martes, 30 de junio de 2009

Invernaderos pontanenses

Viviendo en El Ejido y siendo de Puente Genil (“uno es de donde hace el bachillerato”, dicen que dijo Max Aub), tenía que sentirme atraído por ese titular del diario ABC del lunes 22 de junio, que reúne mis dos pueblos en el mismo sintagma. El periódico se hace eco de la reciente muerte de Bernabé Aguilar Luque, ingeniero nacido en Puente Genil en 1927, al parecer inventor de la agricultura bajo plástico. Este es el texto de la noticia:

“Según explicó a ABC el responsable en Almería del Colegio Andaluz de Ingenieros Agrónomos, José Martín-Gil García, que conoció al cordobés desde que hace 31 años éste inició su carrera profesional allí, «su labor permitió que unas tierras que eran paupérrimas y apenas habitadas tengan hoy unas 25.000 hectáreas de invernaderos con una buena producción y una población creciente en Campo de Dalías, Campo de Níjar, El Ejido y Roquetas».

Sus primeros experimentos, junto a Leandro Pérez y Juan Cuadrado, datan de hacen 35 años tras observar algunos parrales que estaban protegidos del viento por setos de caña y medio cubiertos por plástico. «Bernabé aplicó ese sistema a unos pequeños invernaderos en Puebla de Vícar que parecían naves industriales en miniatura y que han estado en pie hasta hace unos tres o cuatro años». Posteriormente, añadió el sistema de «arenado» que se usaba en la costa granadina para que los resultados fueran mejores.

Al mismo tiempo, «repartió entre los colonos miles de millones de pesetas como ingeniero supervisor del Banco de Crédito Agrícola para transformar fincas y levantar invernaderos», abundó. Una labor que, aparte de la Encomienda de la Orden Civil del Mérito Agrícola de 1961 y ser Colegiado de Honor en Andalucía, apenas es reconocida.”

lunes, 29 de junio de 2009

Nos gusta el fútbol

En Historias de Londres cuenta Enric González que el origen del fútbol en la capital inglesa está ligado a los talleres. Obreros desplazados desde las ciudades del norte se asentaban durante años en la urbe industrial, compartían jornadas laborales de 12 horas de lunes a sábado y seguían juntos los domingos: descansaban jugando al fútbol.

Y así, por ejemplo, el equipo llamado Crystal Palace lo integraban, en su origen, los obreros que construyeron el Palacio de Cristal para la Exposición Universal de 1851, los jugadores del Arsenal, como su nombre indica, fabricaban piezas de fundición para el ejército y el West Ham era el equipo de los astilleros…

Me he acordado de eso al ver a los africanos del norte o del centro, o a los americanos del sur, jugar al fútbol los domingos por la mañana en el amplio y polvoriento descampado que hay junto a la piscina municipal de El Ejido. Como aquellos escoceses emigrados a Londres hace siglo y medio, los trabajadores de la agricultura intensiva o de la construcción en el poniente almeriense también se reúnen para descansar jugando juntos al fútbol. (Y para comer ceviche o cuscus, hacer sonar tambores gnaoua o bailar reggaeton.) Y me parece una pena que no se consoliden, profesionalmente, equipos que podrían llamarse Plastic Palace, Arenado o West Agro, por ejemplo.

domingo, 28 de junio de 2009

Borges, 2009

Desde los anaqueles de la biblioteca pública de Puente Genil los ojos ciegos de Borges miran. Se asoman al transitar cotidiano de lectores que van y vienen con un libro en el sobaco. Podemos suponerlo feliz en nuestra biblioteca, puesto que está entre libros y lectores, él que comparó el universo a una biblioteca infinita; y ahora que es incorpóreo –hace veintitrés años de su desaparición física-, ahora que está hecho tan sólo de memoria y de sueño, podrá filtrarse a su antojo entre las páginas impresas y entre los pensamientos de quienes vuelcan su cabeza en un libro con afán de entretenimiento e instrucción. Ahora, que la ceguera ya no es un obstáculo…

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me regaló a la vez los libros y la noche”

escribió, invidente, al comienzo de su Poema de los Dones.

A Borges le gustaban los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las rayas de las tigres, los laberintos, el sabor del café y la prosa de Stevenson. Y le disgustaban los espejos y el sexo, porque nos multiplican, según explicó muy serio. Sus ejercicios narrativos o lógicos, sus relatos policíacos o mitológicos, sus juegos de la imaginación amplían el mundo y ayudan a despabilar las neuronas. Para quien es lector habitual, la literatura de Borges es uno de esos placeres supremos, por la inteligencia de sus ficciones, el humor sutil, el ritmo de su prosa y esa sensación de escritor que encuentra siempre la palabra precisa y la más sugerente a la vez.

Se cumplirán este verano –exactamente el 24 de agosto- ciento diez años desde su nacimiento. Acordarnos de él tanto tiempo después es contravenir su deseo de no ser recordado. Pero estamos obligados a desobedecerle: Hay que leer a Borges. Partidario de la brevedad (“desvarío laborioso y empobrecedor … el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en unos pocos minutos”, escribió una vez), agradecerá que ponga este punto final.

sábado, 27 de junio de 2009

Sobaco ilustrado (Elegía de Chiqui)

La muerte de Chiqui me remueve las entrañas, donde quiera que estén ahí dentro. Por lo que tiene de injusta y de brutal. Desde que te lo cuentan no puedes dejar de imaginar el momento y da pavor… Desde luego no lo merecía. Y que haya sucedido, y que haya sucedido así, nos recuerda de nuevo lo frágil que es todo esto. Sus colegas más íntimos deben de estar desolados. Les mando un abrazo desde aquí.

Su estampa habitual era un caminar de paso corto y pausado, camisa a cuadros al viento y un libro –ensayo, preferentemente- o El País bajo el brazo. “Tendrás el sobaco ilustrado”, le dije una vez, recordando que el poeta Ricardo Molina solía llamar así a su amigo Juan Bernier por el mismo motivo. El caminar no era sin rumbo, solía ser hasta la esquina de la barra del bar adecuado, donde apostarse, con copa y cigarrillo, a mirar el ir y venir de parroquianos con los que tender puentes de conversación. Parecía cumplir el mandamiento de Vicente Núñez, otro de los poetas de Cántico, cuando decía que “lo más importante que tiene que hacer un hombre es encontrar su taberna, desde la que mirar el mundo”. Él la encontró en El Tuta de la Plaza Ochavada de Aguilar de la Frontera. Chiqui, históricamente, en El Pabli y después en El Antoñín (en medio, muchas otras), uno de cuyos asientos de la barra bien podría llevar su nombre. Era un buen tipo, un tipo noble, yo diría que en los dos sentidos de esa palabra: fondo bondadoso y pose aristocrática. Un tipo al que eso que solemos llamar “circunstancias de la vida” obligaron a llevar un modo de vida ciertamente alternativo: recursos al límite y la cultura como alimento principal, en tres de sus formas: lectura, reflexión y conversación. Ese era su plan de vida, y me doy cuenta de que la palabra vida acaba de aparecer muchas veces en este párrafo… Quiero pensar que Chiqui, capaz de reflexionarlo todo, también fue capaz de racionalizar el momento final, el traslado a la otra orilla del Río de Oro… aunque lo más probable es el horror.

También conocí puntualmente al otro. Una vez me mostró su curriculum. Un curriculum en el que, a partir de este momento, sólo figura un mérito: haber matado a un hombre.