jueves, 19 de marzo de 2009

La escuela, ensayo general

“Ir a la escuela es más importante que lo que te enseñan en la escuela. Más que templo del saber, la escuela es lugar de convivencia.”

“La escuela es un ensayo general de la vida social, por eso han de estar mezclados gente de distinto sexo, raza y clase social.”

“Sólo nos enseñan a vivir los otros, las personas, no las máquinas… como el amor, la educación se desenvuelve mejor cuerpo a cuerpo.”

“La escuela enseña a crecer, a salir de la infancia.”

“El profesor debe tener una autoridad reconocida, no puede ser un monigote o un colega de los alumnos… ni un criado de los padres.”

“Autoridad, del verbo latino “augeo”, lo que ayuda a hacer crecer.”

“Educar es preferir… frustrar algunas posibilidades del educado para optar por lo mejor.”

“Hay que incentivar el esfuerzo de los alumnos… y sobre todo convencerles de que estudiar es un esfuerzo, no un juego ni una diversión. Y de que es importante acostumbrarse a que no sólo jugar y divertirse está bien, también esforzarse.”

“Todo el mundo se educa. El problema es que si a uno no lo educan los padres, si no lo educa la escuela, lo hará la calle, las bandas o los programas más repugnantes y violentos de la televisión.”

“La moral no sólo es un asunto familiar o individual, sino una preocupación social. Es importante que en la escuela pública se le ofrezcan al alumno alternativa a los valores y tradiciones que ha mamado en casa, para que sepa que el mundo moral no se acaba en la mesa camilla.”

“No hay mejor familia que la que enseña a sus hijos, no a pensar como ellos, sino a pensar por sí mismos.”

“La familia se basa en el afecto, la sociedad en el respeto… y de esto último se ocupa la escuela.”

“La buena educación cuesta mucho dinero al Estado, pero la mala educación le cuesta mucho más.”

“Nosotros somos los que tenemos que decir a los gobernantes que la educación nos interesa más que otras cosas.”

“Un problema ha sido, creo, que se ha escuchado demasiado a los teóricos y demasiado poco a los docentes.”

“Yo no soy un experto en educación… soy un experto en preocupar a la gente por la educación.”

Acaba de decir Fernando Savater en el Salón de Actos del Museo de Almería. Después de advertir que “los filósofos sólo dicen de forma más solemne, o hasta truculenta, cosas que ustedes ya saben”. Y después de mirar al techo formulándose preguntas y husmeando respuestas en el aire. Yo sólo añado las comillas.

lunes, 16 de marzo de 2009

Cinco años sin el halcón genovés


"Hace cien años, un oscuro antepasado mío llamado Sir Anthony Berjillow, relacionado con extraños experimentos en el campo de los viajes en el tiempo y el espacio, desapareció de su mansión londinense de Romeral Square sin que se volviera a saber nada de él. Corrían rumores de un extraño barco guardado en los sótanos de su casa. Cincuenta años después, en la playa galesa de Torremembriyow la marea arrojó a la orilla una botella conteniendo esta extraña fotografía. El misterio sigue sin resolverse."

Sir Anthony Berjillow podría haber protagonizado también Inopia. Hace cinco días se cumplieron cinco años de la desaparición del halcón genovés. Quienes le conocimos seguimos esperando el mensaje en la botella. Esta web recuerda su paso por el mundo: http://www.berjillos.tk/

domingo, 15 de marzo de 2009

De cien a cero: desapariciones

El libro empieza acudiendo al diccionario para precisar su título. El significado propio de “inopia” dista de ser el más conocido, el de la popular expresión “estar en la inopia” (distraído, abstraído…). Inopia, según el DRAE, significa: “Indigencia, pobreza, escasez”.

Aclarado el concepto, Juan Manuel Gil titula con esos tres sinónimos los tres primeros fragmentos, que actúan a modo de pórtico simbólico de los relatos: el desierto “inabarcable y estéril”, el taller apolillado de un carpintero, el terremoto que todo lo hará desaparecer.

Desaparecer es el tema. La desaparición es el territorio literario más querido por Enrique Vila Matas, de ahí que escriba un prólogo en el que adopta voluntariamente la personalidad del bibliotecario de la novela.

La novela son, en realidad, relatos que avanzan (y retroceden en breves capítulos del cien al cero), entremezclando historias de desaparecidos voluntarios e involuntarios, reales y de ficción. (Al cabo, la novela también trata del “estar en la inopia”, perdido o desaparecido en uno mismo). He aquí algunos:

El poeta Héctor y su novia Lola, perdiéndose por y escapando de “las carreteras más desconcertantes de Europa”, las de Almería; Yassine leyendo en su Ford Escort y Carmela, febril; el metódico bibliotecario Mateo, desaparecido entre sueños con olor amoniacal; Teresa en la madrugada de un pasillo de supermercado; Mónica instantes antes de tomar un autobús; Tarik, hecho desaparecer…

…el inspector Naldini y la inspectora Carano en la habitación de hotel donde el ciclista Marco Pantani desapareció, “falto de ganas”; el escritor Michel Houllebecq, placenteramente desaparecido en una cala del Cabo de Gata, o la desaparición definitiva del poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini que, al cerrar sus ojos, cierra el libro.

Juan Manuel Gil: Inopia. Almería, El Gaviero Ediciones, 2008.

sábado, 14 de marzo de 2009

El viaje aromático


Huelo a té de menta, a bienvenida hospitalaria en el Edén (en el riad Edén: 25, Derb Jdid de la Medina de Marrakech). A aroma de chocolate en la habitación. Huelo a monóxido de carbono de tubo de escape de cientos de pequeñas motos circulando con los retrovisores recogidos por las callejuelas del zoco. Huelo a revuelo de gallinas enjauladas y listas para ser degolladas y desplumadas a elección del consumidor. Huelo a excremento de caballo (higiénicamente almacenado en bolsa de lona) amarrado a una calesa, huelo a burro empapado y exhausto. Huelo a azafrán, a cilantro, a clavo y comino, a laurel, a jenjibre, a matalahuga, a mostaza, a orégano, a pimienta, a romero, a sésamo y a tomillo en la Plaza de las Especias. Huelo a cuero de buey curtido con orines de perro. Huelo a almizcle, huelo a jazmín, huelo a ámbar. La indiferencia de un camaleón. El sosiego del artesano que recorta, moldea y cose un neumático hasta hacer de él un cesto o un portarretratos. Los dedos dinámicos de las tejedoras de alfombras. La guasa de los comerciantes. La amistosa vitalidad en las calles. La máxima protección policial. Huelo a calcetines sudados en cuartillos espesos de apacibles jugadores de cartas. Huelo a las siete verduras de un cuscús, a carne de pichón envuelta en hojaldre sobre la terraza de Le Foundouk. Huelo a naranjas en agua de azahar y canela. Huelo a brocheta de pollo y a berenjena abrasadas en los puestos de Djmaa El-Fna. La pobreza en la anciana que se come el pan que no acabo.

Huelo a aceites de argán, huelo a pétalos de rosa en Les Bains. Y a las botas mojadas de Rosa tras la tormenta.

(Y oigo los hipnóticos tambores gnaoua, y la conversación inescrutable de un anciano con una lechuza. Y oigo la salmodia del muecín de la Koutoubia, recordándome que, si amanece, es gracias a Dios.)