sábado, 31 de enero de 2009

Enjuto Mojamuto

Enjuto Mojamuto fue el encargado de inaugurar la pasada Campus Party valenciana: ocho mil jóvenes voluntariamente encerrados durante siete días en un pabellón con una computadora y un colchón. Era el tipo indicado. Enjuto pasa su vida en su habitación, cuya única ventana (permanentemente) abierta es la de la pantalla de su ordenador. Ventana desde la que se divisa el mundo entero, desde luego.

He aquí un día en la vida de Enjuto Mojamuto: “Hoy tengo que ver vídeos de caídas en el youtube, decirle gilipollas a uno en un foro, meterme a clicar en una página en la que me pagan por clicar, tengo que inventar rumores falsos y colocarlos en la red, hacerme unos pajotes y descargarme “Harry Potter y el cáliz de fuego”, “Apocalipto” y “Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario”. Lo detalla el propio Enjuto en el capítulo “Agenda apretada”. Qué planazo.

Enjuto es un dibujo (poco) animado de Joaquín Reyes, uno de los responsables de Muchachada nui, el programa de La2 que recogió el espíritu chanante. Los fans estamos de enhorabuena: se anuncia la tercera temporada.

Enjuto es un icono juvenil. Sus zapatillas junto a la cama y su póster de ET con Michael Jackson simbolizan la confortable comodidad de la casa familiar y la vida en una perpetua infancia. (Pero qué maldad que ese ExtraTerrestre recrecido se sitúe a la espalda del joven y todavía tostado Michael.)

Viendo a Enjuto me acordé de Gonzalo, aquel adolescente de Malas temporadas que decide no salir de su cuarto –hikikomori madrileño- y dedicarse a simular que es piloto, piloto virtual, y a simular todo lo demás… Aunque Gonzalo lo lleva con bastante conflicto y Enjuto, en cambio, está encantado de la vida.

Estoy seguro de que no es un modelo que deba ser imitado, que es más saludable arriesgarse a que te dé el viento en la cara, salir a la plaza, como escribió el poeta Vicente Aleixandre, donde “cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse”. Salir, aunque solo sea para no lamentar (como dijo otro poeta, Luis Rosales) haber vivido “con la vaga prudencia de un caballo de cartón en el baño”. Pero me parto con este Mojamuto, que no se moja nunca, siempre enjuto.

viernes, 30 de enero de 2009

Sensaciones metafóricas

Un hilo incandescente entre las sienes, la resaca.
Un hueco esférico en los huevos, la nostalgia.

miércoles, 28 de enero de 2009

Don Rejas

…sobre todo como director, durante dieciséis años, de la “Revista Mexicana de Cultura”, suplemento del más importante diario mexicano, El Nacional, que convirtió en una plataforma de jóvenes creadores, como atestigua, por ejemplo, Roberto Bolaño, al convertirlo en fugaz personaje de su novela Los detectives salvajes

…escribía yo seis entradas más abajo. Pues aquí está el fragmento:

“Una vez yo estaba en El Nacional, allá por el año 1975, y allí estaban Arturo Belano, Ulises Lima y Felipe Müller, esperando a que don Juan Rejano los atendiera. De pronto apareció una rubia bastante potable (soy un experto) y se saltó la cola de pinches poetas que se arracimaban como moscas en el cuartucho donde trabajaba don Juan Rejano. Nadie, por supuesto, protestó (pobres, pero caballeros, los bueyes), qué iban a protestar, una mierda, y va la rubia y se acerca al escritorio de don Juan y le entrega un bonche de cuartillas, unas traducciones, creí escuchar (tengo el oído fino), y don Juan, que Dios lo tenga en la Gloria, hombres como ése hay pocos, le sonríe de oreja a oreja y le dice qué tal Verónica (...), qué buenos vientos la traen por aquí, y la tal Verónica le da las traducciones y habla un ratito con el viejo, más bien Verónica habla y don Juan asiente, como hipnotizado, y luego la rubia coge su cheque, se lo guarda en la cartera, se da media vuelta y se pierde por el pinche pasillo cochambroso, y entonces, mientras los demás babeábamos, don Giovanni se quedó un rato como traspuesto, como pensativo, y Arturo Belano, que era una fiera de confianza y además era el que estaba más cerca de él va y le dice: ¿qué pasa, don Juan, qué se trae?, y don Rejas, como saliendo de un puto sueño o de una puta pesadilla lo mira y le dice: ¿sabes quién era esa chica?, se lo dijo mirándolo a los ojos y con acento español, mala señal, Rejano, como todos ustedes ignoran, además de tener malas pulgas hablaba generalmente con acento mexicano, pobre viejo, qué mala suerte tuvo al final, pero en fin, va y le dice ¿sabes, Arturo, quién es esa chica?, y Belano dice nelazo, aunque se nota que es simpática, ¿quién es? ¡La bisnieta de Trotski!, dice don Rejas, Verónica Volkow, la mera bisnieta de León Davidovitch, (...) y Rejano la vio salir y desaparecer por el Pasillo de la Cochambre y se sonrió como para sus adentros, (...) y yo creo que debió de pensar en la Guerra Civil española, en sus amigos muertos, en sus largos años de exilio, yo creo que debió de pensar incluso en su militancia en el Partido Comunista, aunque eso no casaba muy bien con la bisnieta de Trotski, pero don Rejas era así, básicamente un sentimental y una buena persona, y luego volvió al planeta Tierra, a la pinche redacción de la Revista Mexicana de Cultura, suplemento cultural de El Nacional, y los que se hacinaban en el cuarto mal ventilado y los que se marchitaban en el pasillo oscuro volvieron con él a la cabrona realidad y todos recibimos nuestros cheques. (...) Pensé en don Iván Rejánov y sentí que el pecho se me llenaba de tristeza. Pero también de alegría, carajo. Qué cosas más raras pasaban en El Nacional los días de cobro.”

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998

martes, 27 de enero de 2009

Cantar del vencido, XV

"Las sombras se hacen lúcidas
si nuestros labios sellan
su pacto codicioso.

Y renace en mi sangre
el fulgor
del abrazo primero.

Abrazo: única luz.

De nuestros cuerpos brota."

Juan Rejano, Cantar del vencido (en Alas de Tierra, UNAM, 1975)

lunes, 26 de enero de 2009

Cantar del vencido

En 1954 Juan Rejano no publicó un conjunto de poemas inspirados en la contemplación de la mujer a la que amaba, Luisa Carnés. Podemos aventurar el pudor como causa de que fuesen guardados en la carpeta de las tentativas, pendientes de una revisión que sucedió veintidós años después, en que se intercalaron en la antología final ‘Alas de Tierra’.

27 poemas que son un monólogo amoroso hacia una segunda persona dormida y contemplada casi geográficamente, “águila descendida de su altura a tu cuerpo”. Geografía carnal y sentimental. Poesía geográfica y erótica habitada por pájaros de miel, donde pequeños ríos azules riegan bíblicos huertos de jazmines, y diminutos mares de saladas estrellas albergan islas de calientes arenas y noches de hogueras inagotables.

Los ojos y las miradas, la boca, la voz y la risa, la lengua y los labios, el sabor de los besos, el cabello posado en los hombros, la espalda, los senos, la cintura, el sexo, los muslos y las rodillas, la piel, los brazos y los abrazos, si yaces y te yergues y caminas... a mi encuentro.

Manejar el mecanoscrito del Cantar del Vencido me proporcionó una triple sensación manual: un tercio de placer fetichista al sostener en las manos el original de un escritor admirado, un tercio de temor a que una torpeza de manos desintegrara el frágil documento, y un tercio de emocionante revelación, al conocer –de primera mano- el proceso de creación de un libro: las flechas que cambian de lugar un verso, las enmiendas, las xxxxx de la Remington que tachan una palabra inadecuada y la sustituyen por un sinónimo (o antónimo) más preciso o sugerente, las dudas pertinaces y los hallazgos repentinos, las correcciones manuscritas en la página anterior, y hasta el sentido de esas correcciones que pretenden, habitualmente, encontrar un tono poético común que convierta una veintena de poemas en poemario: eliminación de imperativos -impropios de quien está “vencido”-, de vocativos tiernos, tan frecuentes en ‘El Genil y los Olivos’, y de cualquier asomo de agresividad, supresión de casi todas las comparaciones, hacia la condensación expresiva... El orden definitivo de los poemas, el cambio de título:

Vencido estoy
por ti,
vencido
y canto
entre las dulces cadenas
que me oprimen.

Esos últimos versos del último poema –borrados de la versión definitiva- le sugieren instantáneamente que el Nuevo Cantar de los Cantares sea Cantar del Vencido: del hombre vulnerable, entregado, feliz en esta derrota.


El papel se ha vuelto amarillento, Juan, y tan poroso que parece arena prensada. (En la arena también escribiste los poemas conmovedores y perdurables de El jazmín y la llama.) Cada segundo de estos cincuenta y cinco años ha ido carcomiendo sus orillas y oxidando las anillas que hacen de este fajo de cuartillas, cuaderno. Diario íntimo y nocturno: noctario del insomnio y del deseo, que son términos intercambiables.

Ha perdido intensidad el trazo a lápiz de los manuscritos, pero no lo bastante para que sean ilegibles: tu caligrafía es menuda y nítida.

domingo, 25 de enero de 2009

Entre España y México

A bordo del Sinaia


“Qué hilo tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria;
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!”

Pedro Garfias, Sinaia, 13 de junio de 1939

sábado, 24 de enero de 2009

Argelés, Sinaia

Parece un tiempo tan lejano y, sin embargo, bastantes de nuestros contemporáneos estuvieron allí. Aún es posible escucharles contar a nuestros ancianos cómo excavar una trinchera, cargar a bayoneta calada o hacer estallar un explosivo al paso de un tren sobre un puente. Los silbidos de las balas rebotando en las esquinas, la búsqueda angustiosa de un familiar desaparecido en un paseo sembrado de cadáveres...

Durante los tres años de guerra el goteo de españoles que abandonaban el país en llamas fue constante. Describe Octavio Paz en noviembre de 1938 en la revista Hora de España su encuentro, en Lisboa, con “trescientos españoles, viejos todos, gente de campo. Habían escapado, puesto que rebasaban la edad militar, de la zona facciosa. Ningún testimonio más horrendo, que el de estos pobres viejos, que ya no querían de su suelo, de su patria, sino un pedazo de tierra. Y el hecho de huir de sus tumbas arroja fuego sobre la realidad espantosa del franquismo”.

Pero entre enero y julio de 1939 el éxodo fue masivo: se cifra en torno al medio millón el número de personas que cruzaron a Francia, arrastrándose por los Pirineos. Lo pinta la literatura: “Piernas inválidas, vendas cuajadas de sangre y suciedad, fisonomías que matizan la procesión de espectros...” (1) y lo muestra la pintura de Rodríguez Luna, así explicada por la literatura de Juan Rejano (2): “Tierra y cielo se enrojecen y como que se penetran entre sí para realzar más la soledad, la terrible soledad de unos hombres vencidos y en trágica dispersión... piedras desencajadas / del lejano solar de la inocencia, / rayos en su carrera cercenados / por la cólera helada de la traición en sórdido / racimo... muchedumbres de heridos y mutilados, de cabezas abatidas sobre el pecho y de miembros ateridos, que el pintor ha situado bajo unos cielos inmensos, desmesurados, casi aterradores, donde lo mismo puede estar cerca el alba que la noche...” y entonces puedo conocer -que no sentir, escribo cómodamente sentado frente al ordenador y una estufa caldea mis pies- el frío, el hambre, el dolor, el abatimiento y la desesperación.

“No vais a ninguna parte. / Ir al destierro es lo mismo / que construirse una muerte / y habitar después en ella / viéndolo todo sin ojos. / Viéndolo desde la orilla / de un mar sin orillas: seco.”, escribe Juan Rejano en un cuaderno de dibujos de Rodríguez Luna, que merece una pronta publicación completa. (3)

Campos de refugiados del sur de Francia: playas cercadas por alambradas, infectos barracones vigilados por soldados senegaleses y gendarmes, esporádicamente visitados por caballeros correctos y regordetes, de impecable chaqueta y gesticulación grandilocuente cuando formulan alguna promesa.

El escritor de Puente Genil Juan Rejano y el pintor de Montoro Antonio Rodríguez Luna comparten el campo de Argelés-sur-Mer con miles de hombres y adolescentes (mujeres y niños son recluidos aparte). Varados durante meses, la vida pasa pendiente de la hora de la comida, única, un caldo, agua con unos polvos, de la hora del Lector de periódicos (sólo franceses, salvo los de carácter obrero), al que se le pide que lea “primero lo de España”, rascándose -a toda hora- las ronchas provocadas por los piojos, en charlas que buscan recuperar la esperanza, en sesiones poéticas en las que se recita a Federico García Lorca, “víctima frágil, agitador póstumo”, haciendo recuento de los que se marchan: los que mueren, los más débiles; los militantes comunistas reclamados por la Unión Soviética; los que vuelven a España, donde tal vez dejaron mujer, hijos, tierra, a un país que ya les resulta extraño y hostil, afrontando los peligros de prisión, fusilamiento, servidumbre, afrontando el reproche interior de su propia claudicación... y los que acceden al generoso ofrecimiento de México. Sinaia es la primera de las grandes expediciones de exiliados españoles a México, el país que más se distinguió en su apoyo a la República, aún después de destruida, y sin duda el más hospitalario de los países de la emigración. El general Lázaro Cárdenas, su presidente, por medio de la Embajada en Francia y del S.E.R.E. (Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles), creado por el gobierno de Juan Negrín, negociaron con las autoridades francesas la salida paulatina de los campos de concentración.

Durante los dieciocho días que duró la travesía del Sinaia se publicó a bordo un diario mecanografiado y multiplicado a ciclostil, con la triple intención de levantar el ánimo, informar sobre las actividades que se organizarían en el barco, y empezar a conocer el país de destino. Es un testimonio de incalculable valor documental y sentimental (4), porque nos da cuenta de las circunstancias en que se produce ese viaje, de bastantes de los protagonistas de la travesía (viajan en el Sinaia novelistas como Manuel Andújar o Benjamín Jarnés, poetas como Pedro Garfias, periodistas como Antonio Zozaya o Juan Rejano, historiadores como Ramón Iglesias o Adolfo Sánchez Vázquez, dibujantes como Ramón Gaya o Germán Horacio, el fotógrafo Chim, la cantante lírica Amparo Aliaga y hasta la Agrupación Musical Española del Maestro Oropesa; pero no es una expedición de intelectuales y artistas, porque viajan también mineros, agricultores, ganaderos, albañiles, artesanos, empleados, comerciantes, médicos, abogados, maestros, ... trabajadores de casi todas las profesiones), y el diario es importante además porque nos muestra la rabia y la melancolía, la ilusión y la esperanza, sentimientos que se entremezclan y que se desprenden de estas páginas.

El último número de Sinaia (número 18, lunes 12 de junio de 1939) es un álbum de Homenaje a México, dirigido por Juan Rejano como anticipo de su gran labor editorial allí (recordemos las revistas: Romance, Ultramar, Litoral… y la dirección durante dieciséis años de la Revista Mexicana de Cultura); homenaje personificado en la representante a bordo del gobierno mexicano, Susana Gamboa, que incluye artículos sobre el presidente Cárdenas, sobre los campesinos y sobre los artistas de México, sobre su Escuela Popular, su Revolución, su Constitución... e incluye un poema de Pedro Garfias compuesto a petición de Rejano, de memoria, en una noche, al calor de una botella de ron isleño y unos cantes por martinetes. Poema que acabaría por convertirse en un himno del exilio español, recitado en ejidos, sindicatos, centros culturales, pueblos y ciudades... dejando una estela de fraternidad.


(1) Manuel Andújar, St. Cyprien, plage... campo de concentración, Dip. de Huelva, 1990 (1ª ed. México,1942). Pg. 20
(2) Juan Rejano, Antonio Rodríguez Luna, Dip. de Córdoba, 1984 (1ª ed. México, 1971). Pgs. 20-21
(3) Contamos sólo con un anticipo en la edición de Mariano Roldán: Juan Rejano, Siete poemas inéditos, Fernán Núñez, Jorge Huertas editor, 1989.
(4) Que es posible revisar en la reedición facsímil del Fondo de Cultura Económica, el Instituto Mexicano y la Universidad de Alcalá en la que también colabora la Delegación de Cultura de la Diputación de Córdoba: Sinaia. Diario de la primera expedición de republicanos españoles a México (1999).

viernes, 23 de enero de 2009

La tarde, XXVII

"Nos va inundando el pecho un lento río
de ternura y de paz cuando a la tarde
llegamos. Más humana la mirada es entonces
y aún más, aún más humanos, al tenderse, los brazos.
Pero las viejas furias que usurpan nuestra sangre
no mueren: enmascaran sus arrugas, y apenas
nos creen adormecidos, la tempestad convocan
y de nuevo con ellos nos arrastran. ¿Adónde,
adónde vamos?, claman los enmohecidos huesos.
Mas seguimos, seguimos, como otro tiempo dóciles,
tras la nube de fuego...
Volvemos derrotados,
amargo el corazón, rojas las sienes.
La tarde nos sonríe como a niños inquietos,
otra vez la ternura nos anega, y pensamos,
candor inagotable, que en la rueda del tiempo
aún están aguardándonos las horas más hermosas."

Juan Rejano, La tarde, 1975

jueves, 22 de enero de 2009

Rejano en Cátedra

Acaba de publicarse en Cátedra La tarde y otros poemas de Juan Rejano. Es una excelente noticia sobre la normalización de un escritor escasamente conocido en nuestro país; no así en México, donde transcurrió la mitad de su vida –forzado a dejar su país a la conclusión de la guerra civil- y donde ocupa un papel destacado en la vida cultural de la segunda mitad del siglo pasado, sobre todo como director, durante dieciséis años, de la “Revista Mexicana de Cultura”, suplemento del más importante diario mexicano, El Nacional, que convirtió en una plataforma de jóvenes creadores, como atestigua, por ejemplo, Roberto Bolaño, al convertirlo en fugaz personaje de su novela Los detectives salvajes.

Juan Rejano es coetáneo del 27, aunque su nombre no suele aparecer en la nómina habitual de escritores de esa generación, supongo que porque apenas publicó obra en España antes de exiliarse. No obstante es íntimo amigo de la sección malagueña del grupo: Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. También de Pedro Garfias. Y, ya en el exilio, de León Felipe, Moreno Villa, Cernuda, Max Aub, Francisco Ayala, Alberti, Buñuel... En el exilio publicó sus dieciséis libros de poemas, y sus tres ensayos: sobre García Lorca, sobre el pintor Rodríguez Luna y sobre la “esfinge mestiza”, una crónica de la naturaleza, vida y cultura mejicanas, escrita con mirada extrañada y cordial.

Su recuperación para la historia literaria española cobró fuerza a partir de la labor conjunta de Ayuntamiento de Puente Genil, su pueblo natal, y Diputación de Córdoba, a propósito del centenario de su nacimiento (2003): exposiciones, congresos, publicación de catálogos y de la poesía completa (en apabullante edición de Teresa Hernández, profesora de la Facultad de Filología de la UNED). Artículos y Ensayos de Juan Rejano, editados por el catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona Manuel Aznar, es el primer volumen de la Biblioteca del Exilio, publicada a medias por la editorial Renacimiento de Sevilla y la gallega Edicios do Castro (y que en 2008 ha alcanzado los 50 títulos).

Pero Rejano ya está en Cátedra, con el número 629 de su colección didáctica llamada Letras Hispánicas, la de las pastas negras, y es el síntoma definitivo de su recuperación.

La ilustración de la portada reproduce un paisaje escultórico de Alberto Sánchez, óleo con dedicatoria a Rejano como muestra de amistad; compañeros que fueron de aventuras artísticas e ideológicas.

La selección y el estudio preliminar (“Rejano en cuatro tiempos”) es de Teresa Hernández, la más ferviente lectora y documentada estudiosa de la obra del poeta de Puente Genil. A Teresa le ha llegado la noche prematuramente, mucho antes de haber comenzado siquiera a atardecer. Confío en que haya podido ver impreso este libro, recompensa al empeño de toda una vida. Y le mando un abrazo desde la tarde rejaniana. A la primera rejaniana.

miércoles, 21 de enero de 2009

The Pogues y Almería

Siempre me he preguntado qué pintaba Almería en una canción de Los Pogues que me gusta mucho. Debe de ser la canción más alegre del mundo, la más festiva, por eso se llama "Fiesta", así en castellano. Con un trompeteo impresionante, con un ritmo trepidante, de los de írsete los pies y bailar a empujones en una caseta de feria una noche de verano. Ahora he sabido cúal es la relación y aquí la cuento. De nada.

El pasado verano se cumplieron veinte años del rodaje en el desierto de Tabernas de Straight to hell, una película de Alex Cox, con Courtney Love, Joe Strummer, Dennis Hopper y Jim Jarmush, a la que ellos pusieron música y en la que interpretaban a los mexicanos hermanos McMahon.

Por lo visto se alojaron donde solían hacerlo las estrellas hollywoodyenses que, en los años 60 y 70 del pasado siglo, venían a rodar por estas tierras: en el Gran Hotel Almería, al final de la rambla, con vistas al puerto y al Cable Inglés, y quizá a la noria de la "Feria de la virgen del mar" que tiene lugar en la última semana de agosto.

Si hacemos caso de la canción, en Almería Los Pogues se lo pasaron en grande: distrutaron de la fiesta (pronúnciese una efe muy fricativa, es decir, como si fueran cuatro). Disfrutaron del todo de los días y las tardes y las noches de feria. La letra es un híbrido anglo-español y una broma sobre sí mismos: James Fearnly es el acordeonista, Cait O’Riordan, la bajista, casada entonces con Elvis Costello. La transcribo más abajo. Y el vídeoclip es un disparate visual donde se mezclan toros, sevillanas y mariachis, las polvorientas calles del infierno y el vino tinto de una alocada taberna, y la terraza de la Casa Batlló de Gaudí sobre fondo de fuegos de artificio, y las muñecas chochonas, las triunfadoras en las tómbolas de aquel verano.

Lyrics:

I am Francisco Vásquez García
I am welcome to Almería
We have sin gas and con leche
We have fiesta and feria
We have the song of the chochona
We have brandy and half corona
And Leonardo and his accordione
And calamari and macaroni.

Come all you rambling boys of pleasure

And ladies of easy leisure
We must say Adiós! until we see Almería once again.

There is a minstrel, there you see

And he stoppeth one in three
He whispers in this one’s ear
“Will you kindly kill that doll for me”
Now he has won chochona in the bingo
All the town has watched this crazy gringo
As he pulls off the doll’s head laughing
And ­miraldo! throws its body in the sea.

El vienticinco de agosto

Abrió sus ojos Jaime Fearnley
Pero el bebe cinquante Gin-campari
Y se tendió para cerrarlos
Y Costello el rey del America
Y suntuosa Cait O Riordan
Non rompere mes colliones
Los gritos fuera de las casas.

Come all you rambling boys of pleasure

And ladies of easy leisure
We must say Adiós! until we see Almería once again.

Y por si alguien no conoce la canción o el vídeo:

http://www.buscatube.net/play/youtube/fiesta/tag1/Vu_B5BCDJxs/the-pogues–fiesta/

martes, 20 de enero de 2009

De títeres y lechones


En Abizanda (Huesca) hay una Casa de los Títeres, hacia la que cada verano peregrinan titiriteros venidos de remotos lugares. Una tarde del pasado agosto (el 22 a las 19 horas, y después de tres llamados de campanilla) yo tuve la fortuna de asistir a un “Guiñol de París”, a cargo de la compañía mexicana Baúl Teatro. Un espectáculo tan sencillo como inteligente, tan divertido como conmovedor. El señor Guiñol y su hijo Guillermo cruzan el bosque para visitar al abuelo. Sordo y miedoso, Guiñol debe sufrir las bromas pesadas de su hijo, que solo recibe cariño de su maltrecho progenitor. Títeres de guante manejados con tres dedos, como nos explica César al terminar la función. Es sorprendente comprobar cómo se puede comunicar tanto suspense con tan poco: algo de tela, corcho y cartón. Una mínima coreografía. Y, claro, la voz.

La Casa de los Títeres, sostenida por los Titiriteros de Binéfar, alberga un museo de escenarios diminutos, con rudimentarios juegos de luz, maquetas, máscaras y marionetas. E invita a sus visitantes a tirar de hilos o a enfundarse las manos en estos guantes animados.

En la calle, entre tanto, Joan Rovira, maestro artesano del reciclaje, nos invita a jugar con sus “cacharros mágicos”, materiales de deshecho transformados en garabatos de ingenio.

En la Ribera Baja de Puente Genil recuperan juegos de la tradición: carreras de cintas, de sacos y cucañas. Y organizan una apasionante carrera de bicicletas lentas. Vence quien atraviesa el último la meta. Muy edificante.

Hay juegos y juegos. En Panticosa se esfuerzan en mantener vivo un deporte arrastrado desde la hambrienta posguerra. Pero la persecución de lechoncillo embadurnado de grasa ya no resulta estimulante ni para los jóvenes ni para los lechones (para los que nunca, supongo, lo fue). Niños alentados, jaleados, empujados, obligados por sus padres, persiguen con desgana a los guarrillos rociados de aceite Carbonell en un barrizal acotado. Niños reacios a mancharse de barro y pringue sus camisetas Tommy Hilfiger. Cerditos que chillan de agobio y vergüenza. El espectáculo era triste.

Es mejor la Play. Y es mejor el ping pong. Con mis sobrinos juego al ping pong. A la Play no, que me ganan.

lunes, 19 de enero de 2009

Nota escatológica (o Una huella en la mierda)

¿De qué se alimentan hoy los perros?

A juzgar por lo que excretan en las aceras de Puente Genil de cualquier cosa, de todo y en abundancia. A los adictos a la escatología, que incomprensiblemente no somos tantos, nos complace pasear por la calle Miguel Romero, no tanto por ser este el autor de una de las cumbres de la poesía escatológica española: "La Cagomanía", sino sobre todo porque sus aceras son pasto de cagomaniáticos perros. Concretamente el tramo junto a la valla verde del Parque de los Pinos, entre la todavía vigente casa cuartel benemérita y donde Florido, el de la funeraria, guarda el coche. (Por cierto, que el coche de Florido alude a otro tipo de escatología... doblemente definida en cualquier diccionario). Digo incomprensiblemente porque es esta una afición que estimula vivamente los sentidos, no sólo el del olfato, como la gente timorata suele pensar (aunque admito que ciertos olores pueden hacerte enloquecer), sino también vista y oído (colores fríos, crepitar reseco), tacto y gusto (texturas cremosas, sabores picantes). Sólo cuando alcanzamos a discernir matices de color, olor, textura y sabor, la afición se vuelve adicción; y el adicto es, entonces, un experto, un escatólogo.

Si uno observa, llama la atención que, en la mencionada acera, la gente no se saluda cuando se cruza por la calle, no por generalizada antipatía entre vecinos y paseantes, sino porque es poco conveniente levantar los ojos del suelo, no sea que se lleve uno una por delante. O a casa. Inadvertidamente adherida a la suela del zapato. Desagradable -e incluso insoportable- circunstancia para el común de los mortales, pero no para el escatólogo, quien disfrutaría con placer de la sorpresa, rastreando su gelatinosa y aromática presencia en el parqué y las alfombras...

Esa acera de la calle Miguel Romero, como venía diciendo, ofrece al viandante una admirable galería de cacas caninas. Veamos cuatro tipologías:

Las hay -las menos- pequeñas, redondas, compactas y negras como conguitos, como bolitas de cabra, ideales para el entrenamiento futbolístico urbano de nuestros pequeños.
Las hay expandidas -como explosionadas-, húmedas, humeantes, resbaladizas, de color ocre verdoso, que recuerdan las bostas de vaca asturiana, y que permiten suponer que un perro también puede ser un animal herbívoro.
Las hay negruzcas, estrechas y largas, y como enroscadas sobre sí mismas, como una cobra asomando de su cesta, como administradas con manga pastelera, para entendernos.
Y las hay -las más frecuentes- gruesas, rugosas, de un marrón luminoso, casi humanas, y que son las que más dan que pensar y preguntarse de nuevo: ¿de qué se alimentará el perro que expele este tronco? Sospecho que no de pitraco. Viniendo de fiestas como las recientes será de tartaletas de foie, cogollos con ventresca, solomillo al ajillo, cordero lechal y lechón al horno, biscuit helado, turrón del duro y del blando, cava y café. He dicho casi humana, pero quizá sobre el casi, porque este notable mojón más parece del dueño o dueña, aliviando excesos navideños, agachado o acuclillada en la acera, en equilibrio sostenido por la correa de su perro.

Y esto nos obliga a cambiar la pregunta: ¿de qué se alimentarán los dueños o dueñas de perros o perras que cagan cotidianamente, sistemáticamente, maniáticamente sobre la acera de la calle Miguel Romero? No de respeto al prójimo, desde luego. No de sentido cívico e higiénico, desde luego.

En la calle Miguel Romero a algún impertinente se le ha oído preguntar:
-¿Oiga, sabe usted que ahí, un poco más arriba, a nada, a cien metros... sí, pasa usted el parque infantil y la biblioteca... sí, la biblioteca... y a mano izquierda, detrás del teatro de los pinos, se encuentra usted un estupendo Parque Canino con moderno y ecológico sistema de absorción de bacterianas heces...?
-¿Un qué?
-No, que a su perro se le ha caído esto bajo mi zapato, y creo que debo devolvérselo... a su dueño.

lunes, 12 de enero de 2009

La cruz en la cuna

“Pastores de la laguna,
ponerse tos a llorar,
que el niño que está en la cuna
en una cruz morirá.”

Hemos cantado en las pasadas fiestas. Ele. Alegría. En villancicos como este apreciamos que el cristianismo propone una filosofía de vida bastante optimista.

Desde pequeño me han impresionado esas esculturillas de niño jesús que sostiene en su mano la cruz donde, según cuenta la tradición, unos treinta años más tarde será ejecutado. Y el pecho atravesado por puñales de plata de las vírgenes dolorosas.

Como símbolo era más agradable el pez de los primeros cristianos. Su sustitución por la cruz del martirio, elevando el sufrimiento al primer puesto en la escala de valores humanos es, junto con la culpa, lo más pernicioso de tal doctrina. La generosidad para con los demás equilibraría el otro platillo de la balanza.