cinco días antes de venir a verme”. Y aún pasará algún tiempo antes de que se presente en su casa con la maleta. Este es el diálogo:

ANTONIO: “O yo o ella, dijo mi madre”.
DOLORES: “Y tú ¿qué le has dicho?
ANTONIO: “Pues tú, que eres mi mujer y eres más joven”.

Junto al hijo que ya tenían vendrían con los años de convivencia otros cinco. Convivencia que pasó por momentos muy tensos, resueltos de esta manera: “Antonio, sin faltarnos ni tú a mí, ni yo a ti... Y si tenemos que decirnos algo, que no se enteren los hijos”. Tres varones y tres hembras en tiempos difíciles. Antonio, cuyo oficio fue siempre panadero, tuvo que dejarlo porque el polvo de la harina le provocaba ataques de asma. Pasó por los albañiles antes de que, gracias a Manuel Pérez Carrascosa, consiguiera un puesto como policía municipal, donde ganaba tres duros. Dolores ganaba uno, cosiendo. De modo que no alcanzaba.

Manuel y Mercedes son para Dolores algo más que sus padrinos. Por ellos siente gratitud y cariño porque la sostuvieron cuando las dificultades se volvían insuperables. Hasta el extremo de criar a dos de sus hijos, Antonio y Loli, como propios.

Aún recuerda cuando Manuel Pérez Carrascosa, abogado de profesión y poeta sentimental de vocación, pasaba a ver a Mercedes y, buscando intimidad, le daban un real para que se fuera al cine. Y se ríe si se acuerda del instante en que lo vio con toga y birrete: “¡Ay, padrino, si parece que va vestido de mojiganga!”.

Dolores ha vivido en el Cerrillo, en la Calle el Sol, en las Casas de Uralita, en Juan Rejano -allí quedó viuda- y en Miragenil, que ya es rodar y conocer barrios de nuestro pueblo. En Miragenil vive ahora, en la Calle el Cristo, con su hija Carolina, y su yerno, y sus nietos.

Carolina: se llama así porque así se llamaba su bisabuela, que debió de ser una mujer de tanta personalidad que ha dado el apodo a toda la familia