miércoles, 9 de diciembre de 2009

La vida al final del mar

[sobre Al final del mar, de Gabriel Sofer. Córdoba, Ed. El olivo azul, 2009]

Este es un libro exigente. No es un libro para leer con un ojo puesto en el televisor o con un oído en la radio o con el fantasma de las navidades próximas sobrevolando el pensamiento. Exige tener disponibles ojos, oídos y pensamientos.

Este es un libro de relatos ambicioso. Ambiciona trascendencia: hacerse épico o simbólico… y homérico.

Las vidas son Odiseas, como la de Sarah que, tras una larga travesía de ideales o espejismos revolucionarios, busca junto a sus hijos la tierra prometida Al final del mar. Las biografías se construyen encajando las piezas más relevantes, no siempre heroicas, del puzzle vital (Hechos de un hombre). La vida son cuatro lecciones, la última de las cuales, la definitiva, apenas necesita más explicación que una lágrima recorriendo una mejilla (La última lección). Existe una dimensión mitológica en la vida urbana, sólo es necesario tener un abuelo culto y fantasioso que te la descubra (Una historia infantil). Vivir es soñar, como repiten los poetas desde hace siglos; pero el sueño se torna insoportable pesadilla si incluye el maullido frío y triste de un gato pardo de cola blanca (Silencio). Un olivo personifica la incertidumbre, la irrealidad de vivir (Quejas de un olivo). Los hábitos engendran carácter, como se explica más tarde, pero las rutinas que te consolidan, te alejan de la realidad (Ricardo Fabra). La vida nunca se hace tan presente, nunca se siente tan real, como Cuando un bebé llora y sigue llorando. Vivir es convivir sin que las palabras estorben (Historia de un naufragio). Vivir es convivir con la ira al despertar (Los despertares del padre Nolan). Vivir es confrontar con la superstición (Los cuerpos del tiempo). Vivir es viajar a bordo de La Esperanza, un navío cuyo capitán es, literalmente, una rata. Hay momentos cruciales en la vida en que, para sobrevivir, hay que quemar las naves… y todo lo demás (El incendio de Homero, El demonio de la Grandeza Española)…

Este es un libro sobre vivir, pero no siempre vital. Sus relatos dibujan trayectorias individuales que, a menudo, soportan el peso de la Historia. A veces se disfrazan de memorias, de diarios, de informes o redacciones escolares. A veces concurren en ellos elementos inesperados, más o menos sutiles: la maldición del prepucio creciente en Una cena de Pascua.

Si el inquisidor Guevara me obligara a elegir sólo uno de estos veinte relatos (amenazando con castrarme con unas tenazas ordinarias), confesaría que el mejor es El limpiabotas, plasmación narrativa de un concepto ético y psicológico formulado así: “los actos engendran hábitos, los hábitos engendran carácter”. Ese principio define las trayectorias vitales, opuestas y complementarias como el poder y la sumisión, del alumno Sánchez y el alumno Montes. Relato desasosegante -pero nada misterioso-, y de una contundencia extrema.

domingo, 25 de octubre de 2009

Los ángeles espantados por los helicópteros

Los helicópteros de la policía sobrevolando el ayuntamiento de El Ejido… “Una carta del cielo bajó un ángel”, dice el poema de Alberti. Pero el martes pasado lo que bajó, en helicóptero, del cielo fue una citación judicial y no la trajo un ángel, sino funcionarios del Juzgado de Instrucción número 2 de Almería, a instancias de la Fiscalía Anticorrupción… Furgones policiales aparcados en la Plaza Mayor, controlando todas las entradas y salidas del ayuntamiento, de la empresa Elsur, situada a su lado, y de otras doce empresas anexas… Procesión de policías judiciales requisando AZs, PCs y pen drives… Juan Enciso durmió anoche en El Acebuche, la prisión provincial.

Me pregunto si es que no hay ningún control, si es que nadie fiscaliza las cuentas de los ayuntamientos, si nada se hubiera movido de no existir esa denuncia anónima, luego asumida por Izquierda Unida... De ser cierto lo publicado -todavía hay que hablar de presunción-, desde hace más de seis años el, a la vez, presidente del ayuntamiento y de la empresa, en compañía de otros, malversó –forma elegante y técnica de decir robó- 150 millones de euros (es decir: 24 mil millones de pesetas) de dinero público y, como se pregunta el periodista de RNE Toni Garrido en su blog: “¿cómo tiene que ser el presupuesto de El Ejido para que puedan desviarse 150 millones de euros sin que se activen todas las alarmas?”.

Políticamente, la coherencia está del lado de Izquierda Unida, que ni siquiera tiene representación en la casa consistorial. El PSOE ha jugado el antiguo juego de las conveniencias, mirando demasiado para otro lado; para el PP fue uno de los suyos... Creo que en Izquierda Unida pueden sentirse satisfechos, me consta que no están felices –les duele su pueblo-, pero sí deben estar satisfechos porque frente a una opinión pública manifiestamente en contra –que los identifica con los otros- vienen haciendo su trabajo, hacen lo que democráticamente hay que hacer, a pesar de esas campañas que caricaturizan o ningunean a sus dirigentes, algunas de una mezquindad insoportable: todavía recuerdo que ante las últimas elecciones municipales, un diario local publicó una serie de semblanzas de candidatos, y que cuando le llegó el turno a la candidata de Izquierda Unida sustituyeron su foto por otra de una concejala popular de Lepe semidesnuda. Con el comentario –de una bajeza considerable- de que nadie les iba a reprochar el cambio…

Todavía recuerdo que cuando el cineasta Manuel Martín Cuenca, natural de El Ejido, respondiendo a preguntas de una entrevista escolar, se permitió opinar libremente, criticando modos y actitudes del alcalde… ese mismo periódico local, convertido de nuevo para la ocasión en órgano de expresión del partido gobernante, cargó en portada contra él y contra los que desprestigian a nuestro pueblo, con un titular intoxicador que confundía interesadamente "hombre" y "pueblo".

Juan Enciso es visto, mayoritariamente, como uno de los nuestros: un agricultor que, trasladado a la política municipal, a fuerza de trabajo y desvelos, ha conseguido situarnos a la cabeza de Europa en renta per cápita. Un modelo de alcalde patriarcal, de los que consigue que mucha gente -con derecho a voto- se sienta defendida bajo su abrazo protector. Si un político alcanza ese grado de identificación con su pueblo tiene el cielo electoral ganado. Todavía hoy es posible escuchar: pues, yo lo seguiría votando…

Y, sin embargo, la gente no se ha echado a la calle, gritando por la libertad de su alcalde. No ha habido encendidas reacciones en su defensa. Sólo conversaciones de tono bajo. Hay quien no sale de su asombro: cuesta creer que este hombre en quien tanto hemos confiado, nos haya traicionado... Hay quien afirma que se veía venir, pero qué increíble que hayamos llegado a verlo… Hay quien opina que por qué le tocará al nuestro y no al del pueblo vecino… Y predomina una desazón generalizada: otra vez El Ejido ofreciendo ante el mundo una pésima imagen.

Ojalá esto fuera terapéutico. La imagen sólo mejorará si nos paramos a pensar que, además de trabajar, también hay que trabajar honestamente por la convivencia.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, III

Dentro del pecho se abren
corredores anchos, largos
que sorben todos los mares.

Vidrieras,
que alumbran todas las calles.
Miradores,
que acercan todas las torres.
Ciudades deshabitadas
se pueblan, de pronto. Trenes
descarrilados, unidos
marchan.

Naufragios antiguos flotan.
La luz moja el pie en el agua.

¡Campanas!

Gira más de prisa el aire.

El mundo, con ser el mundo,
en la mano de una niña
cabe.

¡Campanas!

Una carta del cielo bajó un ángel.

("El ángel bueno". Sobre los ángeles. Rafael Alberti. España, 1929)

martes, 20 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, II

El día que llovieron cangrejos llovió también un señor muy viejo con unas alas enormes. “La luz moja el pie en el agua”. A pesar de los malos augurios de las comadres vecinas, para Elisenda y Pelayo es una bendición, “una carta del cielo bajó un ángel”: no sólo su hijo se cura de las fiebres al instante, sino que exhibir un ángel en el corral de las gallinas les permite salir de penurias a 25 centavos la entrada.

El ángel tendrá que enfrentar al cura, que pierde la razón intentando averiguar: si es hermafrodita, si habla arameo antiguo, si no será Satanás, si no será un noruego con alas.

El ángel tendrá que sufrir la multitud de peregrinos, “ciudades deshabitadas se pueblan de pronto”, que acuden a la corte de los milagros. Como una anciana ciega que canta con voz chillona y cascada y maltrata una guitarra. El ángel cambia su voz rota por una voz de tenor, la dona e móbile. Canta hasta que se estrella con una puerta.

El ángel tendrá que competir con la noria, el tiovivo… y la spiderwoman. Tendrá que soportar que chicos y mayores le arrojen miserias, le quemen las alas.

Seis años después la casa de Pelayo y Elisenda ha crecido y hermoseado. El ángel recompone sus alas con plumas de cisne o de oca, y tras varios costalazos, “gira más deprisa el aire”, vuela. El niño, feliz, flota.

(Un señor muy viejo con unas alas enormes. Fernando Birri / Gabriel García Márquez. Cuba, 1988)

lunes, 19 de octubre de 2009

Sobre los ángeles, I

Recuerdo que mi lectura del libro en que Rafael Alberti se sintió huesped de las nieblas coincidió en el tiempo con la contemplación de dos películas, de filmografías muy distintas. Comprendí entonces que, a veces, las relaciones entre literatura y cine se definen gracias a estrictas razones de casualidad:

Los ángeles sobrevuelan el cielo de Berlín y otean el ajetreo de hormigas que se afanan. Atraviesan puertas y paredes, caminan corredores invisibles del espacio, observan con asombro, con ternura, con horror, posan una mano insensible en un hombro y soplan un oído.

Al caer la tarde se sientan a conversar sobre la Puerta de Brandenburgo. Cassiel y Raphaela son ángeles hermanos y se cuentan sus cosas. El tiempo debe de pasar tan deprisa ahí abajo… cómo será ser humano… Los ángeles no pueden o al menos no deben intervenir, pero cuando la niña cae desde el balcón y Cassiel, aunque se tape los ojos y los oídos, no puede dejar de verla caer ni de oírla gritar… Ahora la niña reposa en sus brazos en cuna. ¿No quieres bajarme ya? Las cosas se han vuelto de colores. “Gira más deprisa el aire”. Comienza entonces el aprendizaje de este hombre recién nacido. Serán sus maestros: un pizzero italiano, una niña acróbata, un anciano judío, un traficante de armas y de películas porno, un ángel perverso, una canción de Lou Reed y el teniente Colombo.

“El mundo con ser el mundo en la mano de una niña cabe”.

Cassiel aspira a ser bueno. Su muerte está escrita en su frente. Su muerte permitirá a la niña volar.

(Tan lejos, tan cerca. Wim Wenders. Alemania, 1994)

sábado, 17 de octubre de 2009

Hacer sábado

Zafarrancho de limpieza. A veces hay que hacerlo, ya saben: retirar los muebles para barrer esa arenillla acumulada en sus bajos y esa inquieta pelusilla que aspira a crear organismos pluricelulares, aspirar los sofás (siempre se encuentra algún resto de galleta maría o patata cordobilla y 10 céntimos), descolgar las cortinas (ganchito a ganchito) y pasarlas por la lavadora, limpiar cristales con las páginas sepia del periódico mojadas en cristasol (para que entre algo más de luz ahora que va viniendo el invierno), darle la vuelta al colchón y apalearlo un poco, desempolvar las lámparas, desengrasar la campana extractora, vaciar los estantes de la cocina (siempre se cae alguna lenteja, algunos granillos de sal…), desinfectar a conciencia el baño, etc. etc. etc., una tarea homérica que nuestras madres han hecho siempre con una naturalidad admirable, impagable (¿cómo que impagable?, venga ese sueldo…). En mi tierra las madres a eso lo llamaban: “hacer sábado”.

Haciendo sábado, cuánto acompaña el rock animoso y vibrante de la Creedence Clearwater Revival, mejor en su versión country o rhythm and blues que en la sinfónica. (Es cierto, Alfonso, en Spotify está toda la música.) Desde Spotify suena la Creedence durante todo este sábado amoniacal: la fregona recorre el suelo con más energía si regresan los viejos campos de algodón, el plumero se mueve con más alegría tarareando Susy Q, la lavadora acompasa sus giros rolling on the river

La tarde se nubla a medida que la casa reluce y, cuando acabamos, la Creedence canta acerca de la lluvia que comienza a caer sobre este soleado sábado (…y sobre mis cristales):

“I want to know
have you ever seen the rain
coming down on a sunny day…”

viernes, 16 de octubre de 2009

Mensaje póstumo de La Bola Perdida

Cuando leáis estas líneas yaceré destripada en un contenedor. No todo el mundo estuvo dispuesto a contribuir a mi salvación… al fin y al cabo solo soy una pobre bola insignificante… y mi raptor no consideró suficiente el dinero reunido. Sé quién es el culpable de mi muerte. Es M… Poco importa ya que lo haga público. Y sé también quiénes son corresponsables, los poco generosos...

¡No quiero morir!... ¡Una bola tan joven, con tantas vueltas por delante!... La vida es injusta… ¿Habrá un cielo alegre y luminoso para bolas?... ¿Será como un circo?... ¡El Circo del Sol!

jueves, 15 de octubre de 2009

Cama de cartón


Esta es una foto paradójica: lo normal es que una cama esté dentro de una casa y no fuera. He aquí una cama (de cartón) a las puertas del número 40 de una calle de El Ejido (pero en cualquier ciudad podríamos hacer una foto como esta). La casa está vacía (habitada por pelusas, penumbra y silencio). El resto del edificio también. Ignoro si alguna vez estuvo habitado. Los carteles de Se Vende cuelgan de casi todas las ventanas. Algunos, arrancados por el viento, cuelgan descolgados, demediados, mohosos…

Esta es la foto de una paradoja, o mejor, de una injusticia: casas vacías y gente durmiendo en la calle. Yo entendería que el ocupante de esta cama, una noche de lluvia, le diera una patada a la puerta para ponerse a cubierto. Yo entendería esa okupación.

martes, 13 de octubre de 2009

Nuevo mensaje de La Bola Perdida

Mi liberación está mucho más cerca después de que quince jóvenes y dos adultos hayan depositado 85 céntimos en la bolsa para mi rescate. Diecisiete personas generosas y solidarias. De verdad: GRACIAS.

Pero aún no es suficiente. Sería necesario que más compañeros y compañeras se animaran a colaborar... en las próximas 48 horas: el plazo ampliado finaliza el 15 de octubre a las 11’45 horas. A no ser que mi secuestrador (o secuestradora, ya dije que llevaba pasamontañas y no habló), avergonzado (o avergonzada), se decidiera a soltarme sin rescate, acusado (o acusada) por su propia conciencia... Si así fuera, bastaría con que me devolviera, sana y salva, al pupitre del que nunca debí ser arrancada contra mi voluntad. Por favor, por favor...

jueves, 8 de octubre de 2009

El traje

Sí, es cierto, el hábito no hace al monje. Pero en el mundo de las apariencias quizá un traje nos permita ganar respetabilidad. En la Sevilla desconchada, en la trasera de los callejones con olor a restos de fritura y a orín, donde la Giralda no se sospecha histórico alminar, concurrida torre, ni tan siquiera hito urbano, bulle una vida en el límite de gentes que trapichean su supervivencia.

Pan con Queso (que, sin embargo, sólo come fabada Litoral) y Patricio (al que apurando la broma podríamos llamar Pan Tostao) comparten decentemente las estancias de un palacio ruinoso, frente a un lujoso hotel, unidos por un dinero que ya no existe, y componen una atípica pareja de desconfiados cómplices. Par de timadores de solera cinematográfica que recuerdan –al menos a mí ahora- al insólito dúo protagonista de ‘Luna de Papel’: la huerfanita de nueve años, fumadora y malhablada, y el charlatán de irresistible sonrisa que recorre Kansas vendiendo biblias de lujo a viudas recientes.

Vuelvo a ver casualmente ‘El traje’, segundo largometraje del tándem Alberto Rodríguez–Santi Amodeo (director y guionista), que ya habían hecho juntos que se sepa: ‘El factor Pilgrim’ (un cuento en la Ciudad Pollo, Londres), y ‘Bancos’, cortometraje en blanco y negro sobre robos virtuales; y que después se separarían para contar cada cual su propias historias y ofrecernos películas tan singulares como ‘Astronautas’ (Santi) y ‘Siete vírgenes’ (Alberto), películas comprometidas a la vez con la magia cotidiana y con el testimonio social. Que digan ellos cuatro cosas sobre las medidas de este Traje:

“Lo primero que distingue a un africano de un europeo es su visión de la vida, es diez veces más fresca, está preparado para todo. La cultura envejecida de Europa, que hace que nuestros pensamientos pesen como losas, no posee esa cualidad, y no hablo de ignorancia, hablo de filosofía de vida.”

“La cuestión era convertir a Patricio en un personaje sin ataduras, una persona que no figura legalmente, no existe, no tiene derechos, no tiene nada salvo una mentira en forma de traje elegante que es lo único que le queda.”

“Nos pareció bien unirlo a un tipo que viva de la mentira, pero que tampoco constase en ningún registro, que no existiera, como dos tipos sin remite, buscándose la vida en una ciudad que les es totalmente ajena.”

“El hecho de ser negro e ir bien vestido te confiere una cualidad superior, te hace intocable. ¿Cómo ha llegado ese negro a tener un traje de esa calidad? Debe ser rico, jugador de baloncesto o turista. Yo no soy nada de eso, pero ¿voy a sacarlos de la mentira? No.”

Porque es desolador comprobar –como hace María, tercer vértice de la historia, guapa vendedora de electrodomésticos- que, efectivamente, importa más el traje que la sonrisa.

Y persiste insistente una imagen en la retina: un león de ferocidad inmóvil, carcomido de polillas, absurdo en la extraña sabana de una escombrera en las afueras de una ciudad jungla.

martes, 6 de octubre de 2009

El caso de la bola perdida

Asfixiada en el interior de una mochila, una bola de malabar decidió salir a respirar. Se inventó unos codos con los que abrirse paso –a codazos, claro- entre la flauta, la calculadora y un bocadillo de salchichón mezclado con ecuaciones, pretéritos pluscuamperfectos y aposiciones explicativas, que se habían caído de los libros de lengua y matemáticas. Comenzó a girar sobre sí misma, cada vez más rápido, cada vez más rápido y, orientándose por el haz de luz de la cremallera entreabierta, se elevó en el aire, dejándose lanzar de mano en mano hasta perderse de vista… y perderse la pista...

…hasta hoy en que ha aparecido, pegada con chicle en la puerta de Dirección, una hoja arrugada de libreta a cuadros con el siguiente texto manuscrito con letra pequeña y nerviosa:

“Vivo secuestrada en el interior de una mochila extraña. Oscura, herméticamente cerrada. Llevo cuatro días sin ver la luz del sol. Ya me va faltando el aire. No pude ver la cara de mis captores, pero hoy, 6 de octubre, me han pedido que escriba con mis manos inventadas, este mensaje: no me soltarán a menos que el grupo A de 2º de la ESO –ya que en su aula se produjo mi secuestro- pague un rescate que asciende a 150 céntimos de euro. Sólo dan siete días para reunir el dinero. El plazo concluye a las 11’45 horas del 13 de octubre. Sé que puedo contar con vosotros. Recordad los buenos momentos que os he hecho pasar danzando en el aire con mis dos compañeras. Sé que no me abandonaréis. Si no pagáis, amenazan con destriparme, sacando de mí los granos de arroz y la borra de lana que forma mi cuerpo. ¡Liberadme!”.

Con ese grito angustiado termina la nota. La clase de 2º A decide: o intentamos que aparezca sin rescate, o a cinco céntimos cada uno juntamos la suma exigida. He ahí el dilema.

lunes, 5 de octubre de 2009

Falandrasca y Fartusco (una historia de amor y habla pontana)

Hecho un mandria, cancaneando una siesta de aquí p’allá, por el calor o vaya usté a saber, empecé a carlear y a dar camballás, que parece que estuviera ajumao, hasta que me dio un soponcio, un sopitipando, vamos… me caí y me di un jardaso que casi me esnoclo contra los adoquines y me rompí una pierna con uno de los vallejitos de la acera. Una vecina (poyetona, greñúa y algo falandrasca, como pude comprobar después), sentada en el rebate de su casa, me levantó entre sus brazos, me cargó al cuadril y me tumbó en un catre, sin quitarle siquiera el tapaero. Me hizo comer sopaipas y ochíos a traganúos y beber uvitas de un pirriaque (que fabrica ella misma con alcohol y regaliz). “Del torosón no me libra nadie” -pensé con las tragantás y los retorsiones-, “no llegaré al pesebrón”. Me lavó el cuerpo con una ruilla. Y me volvió el jamacuco.

Cuando desperté –no sé cuántas horas después- la encontré vestida con un justillo y nada más. Casi me da un telele. Y casi me jiño de la jindama cuando me dijo: “Hazme madre”, entre pucheros y jipíos. A empellones que amenazaban espachurrarme, esmangarrillao, no pude negarme.

Hoy nuestro hijo acaba de nacer. Yo estoy algo más repuesto del jamacuco y la quebrasía, aunque una mijilla confuso y chambolcao. Cuando le he dicho alguna vez que hace meses que no piso la calle, siempre me responde, gachitas: “Pero, fartusquito mío, ¿qué buscas fuera que no tengas en casa?, ¿quién te va a cuidar como yo? Deja de rebinar.”

Tiene razón. Será el pirriaque mezclado con la costumbre. Ya no tengo ese mojarrillo. Cada día limpio el polvo con un vendero y algofifo. Cada semana lavo la ropa con azulillo y la tiendo en el patio con alfileres. Cada mes encalo las paredes, los tillos y las vigas. Ella hace los mandaos y teje cientos de calzapollos. Cada día comemos pringá y chanfaina, y un mollete a pellizcos. Los domingos jugamos a la regaña y a puchinelas, bailamos jeringosas (yo a la pata coja), mordemos cañadú y me canta coplas con unos jarpíos que me dejan temblando… Y juntos vemos relampaguses. Me cura las dolamas del cuerpo y del alma. Soy más feliz que enenantes.

(Epílogo del libro Palabras pontanas, de Felisa Agudo Gil)

domingo, 4 de octubre de 2009

Cazapalabras


Felisa tiene buena memoria. Se acuerda del momento en que le abrocharon unos zapatos rojos. A los dos años. Se acuerda de un canasto de ochíos colgado del techo durante el bautizo de Supermán. A los cuatro años. Se acuerda de que, con pocos años, veía desfilar a los romanos por la Cruz de San Juan y corría por la calle Guerrero para volver a verlos asomada al poyete de Los Frailes, justo en el lugar que aparece en la foto de portada de este libro, colección de palabras pontanas. Podemos imaginarla sentada ahí, a la altura de los plumeros, hoy blancos y mañana negros, escuchando sus festivas o fúnebres marchas. Y escuchando, después, las conversaciones de los mayores. Felisa tiene buen oído. Y tiene un cazapalabras.

El cazapalabras es un instrumento compuesto de una vara larga y flexible (antes hechas de junco, ahora fabricadas en fibra de carbono), terminada en un aro de unos 30 centímetros de diámetro que sujeta una tupida red de gasa de tergal. Aunque acabo de describirlo, no es fácil hacerlo: es invisible. Nuestra imagen mental más parecida sería la de un cazamariposas. Como las mariposas, las palabras también son seres vivos: respiran, crecen, se mezclan, engendran otras nuevas, viajan, maduran, envejecen, se extinguen. Como las mariposas, las palabras también se pueden inventariar.

Con el cazapalabras sale a la calle Felisa. Sale a las plazas y a las terrazas. A los mercados y mercadillos. A las fruterías y a las peluquerías. A las tertulias de biblioteca y a las charlas de café. A las verbenas de barrio y a las procesiones del Viernes Santo.

Felisa tiene un cazapalabras y tiene un estante de diccionarios: académicos, etimológicos, enciclopédicos, dialectológicos, de uso, de dichos populares y frases proverbiales. Tiene, por ejemplo, el Corominas y el María Moliner (ganados ambos con su talento en un concurso de relatos).

Felisa tiene un cazapalabras, un estante de diccionarios y un riguroso método: si escucha en cualquier esquina o rincón de Puente Genil una palabra peculiar, la utiliza ella misma en otro contexto, comprueba su eco y su significado de uso… y después, con ayuda de esos diccionarios, analiza su origen y evolución. Aventura su posible etimología, explica su significado propio y su significado pontano, la sitúa en una oración, en una frase hecha, en una anécdota o en un poema.

Las palabras traducen la realidad. Suman y olvidan significados. La mayoría de las aquí recogidas ya no se usan; de ahí el importante valor de este catálogo, que es reflejo de un lugar en una época. Algunas palabras desaparecen cuando desaparece el referente al que nombran: “dita” o “pesebrón” podrían servir de ejemplo. Están plenamente vigentes, sin embargo, las relacionadas con la Semana Santa de Puente Genil: “alpatana”, “cuartelera”, “uvita” o la propia “mananta”. O “rebate”, que del escalón ha pasado a denominar la túnica del que se sienta en él. Las tradiciones perpetúan su vocabulario específico.

Hay palabras que han hecho un largo viaje hasta nosotros desde nuestro Siglo de Oro, como “quebrasía”. Algunas a través de Hispanoamérica, como “ñáñaros”. Algunas son árabes: “morabito” o “algofifa”. Otras calés: “jindama”. Hay apócopes, como “chapú”, hay síncopas, como “caucar”, hay compuestos, como “andavé”. Hay etimologías populares, como la divertida “jeringosa”, una translocación de jerigonza. De “soponcio” se incluyen hasta seis sinónimos coloquiales… Mi favorita: “relampaguses”.

Y hasta aquí, porque esto es sólo una invitación a que lean, aprendan, se sorprendan y disfruten de estas ciento setenta Palabras pontanas que Felisa Agudo Gil lleva capturadas con su cazapalabras. Por el momento. El mariposario sigue creciendo.

(Prólogo del libro Palabras pontanas, de Felisa Agudo Gil)

viernes, 2 de octubre de 2009

LA POETISA: Conchi Arroyo Rivas

De su mano, bolígrafo y letra nos saluda Conchi con su esmerada caligrafía redonda, aprendida en la escuela de doña Etelvina González, hoy Colegio Pemán.

Aunque había nacido en la calle San Cristobal (el 3 de mayo de 1911), se fue muy pronto a vivir a la calle Fuensanta; y si es cierto, como dicen, que uno es del lugar donde jugaba en la infancia, entonces Conchi Arroyo Rivas es de ‘La Barrera’.

Los niños y las niñas del primer tercio del siglo XX, en Puente Genil, jugaban al teatro. (La televisión, las vídeo-consolas, las tortugas ninja... ni se sospechaban). En un patio, como el de la casa de Conchi, con escalones alrededor, o en un corralón, como el que tenía -inmenso- Manolo Quintero detrás de su estanco, ponían ‘verbena’: colgaban una manta y papelillos de colores como decorado y se hacían trajes de papel de seda para interpretar a cada uno de los personajes de estas comedias que normalmente eran en verso y normalmente graciosas y de amores. Niños y niñas de unos diez o doce años se aprendían de memoria largos parlamentos o se intercambiaban réplicas para entretener a un público, que era el vecindario, y que pagaba la butaca (o más bien silla de anea) a diez céntimos y un puesto en los escalones del gallinero a cinco céntimos. Conchi conserva esa memoria para recitarnos completa alguna de esas comedias, como el diálogo entre Juana y el perezoso Antón Galvana.

En la escuela de doña Etelvina había dos grupos: las mayores estaban con ella, y las más pequeñas con doña Josefa, “que era bizca y les tiraba del flequillo a las chiquillas con más mala leche que un grano seco, la tía”. Conchi era de las más listas y aplicadas de la clase, por eso antes de cumplir la edad para cambiar de grupo, doña Josefa la llevó ante la directora, que le hizo una prueba de lectura y pasó al curso superior: “era yo un gorgojo y ya estaba con las mayores”.

Doña Etelvina le tomó cariño desde ese mismo día. Y como Conchita iba a clase habiendo comido apenas una sopa de tomate o unas naranjas picás, pues doña Etelvina le guardaba comida en una cesta para que merendara. Ella salía al patio y, a través de una ventana, avisaba a su hermano Manolo, que estaba en la escuela de párvulos, para que saliera a merendar también. Estudió en la escuela hasta los trece años. Luego había que trabajar.

En aquel tiempo la tierra estaba repartida en inmensos dominios que eran propiedad de unos cuantos terratenientes con títulos nobiliarios. El padre de Conchi trabajaba todo el año en las diversas faenas del campo en la Finca del Duque de Tarifa y Denia, cerca de Castillo Anzur, cuyas posesiones se extendían más allá de las Mestas, aunque también el Coto de Doñana era suyo. Este duque “soltero y sordo” criaba en el cortijo caballos de raza. Y allí acudían de cacería aristócratas y políticos como el Conde de Romanones o el ministro Maura, que -recuerda Conchi- tenía una perra llamada Chocha a la que le faltó tiempo para plantarle las manazas en el pecho y el aliento en la garganta a un trabajador que se había quedado con una perdiz cazada por el ministro. “Si quieres una perdiz, pídela”, le regañó el duque. Cobradas las piezas venía el almuerzo de cazadores y secretarios, entre chanzas sobre la puntería de unos y de otros. Lo que sobraba se repartía más tarde. Cuenta Conchi que una tarde que pasaba cerca del lugar donde se asaban liebres y perdices, el duque la avisó para invitarla a comer con ellos. De modo que podemos afirmar sin mentir que Conchi Arroyo Rivas ha comido con Maura y con Romanones.

Guardas y guardiaciviles a caballo vigilaban el coto con tal celo que ni una bellota podía uno comerse, y eso que había una encina, a la que dieron por nombre ‘la colmena’, con las bellotas más dulces que imaginarse pueda... ni un espárrago si quiera. Por coger espárragos le pegó una paliza el cabo Maíllo a uno de Jauja, que luego volvió con sus hermanos para devolvérsela.

Además del cabo había cuatro guardiaciviles en el cuartelillo cercano. Y también había un ladronzuelo apodado Negro las ventas o Culo roto al que buscaban por todas partes (y con muchas más ganas tras el 'Movimiento'). Pues bien: Negro las ventas llegó a robar del mismísimo Cuartel de la Guardia Civil todos los gallos y gallinas, excepto una pareja que el cabo, echando humos, encontró con sendos carteles colgando del cuello. El de la gallina decía: ‘Desde las 3 estoy sola’, y el del gallo: ‘Yo no he visto nada’.

El padre de Conchi tenía arrendada una huerta en la que cultivaba melones o maíces. Y por las noches había que protegerla de quienes querían aprovecharse del trabajo ajeno. Algunas turnos de vigilancia les correspondían a Conchi y a su hermana Soledad, diez años mayor que ella, y Conchi se acuerda sobre todo de una de aquellas noches en la que sintieron un “pajeo” por el arroyo, y hacia allí se fueron, ella armada con una hoz y su hermana con una pistola que le había prestado su novio Enrique. Encontraron a dos hombres: “Que veníamos a cazar”, dijeron. “Sí -replicó Soledad-, a cazar lo que los demás sembramos y trabajamos con nuestro sudor”, y pistola en mano los hizo salir corriendo.

Además de Soledad, Conchi tuvo tres hermanos: uno al que no conoció porque apenas llegó a vivir; el segundo se ahogó en el río a los catorce años, como tantos otros niños para los que el río era entonces lugar de juegos y aventuras; y al tercero, maestro en Los Arenales, lo mataron nada más comenzar la guerra, como a tantos otros maestros con los que se cebó la represión franquista.

Es imposible no sentir cariño por esta mujer que te cuenta con toda la serenidad de la que es capaz que perdió demasiado pronto a los tres hombres que una mujer más puede querer: padre, hermano, marido. Con catorce años se le acercó un muchacho que vivía en la calle de las Fatigas: Nueve años duró el noviazgo, y sólo siete meses el matrimonio. Pasaron por su calle pegando tiros, sacaron a los hombres y se los llevaron hacia la tapia de esa venta que había camino del cementerio.

Y es imposible no sentir simpatía hacia esta mujer a la que le gusta sentarse cerca de la ventana y del teléfono, que recita con más arte que nadie ‘Laj fiejta e la Puente’ de Pérez Carrascosa, que conserva ese acento en ‘e’ tradicional de Puente Genil, que inventa poesías de cabeza, sin necesidad de escribirlas, y que te explica, mientras se sostiene con una muleta, que “yo era un relámpago”.

Fruto de su segundo matrimonio con un hombre, viudo como ella, y once años mayor, nació su única hija, a la que también llamó Conchi, y que ha heredado la afición por componer versos. Tal vez no estaría demás pedirle a la suerte que sea generosa -como hace ella en el poema que culmina esta semblanza- y atreverse a soñar con “una poquilla” para que la vida no nos trate con demasiada crueldad.

LA SUERTE

La suerte es caprichosa,
igual nos deja sus bienes
que se marcha presurosa
corriendo con sus vaivenes.

¡Ven! acompáñame, suerte,
que quiero vivir dichosa,
que me da miedo la muerte,
sé conmigo generosa.

Llévame tú de la mano
por caminos sin dolor,
no viva la vida en vano,
no sufra frío ni calor.

No me aceche la miseria
ni hambre, ni enfermedad,
ni la guerra, ni penuria,
ni la envidia, ni maldad.

Es una vida sencilla
que nadie pueda envidiar,
la suerte: una poquilla,
la que me atrevo a soñar.

(Conchi Morales Arroyo)

jueves, 1 de octubre de 2009

LA GUERRERA: Dolores Guerrero

“¿Tú nos quieres? Pues de la puerta pa’ dentro”, recuerda que le dijo su padre, un hombre tranquilo, cuando se enteró de que se había quedado embarazada de su novio Antonio. Explica con mucha gracia y no le da nada de vergüenza reconocerlo: “Es que atropellamos la ley”.

Aún era casi una niña. Dicen que se la podía ver por las tardes sentada en el rebate de su puerta, disimulando con el vestido la tripita que iba creciendo. Dolores Guerrero, Dolorsita o Dori, como la llamaba su madrina -de quien hablamos más adelante- pasó esos nueve meses sin salir de casa, lavando y planchando uniformes, la ropa de los soldados que venían del frente, eran tiempos de guerra, “¡y no traían piojos, pobreticos míos!”. A cambio les entregaban a diario un canasto de comida. Sólo al cabo del día se asomaba un rato a la puerta y pensaba en Antonio, invisible porque sus padres se habían opuesto a la boda y lo separaron de ella, alejándolo hasta Peñarroya.

Es aquí donde empieza a intervenir en su vida decisivamente su madrina, Mercedes Nieto, sevillana guapa y de mucho genio, que intercede entre las dos familias y consigue concertar el enlace, vestida la novia con un traje sencillo pero con hermoso velo. Y sin luna de miel, una nueva separación: él se marcha “a la guerra de Alemania” , como dice ella, a la División Azul durante dieciocho meses.

No obstante, ni la distancia, ni los peligros que afronta él, ni las acusaciones que sufre ella (la familia política la acusaba de andar con otro para conseguir el dinero que Antonio le enviaba) pueden quebrar el reciente matrimonio; y aunque por unas y otras causas tardarán dos años en dormir juntos en la misma cama.

De vuelta en el pueblo, con lo que le habían contado, Antonio desconfiaba: “¡Cómo lo pondrían -cuenta Dolores- que se lo pensó cinco días antes de venir a verme”. Y aún pasará algún tiempo antes de que se presente en su casa con la maleta. Este es el diálogo:

ANTONIO: “O yo o ella, dijo mi madre”.
DOLORES: “Y tú ¿qué le has dicho?
ANTONIO: “Pues tú, que eres mi mujer y eres más joven”.

Junto al hijo que ya tenían vendrían con los años de convivencia otros cinco. Convivencia que pasó por momentos muy tensos, resueltos de esta manera: “Antonio, sin faltarnos ni tú a mí, ni yo a ti... Y si tenemos que decirnos algo, que no se enteren los hijos”. Tres varones y tres hembras en tiempos difíciles. Antonio, cuyo oficio fue siempre panadero, tuvo que dejarlo porque el polvo de la harina le provocaba ataques de asma. Pasó por los albañiles antes de que, gracias a Manuel Pérez Carrascosa, consiguiera un puesto como policía municipal, donde ganaba tres duros. Dolores ganaba uno, cosiendo. De modo que no alcanzaba.

Manuel y Mercedes son para Dolores algo más que sus padrinos. Por ellos siente gratitud y cariño porque la sostuvieron cuando las dificultades se volvían insuperables. Hasta el extremo de criar a dos de sus hijos, Antonio y Loli, como propios.

Aún recuerda cuando Manuel Pérez Carrascosa, abogado de profesión y poeta sentimental de vocación, pasaba a ver a Mercedes y, buscando intimidad, le daban un real para que se fuera al cine. Y se ríe si se acuerda del instante en que lo vio con toga y birrete: “¡Ay, padrino, si parece que va vestido de mojiganga!”.

Dolores ha vivido en el Cerrillo, en la Calle el Sol, en las Casas de Uralita, en Juan Rejano -allí quedó viuda- y en Miragenil, que ya es rodar y conocer barrios de nuestro pueblo. En Miragenil vive ahora, en la Calle el Cristo, con su hija Carolina, y su yerno, y sus nietos.

Carolina: se llama así porque así se llamaba su bisabuela, que debió de ser una mujer de tanta personalidad que ha dado el apodo a toda la familia

miércoles, 30 de septiembre de 2009

LA ABUELA: Teresa Hurtado Muñoz

Teresa es su nombre, Hurtado y Muñoz su primer y segundo apellidos. “Pa servir a Dios y a usté”. Pero en el Hogar de Puente Genil todo el mundo la llama “abuela”. Por sus años y cariñosamente.

Se la ve siempre enlazada del brazo de su hija Carmen, que sólo suelta en el momento de saludar a algún conocido que se cruce en el camino, y el saludo lo hace siempre según esta fórmula invariable: primero ofrece su mano delgada y cálida, después un beso y luego otro en cada mejilla y, finalmente un comentario amistoso o gracioso- dicho con voz enérgica y algo cascada- que puede alegrarte el resto del día.

Le gusta charlar, preguntar, contar, cantar “y ladrar porque no es costumbre”, dice riéndose.

Nos reciben en la casa rematada con pirindolas doradas de la calle Desamparados, en que madre e hija conviven desde hace años, algunos antes de que Carmen eviudara; y les gusta bromear sobre qué habitación es la más limpia y ordenada y sobre quién es la jefa. No obstante, Teresa conserva, y se resiste a vender, su casa chiquita y blanqueada, cercana: le da tranquilidad saber que la tiene ahí. (Concluida la entrevista, habiéndonos ya despedido hasta el Carnaval, correrá 50 metros de calle para mostrárnosla, orgullosa). A Teresa hoy le duele la espalda y está algo quejosa, pero se esfuerza en ser amable anfitriona y atender nuestras preguntas -tal vez indiscretas- sobre su vida. En torno a la mesa-camilla y ante los retratos familiares, Teresa, acompañada por Carmen que le sirve de apuntadora, va dejando caer sobre nuestros oídos y sobre nuestra imaginación sus recuerdos, los buenos y los muy malos.

Los recuerdos de su pueblo de origen, Palenciana, y de su padre, que la quería para él, para que cuidara de él, por ser la hija más pequeña, y no veía con buenos ojos eso de que se hubiera echado un novio, con el que debía quedar a escondidas, ayudada en estos lances por una vecina cómplice. “Yo me hubiera escapado con él”, afirma.

Los recuerdos del marido, muerto en los primeros días de la guerra, uno más de esos terribles dramas privados que deja una contienda que desconoce hermanos, amigos, vecinos, incomprensible desde la distancia y la seguridad: Su marido, Cristobal, designado carcelero de unos cuantos prisioneros, no supo, no quiso o no pudo impedir su huida, y la fuga no atajada le costó la vida a manos de los suyos como castigo ejemplar. El recuerdo del marido prematuramente perdido provoca en Teresa unas lágrimas lloradas con calma y sin desesperación.

Los recuerdos de sus duros trabajos en los cortijos (la siega, la aceituna...) y fuera de ellos: por las sierras, la recogida del esparto para fabricar capachos. Por la comida y poco más. La primera vez que se acerca al puchero le preguntan: “¿Tienes cuchara?”. Y ella: “No, pero tengo esta cáscara de naranja”.

Los recuerdos del hambre. “He hecho de menos ser mujer mala para dar de comer a mis hijos”. Hasta pedir a los señoritos, hasta pasar una noche de cárcel por haber arrebatado, en un gesto de rabia, un trozo de pan al hijo del alcalde, con el que alimentar a sus dos pequeños, que se presentan, diminutos, descalzos, asustados, ante el Sr. Juez, solicitando que se la devuelvan. El juez los hace pasar a la cocina y en apurando los platos les anuncia: volved a casa, que ya está allí vuestra madre.

Y los recuerdos de su pueblo de adopción, Puente Genil. El Puente Genil de la Finca de Barahona a la que llegaron a trabajar al calor de Manolo Guillén; el Puente Genil de las riberas del Palomar, donde vivieron una temporada, vendiendo las papeletas de entrada al cine o al teatro, compañías que ocasionalmente recalaban en la aldea; el Puente Genil del creciente barrio de Santo Domingo, al que se trasladaron por temor a la amenaza, siempre presente, de la riada...

Y el Puente Genil más inmediato: su figura menuda y levemente encorvada, su contagioso sentido del ritmo que la lleva a bailar sin cansancio aparente, con pasos cortos pero gráciles, hacia la derecha y hacia la izquierda de la Matallana, en pleno desfile de Carnaval, disfrazada de “Miss Alegría” -no podía ser de otra manera- con su melena pelirroja y su diadema brillante de falsa pedrería y su blusa blanquísima y sus flores y sus serpentinas, junto a sus compañeras ‘Las Misses’ de la Comparsa’97 del Hogar del Pensionista... Juventud recuperada, a pesar de los achaques, bullanguera y vital. O, al fin, juventud.

martes, 29 de septiembre de 2009

EL CRONISTA: Francisco Luque Estrada

Dicen que los verdaderos escritores lo son desde la infancia, desde que aprenden a distinguir unas letras de otras y toman conciencia, casi inconscientemente, de que la escritura es el medio esencial para explicarse el mundo.

Francisco Luque Estrada, adolescente, robaba tiempo de su almuerzo en el trabajo (en una agencia de transportes de la estación) para escaparse hasta la máquina de escribir más cercana, la de la Fábrica del Carmen, y redactar notas y pequeños artículos sobre cuestiones locales, que enviaba a los periódicos de la comarca, y que le publicaban. Desde los dieciséis años colabora regularmente en el semanario ‘El Aviso’ (reedición de aquel que fundara Baldomero Giménez a comienzos de siglo) y en la revista ‘Industria y Comercio’ de Puente Genil.

Su paso por el ejército no fue brillante. Una muestra es que, nada más empezar, perdió el fusil en el tren a Villa del Río y tuvo que buscarlo a lo largo de la vía, armado con un farol frente a la noche oscura. Un sargento, entre enérgico y bondadoso, al que podemos inventar una cara con los rasgos del actor Manolo Morán, inflexible de corazón tierno, exclamará resignado: “que se venga ese inútil, que lo van a matar”. Empuñará mejor la pluma que el fusil.

De sus primeros textos hasta hoy hay más de cincuenta años de profesión periodística. En la prensa escrita, además de sus colaboraciones en diarios locales, firma artículos en Arriba y en Informaciones de Madrid, y en ABC de Sevilla, donde ejerce, desde los años 40, como corresponsal del diario en esta zona de la campiña cordobesa; semblanzas para la revista ‘Por qué’ de Barcelona: de Miguel Gant, de Rafael Romero de Torres, hijo de Julio, y también pintor considerable, o de los maestros rurales, itinerantes por aldeas y cortijos, auténtica escuela ambulante, cuya labor educativa en la postguerra de nuestro pueblo merece ser rescatada del olvido; noticias deportivas y entrevistas a Poli y a López Prieto para el diario As; crónicas de sucesos para la revista ‘Dígame’: un asesinato en Guadix, un parricidio en La Roda, o el brutal impacto de un carro y un automóvil en la carretera de Aguilar con trágico saldo de hombres y burros muertos. Etc. etc. Tan prolífica era su pluma que el diario ABC lo distinguió en varias ocasiones con el “Premio a la constancia” por la cantidad de información enviada.

En la radio: desde sus colaboraciones iniciales en Radio Antequera a sus programas cotidianos “La Puente al día” y “Los deportes en La Puente” a través de Radio Atalaya, emisora en Cabra de Radio Cadena Española (hoy integrada en R.N.E.); pasando por las conexiones en directo del frenético carrusel deportivo de los domingos con el Estadio Jesús Nazareno, cuando el Puente Genil militaba en la 2ª división del fúbol español, gracias a aquel histórico gol de El Chimeneas al equipo de La Línea, que también el locutor Luque Estrada cantó con euforia.

Y en televisión, Francisco Luque, periodista todoterreno, elaboraba con el cámara Francisco Muñoz Ligero reportajes para T.V.E. (sobre la riada del 63, sobre la Semana Santa...) de difusión nacional, hasta que todas las corresponsalías fueron centralizadas en las capitales de provincia.

Además, cubrió como corresponsal de la Agencia EFE un amplio territorio del centro geográfico de Andalucía, y recuerda que una de sus notas de prensa dio la vuelta al mundo: la sorprendente aparición de dos olivos en la torre de la Iglesia de la Concepción, crecidos de las aceitunas “plantadas” allí por los estorninos, según explicó el.

Por todo ello, y más allá de las condecoraciones que ya posee, Francisco Luque Estrada bien puede ser considerado ‘El Periodista de Puente Genil’.

“Aprovecha todos los elementos a su alcance para divulgar y enaltecer el prestigio de la Villa: por su admirable tesón el nombre de nuestro pueblo salta día tras día a los espacios por las antenas, y aparece impreso en columnas de periódicos a los que informa” escribe el juez Lorenzo Carmona Villafranca en el prólogo del libro Puente Genil bíblico de Francisco Luque Estrada, un libro en el que los niños del año 81 -en que se publicó- conocimos algunas de las fabulosas historias que la Biblia cuenta y que la Semana Santa de Puente Genil materializa en las calles: como la transformación de Sara, mujer de Lot, en estatua de sal, castigo por volver la mirada hacia la condenada Sodoma, desobedeciendo la orden divina. O como la historia de Tobías, cegado por el Señor -para probar su fe- con excrementos de golondrina y a quien le fue devuelta la vista, superada la prueba, frotándose los ojos con la hiel de un enorme pez.

Hermano de “Las Virtudes Morales”, Manantero Ejemplar en 1967 y Pregonero de la Semana Santa de Puente Genil en 1978, su labor de divulgación de la Mananta es importantísima, y fundamental su concurso en la creación y el sostenimiento de cofradías como “La Borriquita”, “La Amargura”, “El Resucitado” y “La Santa Cena”.

Siente Francisco Luque Estrada profundas convicciones religiosas y mananteras, apego a las tradiciones y rechazo de los modernos modelos de comportamiento importados que acaban con aquellas, y un “pontanesismo acendrado” (son palabras, de nuevo, de Lorenzo Carmona Villafranca) que puede llevarle a recelar de lo forastero; y se gasta, además, un sentido del humor jocoso y zumbón.

Junto a Puente Genil bíblico ha publicado Puente Genil, 82 años de Historia (habiendo sido nombrado ya Cronista Oficial de la Villa en 1986), un ambicioso proyecto que quiso continuar la formidable tarea de los historiadores del XIX, Pérez de Siles y Aguilar y Cano.

Y no deja de trabajar: guarda varios volúmenes listos para la imprenta -como una ‘Historia del deporte en Puente Genil’, como ‘Poetas y Artistas pontanos’-, a la espera de un mecenas institucional o privado que financie la edición. Y prepara con esmero la próxima Reunión de Cronistas Cordobeses -compañeros en el ejercicio de contar la pequeña historia de un pueblo- que se celebrará en Puente Genil la primavera que viene.

lunes, 28 de septiembre de 2009

EL COMBATIENTE: Manuel Barcos Deza

A Manuel Barcos Deza es habitual encontrarlo cada mañana en el rincón de la prensa, sentado en el sofá, buscando la mejor luz, leyendo los periódicos del día para conocer al detalle los senderos y los recodos de la política nacional.

Nacido y crecido entre las huertas de la Ribera Baja, esa afición a la lectura diaria procede de su infancia, en que tras doce o catorce horas de faena en el campo, aguardaba la llegada del cartero que le traía la prensa.

Sin haberse alejado apenas de las orillas del Genil es llamado a filas y se desplaza a Castellón de la Plana a cumplir el Servicio Militar (Batallón de Ametralladoras, Núm. 3). Es aquí donde la pequeña historia, la historia individual comienza a mezclarse con la Historia, la de los libros. Porque corre el año 35 y la ocupación italiana de Etiopía inquieta al Gobierno Español, que moviliza un contingente de soldados -entre ellos, Manuel- hasta las Islas Baleares, como medida de prevención.

Y ahí le sorprende el suceso histórico que marcará su vida (y la de todos los españoles) definitivamente: el levantamiento militar contra la República, la Guerra Civil española. Manuel, junto a sus compañeros, están construyendo en ese momento el aeropuerto de la ciudad de Mahón, en la isla de Menorca, que se conservará en manos republicanas prácticamente hasta el final de la guerra. A la conclusión, Manuel, que ostenta un cargo de responsabilidad política en su militancia en el Partido Comunista, salva la vida milagrosamente gracias a una mujer.

Manuel cuenta que alguien lo traicionó y que esa traición provocó su detención el día 8 de febrero de 1939 a las cuatro de la madrugada, el consejo de guerra posterior y la sentencia terrible: treinta años y un día de reclusión mayor. Cargo: adhesión a la rebelión. Pasó por encierros diversos hasta llegar a la ‘Modelo’ de Valencia. Prisiones habilitadas, improvisadas: una casa de campo, un túnel que fue polvorín, una cueva que fue hospital de sangre... y unos infectos barracones en la isla de Formentera donde se hacinan hombres, pulgas, piojos y chinches y donde el único alimento era un caldo, agua con unos polvos, al que llamaban sidi barrali (nombre de una posición militar de los aliados en África durante la II Guerra Mundial). “La injusticia aplicada a un preso político por haber perdido una lucha social en un régimen inquisitorial”.

Manuel cuenta que se encontró al delator en prisión pero que no sintió necesidad de cobrarse un desquite. En la cárcel recibe emotivas cartas de la chica que le ayudó (en realidad se salvaron mutuamente) y Manuel sólo contesta una vez para, con toda la dignidad de un hombre, pedirle que no le esperase, dada su inestable situación vital. “El destino no ha querido que tú seas para mí y yo para tí. Quiero que organices tu vida sin mí. No quiero ser un estorbo”. Otra mujer tendría la valentía y la constancia de estarle esperando nueve años: sería su esposa.

La condena fue reducida a veinte años y un día, y Manuel, valiéndose de la Redención de Penas por el Trabajo, acabó pasando entre rejas cinco años y treinta y un días eternos. El resto en libertad condicional, presentándose periódicamente en el Juzgado.

El retorno a la ribera del Genil fue discreto (sólo envió un telegrama a un amigo) y el reencuentro con el padre en medio de un olivar y con la madre, que se le cayó a los pies, lo describe con una emoción imposible de reproducir en el papel.

Luego, la vida dura de postguerra, el trabajo, el matrimonio, los hijos... hasta llegar a los nietos y biznietos de hoy. “Esta sociedad española ha atravesado un abismo en estos sesenta años”, afirma.

Con ganas de aprender, a la menor ocasión quiso conocer el extranjero y recorrió Portugal entero y el norte de Italia (Venecia, la Roma Imperial...) para darse una “ración de vista”.

Hoy contempla la vida desde la atalaya de sus 82 años intensamente vividos, con sus convicciones intactas, con la tranquilidad de saber que hizo siempre lo que tuvo que hacer, que nunca se vendió, ni habrá precio para venderse jamás.

A Manuel Barcos Deza es habitual encontrarlo cada tarde en el Hogar, en torno a una mesa y a unos cafés en tertulia con los amigos. Es inconfundible: el sombrero gris, la mirada azul, intensa, la voz profunda y los nudillos recios de asentar las frases más rotundas con un golpe seco en el tablero.

domingo, 27 de septiembre de 2009

LA MEMBRILLERA: María Gant Rejano

María Josefa Andrea Gant Rejano nació el día de San Andrés de 1909. Contar sus 87 años no es fácil porque “el cuento es larguillo”, dice.

Vivió en una casa de la Cuesta Romero hasta su matrimonio a los 24 años. Su infancia son recuerdos de los juegos con sus hermanos y primos en la casa grande de la abuela, en la calle Cosano. Su infancia son recuerdos de su padre sentado al piano. María procede de una familia de músicos valencianos llegados a Puente Genil hace varias generaciones. María es hija de Jesús Gant y de Basilia Rejano. Es sobrina de Miguel Gant, de quien toma el nombre la Coral Polifónica de Puente Genil. Su padre, sastre de profesión, pero apasionado de la música, fue organista de la Parroquia de la Purificación, director de la Banda Local y tan buen compositor como Miguel, “que se llevó toda la fama”. Recuerda María con espanto cuando le llevaron a su casa partituras de su padre y de su tío usadas para envolver pescado en el mercado. A María le gusta la música, pero bromea con que llueve cada vez que se decide a cantar.

De mocita, María pasea con sus amigas por la calle de la Plaza. En uno de esos paseos conoce a Manuel, a Manuel Graciano Carrillo, que la suele acompañar hasta la esquina de su calle.

“Niña, ¿eso qué es?, ¿un poquito de novio?” le preguntará su padre que los vigila desde un balcón. Y en seguida: “¿quién es? ¿en qué trabaja?”.

Manuel trabajaba en el bar de su padre, el popular ‘Café del Gafas’ justo al lado del Ayuntamiento. Sin embargo su oficio era ebanista y María nos enseña los muebles de su casa, la mesilla de noche que fue tallada por él en madera de haya y que guarda sus recuerdos y sus cartas.

María y Manuel se casaron el 15 de septiembre de 1934. Se fueron a convivir a la Cuestecilla de la Amargura durante un año. Y luego a la calle de los Postigos. A María el 1 de agosto del 36 la sorprende sola en casa. Se asusta con el estruendo de disparos y se atreve a correr, en cuclillas, arrimada a las paredes, entre “el chifleteo” de las balas, hasta la casa de sus suegros en la calle de la Plaza. Le da tiempo a ver los cuerpos muertos en el suelo del Paseo.

María es mujer trabajadora. Trabajando ha recorrido buena parte de España. En distintas épocas de su vida la podemos encontrar como costurera o como membrillera en su pueblo, sirviendo en una casa de la calle de Alcalá de Madrid, como cocinera en Barcelona y Bilbao, o encañando y recogiendo tomates en un pueblecito de Gran Canaria. En Barcelona quiso curarse la vista: una pita en un San Marcos le había cegado el ojo izquierdo. Pero la consulta de Barraquer costaba 5.000 pesetas y ella, de cocinera, ganaba 3.000 al mes.

Su marido, Manuel, tenía buena percha (nos enseña una fotografía en la que la pareja de novios vuelve de la feria, María con una muñeca en los brazos); pero estaba “malo de los nervios” y sufría violentos ataques. María y Manuel se veían obligados a vivir separados cuando él enfermaba. Interno, Manuel le escribía versos de loco amor y muy cuerdo ingenio:

“Yo te quiero con locura,
¿no ves que estoy en el manicomio?”

Cuenta María que Manuel se quejaba un poco de que ella no le expresara a menudo su cariño (“¿no estoy hablando contigo?, pues eso quiere decir que te quiero”, replicaba María). Manuel dejó escrito su sentimiento en un poema que María recita de memoria:

Le quieres hoy más que nunca,
mujer, y no se lo dices.
Todos lo sabemos, todos
menos él, el impasible.
El pesar trueca las rosas
de tu semblante en marfiles
y tu boca, heróicamente,
en vez de gemir, sonríe.
Boca bonita, orgullosa,
que por amor se hace humilde.
Boca fatal de sirena
que prefiere ser de esfinge.
¿Por qué, mujer, no le hablas?
¿Por qué, al fin, no se lo dices?
Rompe ese pudor cobarde
que a tu corazón oprime
y haz que el fuego que lo abrasa,
lo perfume y lo ilumine.
¿Le quieres como lo gritan
tus honrados ojos tristes?
Ojos mansos de cordera
que aguardan al matarife.
Bellos ojos españoles
de perdición y de crimen,
que en vez de matar, esperan
y antes que vencer, se rinden.

Enviudó hace 21 años y siempre ha pensado que Manuel es insustituible. María es hoy una mujer de genio vivo y alegre, fuerte e independiente. Habita una casa pequeña y oscura de Miragenil. Pudo vivir en la Residencia de Pensionistas de Estepona, pero echaba de menos sus ámbitos, su mesilla de noche de madera de haya...

Le gusta pasar de cuando en cuando por el Hogar a tomarse un zumo de melocotón y una tapa de anchoas, a saludar a su amigo Jesús Rodríguez y a leer el Córdoba con su lupa, mientras se airea el rostro, despejado y limpio, con un abanico repleto de animales animados tan famosos como Bambi.

María es dueña de su vida. Y es devota de San Antonio, que le ayuda a encontrar lo perdido...

sábado, 26 de septiembre de 2009

EL HORTELANO: Francisco Jurado Serrano


A sus ochenta y muchos años, Francisco Jurado Serrano se muestra sorprendido de haber aguantado hasta aquí, porque no fueron escasas las ocasiones en que pudo verse apeado del camino. la primera de ellas cuando la riada del 17 se llevó por delante la casa en que vivían en una huerta de El Palomar. Es el recuerdo de infancia que más grabado tiene: su hermana cargándolo sobre su espalda y sus hombros en medio del río desbordado. Hasta que las aguas volvieron a su cauce se alojaron en la Casa Familiar de la calle Cristo. Cuatro generaciones de “Jurados” ha contemplado esta casa de Miragenil.

Francisco Jurado Serrano es hortelano desde siempre, y desde los 15 años -repartido el trabajo entre los nueve hermanos- él se encarga, junto a otros menesteres, de caminar delante de una bestia con las angarillas llenas de frutas y hortalizas, escamucho de las huertas que él vocea por Miragenil y, cruzando el puente, por la Calle Luna, la Calle Santos, el Cerrillo de los Escalones, la Cuesta de las Fatigas, la de Tumbajarro... Pregonando y pregonando ganará clientes fijos, y uno muy especial, Isabel, que a los 13 años ya es toda una mujer. Francisco vive con el corazón acelerado el momento de acercarse hasta su reja. Su novia cose por las tardes en “Ca Otilia”, en la calle Madre de Dios y, a la salida, él la está esperando y la acompaña discretamente, despidiéndose a distancia, no vaya a ser que lo sepan en su casa. Sólo hasta tres días antes de marcharse al Servicio Militar no se presenta a sus padres.

La mili -en el año 32, en Madrid, en el Regimiento Saboya, Infantería, Número 6- le sirvió, sobre todo, para que lo movilizaran inmediatamente en agosto del 36 e inmediatamente lo mandaran a las trincheras por considerarlo ya formado y capacitado para la guerra. Y eso que él había sido niño que “le daba de lao a las peleas”. No es el único que cuenta eso de que “combatías en el bando que te tocaba, sin más”, y eso de los camiones cargados de muertos en Puente Genil.

A él le tocó hacer la guerra por los pueblos de Granada y de Jaén y no faltaron momentos en los que considerarse un superviviente, pero recuerda especialmente esta situación: El capitán Eleuterio Díaz Tendero se rebela contra una orden de su superior, el teniente coronel Joaquín Borbón y de la Concha, negándose a marchar hacia Sevilla hasta que, desde allí, no confirmen que se puede avanzar sin peligro. “Esa orden desobedecida nos salvó la vida, porque el puente de Dos Hermanas estaba preparado para saltar por los aires a nuestro paso”.

La miseria de la vida de postguerra obliga a fortalecerse, a endurecerse. Lo difícil es haberlo hecho, como él, sin perder humanidad. Tiene las arrugas curtidas de sudar bajo el sol andaluz y la boca pequeña de una vez que le dio un aire: “antes te daba un aire y parecía que te podías morir...”. Aunque no paró de trabajar en el campo, pasó tres años en un molino y seis años en una calera, “un trabajo durísimo porque la cal te quema la piel y el polvo que tragas se te queda en los pulmones para siempre”.

Francisco tiene tres hijos:

Le gusta venir al Hogar con su hijo Manuel, “niño de doble cariño”, como él lo llama. Manuel sufrió una meningitis que le afectó al cerebro. Manuel sólo tiene ojos para su padre y cuando está contento lo demuestra con una carcajada. Francisco asiste con él a cuantas charlas y tertulias se programan en el Centro. Le interesa escuchar hablar a los que dominan una materia o un oficio. Aprender.

Su hijo Antonio trabaja y vive desde hace años en Cambrils (Tarragona). Ha ido a visitarlo seis o siete veces. Le asombró descubrir las hermosas playas de la costa catalana. Allí, uno de sus nietos piensa abrir una taberna de aire andaluz.

Francisco vive con su hija Soledad en una de esas casas que se iban construyendo domingo a domingo durante años en lo que hoy es un barrio concurrido, de gente animosa y paciente, que se llama -no podía ser de otra manera- Santo Domingo. Fueron muy malos momentos cuando su yerno Rafael sufrió un accidente y su hija tenía que viajar al Hospital de Córdoba todos los días. Él se quedaba cuidando a sus nietos, a su hijo Manuel y a su esposa, imposibilitada en la cama. “Dios me dio fuerza para vivir”.

A pesar de las penas, Francisco lo tiene claro: “Hay que guardar la vida. La vida es muy bonita. Y el que la deja no vuelve más”.

viernes, 25 de septiembre de 2009

EL MANANTERO: Juan Ortega Melgar


EL VENTANILLO

Juan Ortega Melgar vive en el centro de la calle Aguilar. Justo donde las hileras de adoquines se curvan para adaptarse al trazado de arco de esta arteria fundamental de Puente Genil, que enlaza el pueblo de siempre y el centro de hoy.

El salón de su piso se ilumina y respira a través de un balcón acristalado y con visillos, uno de esos balcones típicos de las casas antiguas de Puente Genil, con ventanillos laterales que parecen pensados para contemplar con profundidad (y con íntima emoción), por ejemplo, cómo aparecen los penachos blancos en la Concepción y cómo se pierden por la Matallana. Los penachos blancos, naturalmente, sobre los cascos dorados de los 122 romanos que desfilan en la Semana Santa de Puente Genil. El ejemplo no es casual, porque hablar con Juan Ortega Melgar es hablar de la Mananta.

EL ALMACÉN DE LOS RECUERDOS

Tiene Juan Ortega Melgar 88 años y una memoria fresca y bien organizada. En un rincón de su casa se ha construído el almacén de los recuerdos: del suelo al techo se alza una estantería repleta de álbumes de tapas rojas que guardan fotografías, cartas, dibujos, recortes, estampas, revistas, dedicatorias y poemas manuscritos... imágenes, mensajes de toda una vida.

En el corazón de su memoria se encuentra Francisco Vilas, su maestro en las escuelas de los bajos del Hospital, que una mañana -Juan con 10 años- escribió a su padre para decirle que no tenía más que enseñarle.
Recuerda, después, su tiempo de aprendiz en la tienda de telas de Antonio Pérez, en la esquina de la Cuesta Borrego. Y aquel grito del pregonero: ¡El 108 a África! (Me enseña fotos del desierto). Su primer día de mili en Melilla es Viernes de Dolores y la diana del cuartel no suena como La Diana. En el año 32 está en Córdoba, socio en la tienda de tejidos de su hermano Luis, aunque añorando su pueblo, buscando Puente Genil en Córdoba.

“DETALLITOS”

A las puertas de la tienda reconoce y saluda a cada paisano que cruza. Es vecino de Ricardo Molina. Y en la Taberna del Gallo Juan y su hermano Luis se suelen ver con él, con Gonzalo Reina y con Luis Melgar. Ya se sabe que unos cuantos pontanos reunidos en seguida montan un cuartel, y Ricardo Molina dirá el primer brindis:

Cuartel de Semana Santa,
en ti nuestra copa alzamos,
por que en tu seno ferviente
la llama del entusiasmo
se engrandezca y multiplique
cada día y cada año.

Y la llama del entusiasmo se aviva con fuerza el día que el Fariseo, la Adúltera y la Samaritana entran en la Casa nº 1 de la Calle Mª Cristina; las tres Figuras Bíblicas pertenecientes a la Corporación “El Adulterio”, que habían sido vendidas a un grupo de Moriles y que Juan Ortega y compañía recuperana para la Semana Santa de Puente Genil, bajo el nombre de “Los Samaritanos”.

La Casa-Cuartel de “Los Samaritanos” es el recinto en el que los pontanos en Córdoba reviven su tradición. Y es lugar frecuentado por gentes diversas atraídas por la alegre conversación, el ambiente acogedor y el buen vino. Como el poeta Juan Bernier o como Mr. Walter Starkie, agregado cultural de la embajada inglesa.

Las paredes del Cuartel se decoran con motivos mantanteros: carteles, fotografías y unas viñetas dibujadas con trazo menudo y rápido, minucioso, por Juan Ortega Melgar, “Detallitos”.

VERACRUZ

En 1954 Juan vuelve a Puente Genil. Aprovecha la primera oportunidad que se le presenta: Antonio Pérez, hijo, le propone compartir gastos e ingresos en la tienda de la calle Aguilar.
Ya lo tenemos plantado con los brazos cruzados y el ceño fruncido ante la ermita semiderruida de la Veracruz, movilizando a éstos y aquéllos para evitar que la iglesia quede hecha cascotes, para impedir que en lugar de ermita hoy tuviéramos una peletería y un banco.

A veces un solo acto basta para justificar una vida. A Juan le debemos una iglesia, que es tanto como decir que le debemos una parte de nuestra cultura y nuestra historia.

Una Iglesia que acoge al Señor de la Columna, de cuya Cofradía fue Juan Hermano Mayor, a la Virgen de la Veracruz, a Jesús Preso y a la Virgen de la Esperanza, que viven su momento de esplendor la tarde del Jueves Santo. Y en un rincón discreto, a la izquierda, acoge además a un Cristo pequeño y moreno clavado a un madero, Cristo de la Sangre, hoy repuesto al culto pero que no hace tanto tiempo servía como tranca para sostener una puerta.

Por estos y otros detalles -como la Cofradía de la Santa Cena y la Virgen del Amor, como su generosidad- no extraña nada que haya quien le considere un Manantero Ejemplar.

PADRE E HIJO (Y NIETOS)

Juan Ortega Chacón nació en la madrugada del Sábado de Gloria al Domingo de Resurrección. Casi predestinado, pues. Su activa presencia en la Semana Santa de Puente Genil y su labor de pregonero constante de los valores que ésta representa, enorgullecen al padre, que recuerda que, cuando su hijo era apenas Juanito, su mujer -Francisca Chacón Crespo- se lo dejaba en los brazos para que lo durmiera tarareándole marchas procesionales. Que la tradición se prolongue llena de satisfacción al padre, y al abuelo, que este año reconoció la forma de andar de su nieta, vestida de nazarena...

Días después de perder de vista al Resucitado entre la multitud del Romeral, puedo imaginar a Juan Ortega Melgar sentado junto al ventanillo, dibujando o leyendo. Leyendo esta revista. Por eso puedo agradecerle directamente aquellas tres horas de fecunda conversación. Y el biterkas.

jueves, 24 de septiembre de 2009

EL ZAPATERO: Manuel Paniagua González


86. Este hombre que se ajusta una gorra a cuadros mientras se despide, de gafas plateadas y aparatillo tras la oreja, de andar pausado, amable, despierto y sereno, sonriente, se llama Manuel Paniagua González y tiene 86 años. Viene cada día al Hogar a leer la prensa, “pero la política me interesa poco”, a jugar a Ronda y Báciga, “a veces pierdes y a veces ganas, como en todo” y a contemplar en la televisión los documentales de la sobremesa: “no son bichos, sino animales de los que tenemos mucho que aprender.”

66. Este hombre es el mismo -con menos achaques entonces- que descubrimos en una fotografía tomada en Peñarroya hace veinte años: Hombres y mujeres con guitarras, laúdes y bandurrias. Amigos y compañeros de la “Estudiantina del Hogar del Pensionista de Puente Genil”.

“Una mañana, recién llegado al Hogar, me crucé con José Núñez, Zamarra y me dijo: ‘¿Tú qué haces aquí?’. ‘Más o menos lo mismo que tú’, le contesté. ‘Pues vente arriba, con nosotros, que estamos haciendo música”. Arriba era la actual Sala de Gimnasia, local donde ensayaban a diario, “y cuando se iba acercando el Carnaval pedíamos la llave y nos quedábamos hasta las once o las doce de la noche”.

Manuel explica la fotografía:
A su izquierda se sienta Francisco Estrada, promotor y Director del invento, el único que sabía música y del que todos aprendieron.
A su derecha, Pepi, una chica entusiasmada con la Rondalla hasta que se echó novio.
En el lado opuesto, con lograda simetría, hay otra Pepi, nuestra Pepi, vistiendo a la moda y sosteniendo con estilo un laúd.
“Manuel Fernández, el letrista del grupo, Palomero, Torres, Barahona, Lavado, Pedrosa, Navas... De los hombres sólo quedamos Antonio Albalá, que es el mejor guitarrista que he conocido, y yo. Los demás se han muerto”.

Recuerda con intensidad que iban a tocar por los pueblos y ciudades de Andalucía, siempre impecables en su presentación: traje negro, camisa blanca y tabarrito al cuello.
Y recuerda con emoción la reaparición del Concurso Local de Agrupaciones y Comparsas, año 1980, en el demolido Teatro Cabrera. Concurso que ganaron.

Diez años duró una ilusión compartida. Viéndolos en esa imagen detenida, casi podemos escuchar sus voces entonando una habanera.

46. Manuel es zapatero. Heredó el oficio de su padre, como éste lo había hecho de su abuelo. Comenzó de niño, cortando, y cuenta que aprendió a coser en una tarde: Llevaba años observando a su padre coser y un día quiso probar él. Cuando terminó, su padre le invitó a mejorar con un cerro de botas que había en un rincón.
Con la paciencia y la constancia del artesano fabrió pares y pares de indestructibles sandalias de suela de goma de avión.
La zapatería va siempre con él. A los 46 está viviendo con su familia en la sacristía del Dulce Nombre, hasta la Riada que anegó su casa, la Ermita y el Barrio Bajo entero. Se acomodaron, no sin problemas, en las dependencias de la Cruz Roja, organización humanitaria con la que Manuel colaboraba desde que, siendo adolescente, ingresó en la Sección Ciclista, y de la que llegaría a ser Jefe Local.
De la Cruz Roja a la Casa de Uralita, y de ahí a la calle Horno van sus herramientas. Hasta que se las llevó al Hogar, donde, durante algún tiempo, montó un cuartillo para continuar su oficio y su afición.

26. Manolo tenía 26 años en el 36, cuando aquella guerra. Apenas llevaba tres años liberado del Servicio Militar, cuando lo obligaron a cambiar la lezna por la bayoneta. (En el intervalo sintió el apremio y encontró la estabilidad para casarse con Manuela.)

Él inició la mili en Almería, pero lo trasladaron pronto a Manresa, en Barcelona, donde sus cualidades deportivas le suavizaron el Servicio: un coronel, que se percató de su buen toque de balón, lo reclamó para el equipo.

Aquello era un juego, comparado con lo que vino pocos años después: En Algeciras, miles de jóvenes movilizados y almacenados en inmensos barracones, durmiendo en catres de paja que amanecían esparcidos en varios metros: “a la paja se la llevaban los piojos”. Y luego: la Fuerza de Choque del 1º Batallón de Pavía barriendo la costa malagueña. “Lo más terrible, cargar a bayoneta calada”. De ahí a Peñarroya, a batir las sierras cuando se inmovilizó el frente y soldados de uno y otro bando se insultaban a gritos en el monte para acabar “jugando al fútbol con el enemigo”. Como si lo contara Gila.

86. “Hombres despedazados, historias horrorosas las que quieras”. Sesenta años después, Manuel, el zapatero, recuenta sus recuerdos de guerra y habla de sus amigos muertos con admirable serenidad. La de quien ha hecho balance y asume la vida que le tocó vivir.

Es padre de cuatro hijos: Pepe, Francisco, Jerónimo y Manuel, y abuelo de catorce nietos y cuatro bisnietos. Enviudó hace ya algunos años y ahora vive con su hijo Jerónimo. Se preocupa con insistencia por saber cómo escribiré cuánto cariño le tiene a su nuera Mari, que desde siempre lo trata “como si fuera su propio padre”.

Escrito está, Manuel. Espero haberlo hecho bien.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

EL BARQUERO: José Díaz Romero

Comprimir la vida de un hombre en un folio es tarea imposible y, probablemente, absurda. Conscientes de esa limitación lo que pretendemos con estas SEMBLANZAS es poner por escrito unos cuantos recuerdos y vivencias en la confianza de que resultará enriquecedor -o, al menos entretenido- para quien lea.

Nuestro protagonista de hoy es José Díaz Romero, al que todo el mundo, desde hace cincuenta años, llama El Barquero.

En este Centro de Mayores cada cual entretiene su tiempo, llena su ocio, con una o varias aficiones: juegos de mesa, manualidades, billar o petanca, gimnasia, lectura de prensa, televisión o tertulia y unas copitas de vino. La afición del Barquero es echar una mano. Día a día desde su jubilación hace ahora once años, acude a este Centro para colaborar haciendo algunos recados, ordenando unas sillas...

Como todos los hombres y mujeres de su generación, trabaja desde niño. Su familia no disfrutaba alegrías económicas y a los doce años ya ayuda a su padre en las faenas del campo y en la crianza de pavos. Su infancia confirma la sentencia “el hambre agudiza el ingenio”: una mañana se apodera del pavo más gordo y hermoso, se sube con él a un olivo y... lo deja caer desde allí. El pavo se asfixia con su propio peso y el diálogo con el padre merece ser reproducido:

- “¡Padre, que se ha muerto un pavo!”
- “¿Y eso cómo ha sío?”
- “Le habrá dao un aire. ¿Nos lo comemos?”

Cumple seis años de servicio militar en distintas ciudades de España, aunque hace la instrucción en Cerro Muriano y allí sigue dando muestras de imaginación para buscarse la vida: Encargado de alimentar a la caballería, distrae la mitad de la paja y la cebada y la vende de tapadillo. Encargado, asimismo, de recoger la leche a diario, a diario se bebe medio litro de la cántara.
Cuenta -y todavía le suda la frente al recordarlo- que un día se bebió varios litros de leche de cabra y sufrió “calenturas maltas”. Cuenta -y todavía le escuece la piel cuando se acuerda- que para aliviar el calor del verano, se dio un chapuzón en un estanque del que no podía salir, resbalaba. Cuando lo logró tenía la piel cuarteada por el salitre. Habla deprisa, atropellando las palabras, y se ríe.

Después de la mili comienza el trabajo que le dio el apodo: en la Huerta de la Barca es jardinero y barquero. Miles de veces ha cruzado hortelanos a duro el viaje de una a otra orilla del Genil y ha trasladado a esos ocasionales navegantes, los invitados a las bodas que se festejan en este, a la vez apacible y animado, rincón de Puente Genil. Para ello se puede elegir: bien la “barca de aire”, con capacidad para cuatro o cinco personas...

(y en este momento se acuerda del primer viaje que hizo en la barca aérea, que cruza a tres metros sobre el agua: “llevaba a dos gitanos y no encontraba el interruptor para detener el motor, así que estuvimos dando vueltas de una a otra orilla. Los gitanos decían:

- “Maestro, ¿esto cuándo se para?”
- “Tranquilos que esto tiene su tiempo”)

...o bien la Barca, propiamente dicha, en la que entran treinta o cuarenta personas y que permite sentirse -a poco que se libere el espíritu de aventura- como un conquistador del Amazonas.
Aquí sus anécdotas se multiplican, pero sólo tenemos espacio para dos: 1. Trabaja sobre el agua, pero no sabe nadar. Y sin saber nadar se ha caído más de una vez al río y ha salido a duras penas agarrándose a las maromas. 2. Hubo un tiempo en que un gracioso sin gracia se dedicaba, cada noche, a cortar las cuerdas y soltar la Barca; aunque puede presumir de que nunca la perdió, ni siquiera durante las impetuosas crecidas del Genil que anegaban el Barrio Bajo, oleadas provocadas por el deshielo masivo de Sierra Nevada, sin pantanos de por medio que las retuvieran.

Viudo de Carmen Arroyo Gutiérrez y padre de dos hijos, José y Encarna, de los que se siente muy orgulloso, ahora vive con su hija y le gusta pasar el día en Los Pinos. Al concluir la jornada cuida de que todas las luces queden apagadas y aún se dará una vuelta por los alrededores del edificio para comprobar que todo está cerrado y tranquilo y que el Hogar, tan lleno de vida durante el día, se echa a descansar. Sólo entonces se irá por fin a dormir y a soñar, quién sabe, con travesías por mares violentos.

- “Gracias y buenas noches, Barquero”.
- “Adiosadiosadiós”.

martes, 22 de septiembre de 2009

Dices tú de mili


Dices tú de mili, repetía un personaje de José Mota: un abuelo de bigote recortado, afinado y afilado rectángulo, cogiendo por sorpresa a cualquier hijo de vecino que, a traición, sin posible escapatoria, se veía asediado sin cuartel por una tras otra anécdota cuartelera.

Dices tú de mili. Pues yo cuando serví en el Hogar del Pensionista de Puente Genil, armado de bolígrafo y cuaderno, inventarié todos los libros de su biblioteca, y puse en marcha un servicio de consulta y préstamo y organicé una tertulia literaria semanal y recitales musico-poéticos de homenaje a Juan Rejano, a Ricardo Molina o a los poetas andaluces del 27… Solo no, claro… Todo ello en compañía de otros: de un comando integrado por esforzados combatientes por la cultura como Felisa Agudo, Antonio Balaguer, Vicente Cáceres, Mª Teresa López, Mª Valle Mata, Conchi Morales, Claudio Olmo, Pedro Quintero (Pekín), Asunción Romero, Luis Ruiz…

Dices tú de mili. Pues publicábamos una estupenda revista mensual, modesta e ilusionada, con vocación de medio informativo y de recinto creativo. Una revista surgida en la navidad del año 95 del pasado siglo gracias a la confluencia de voluntades diversas: la del entonces Director del Centro, el recordado Jesús Ángel Rodríguez, del comando cultural antes citado, de Antonio Berjillos (que se sumó aportando su fecunda imaginación en el diseño de portadas y su habilidad con el rotrin en esas ilustraciones preñadas de humor esparcidas por los siete primeros números…), y de dos voluntariosos objetores de conciencia, José Ángel Trujillo y un servidor. Dices tú de mili.

Una revista que tuvo al capitán Haddock –compañero de aventuras de Tintín- como valedor, y cuyo nombre, Además... –una invitación a continuar-, fue hallado precisamente –casualmente- de la ampliación de una de sus viñetas.

Además... literalmente se manufacturaba, se fabricaba artesanalmente con métodos preinformáticos. Valga este ejemplo: cierta fotocopiadora aún debe conservar restos de polen de las 64 margaritas recolectadas junto a la antigua fábrica de El Carmen y empleadas para confeccionar la portada del número 4, el de primavera, que se dedicó a aquellos que -como el propio Antonio Berjillos- pasan varios meses al año teniendo a mano la mascarilla y los antihistamínicos.

Dices tú de mili. La mía me dio la oportunidad de conocer a gente sencilla y extraordinaria, a gente experta, a gente sabia, curtida y dolorida, alegre y serena. Personas que habían atravesado el convulso siglo XX español con el aplomo de saber adaptarse a lo que viene... y sin rencor. A diez de ellos los entrevistamos en Además…, en una serie llamada SEMBLANZAS, que reproducimos, tal y como se publicaron entonces, con los dibujos de Berjillos, una al día, a partir de mañana, en la confianza de que pueden ser de interés para las lectoras y lectores de este blog, disperso y líquido. Testimonio de un viaje, voces de un tiempo. Bastantes de sus protagonistas han muerto ya. Sea en su homenaje y como agradecimiento.

“Viajeras son del destino, las voces de la conciencia…” (dejó escrito Pekín).

lunes, 21 de septiembre de 2009

Decálogo de la amistad transoceánica

(confeccionado a partir de mensajes nítidos de escritores mediterráneos, atlánticos y pacíficos)

1. Suscribirás la opinión de Alfredo Bryce Echenique, peruano de Lima: la palabra AMIGO es la más bella del idioma español

2. Y, por lo tanto, considerarás -igual que el madrileño Ramón Gómez de la Serna- que un puño cerrado es como un enemigo de la MANO.

3. Creerás que las estelas en el mar son el CAMINO que recorrerás en busca de tus semejantes, como quiso desde Sevilla y desde Soria, Antonio Machado.

4. Soñarás, con Jorge Luis Borges, argentino anglófilo de Buenos Aires, que de tus muchos días ninguno brillará como el día de MAÑANA.

5. Serás siempre partidario de los que NO TIENEN NADA y hasta la tranquilidad de la nada se les niega, como Federico García Lorca en Nueva York o en Granada.

6. Pero aprenderás que la esperanza es mentira si no hay un ESFUERZO cada día por un mañana nuevo, según cantó en catalán Lluis Llach.

7. Más que esperanza o fama, querrás ser un CRONOPIO de Julio Cortázar (argentino nacido casualmente en Bruselas), es decir: dibujarás una golondrina sobre la redonda pizarra de la tortuga admiradora de la velocidad.

8. Pensarás todos los días que todos somos de la MISMA RAZA, como dejó escrito Italo Calvino, italiano de La Habana.

9. Pelearás por que el mundo sea cada vez MÁS ANCHO, por que quepamos todos, y cada vez MENOS AJENO, por que nos pertenezca y le pertenezcamos, obedeciendo a Ciro Alegría, peruano del departamento de La Libertad.

10. Leerás en 'La Peste' de Albert Camus, francés de Argel, que: a pesar de todo hay en los seres HUMANOS más cosas dignas de admiración que de desprecio.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Fiz, IV (años más tarde)

“Años más tarde, Fiz vuelve a desnudarse de su última prenda en la misma estación de tren y, al instante, se sabe ridículo. No tanto por su pública desnudez como por la conciencia de inutilidad del gesto. La multitud lo acoge con total indiferencia y, ajena, arrastra sus maletas y sus vidas mientras pisotea las ropas esparcidas por el andén. De modo que, sonrojado y confuso, vuelve a vestirse empezando por la camisa y olvidando, tal vez deliberadamente, los calzoncillos, siempre incómodos.

Camina hacia casa despacio, aburriendo a las estrellas que están por desaparecer: La línea que separa la sensibilidad de la estupidez es muy estrecha –les dice-. Estar a uno u otro lado no siempre depende de uno mismo. No os lo vais a creer: soy invisible.

Ya en casa se sirve un trago con la sensación de estar cumpliendo un ritual, más bien sin ganas. (Todavía piensa que una cámara filma sus movimientos y que esa copa está escrita en un guión.) Y convencido de que ese amanecer ha estado próximo a la estupidez se arrellana en un sillón y…

(Un anciano de cabellos largos y grises y tosca barba, con un pie más corto, cojea, tararea una canción pasada de moda y barre unos calzoncillos.)

…y sonríe, porque nota cierto alivio en las pelotas.”

sábado, 19 de septiembre de 2009

Fiz, III (Zocodover)

Fiz, estudiante en Granada, no en Salamanca, pergeñó este homenaje a Espronceda. Con la esperanza de que alguna noche se le apareciera para pedirle cuentas…

“En una estrecha y solitaria calleja que conduce de Puerta del Sol al Zocodover resuena el caminar creando mil ecos. El cielo estaba sombrío, no vislumbraba una estrella, silbaba lúgubre el viento…

¿De dónde? ¿Quién? Voz de mujer como música celeste.

Febril, en mi habitación, a la luz de la débil y vacilante bujía, tracé en mi álbum, junto a una figura de mujer, la silueta de un hombre que había de llevar mi rostro. Perfilaba la sonrisa cuando… un crujido en el pecho y una asfixia… Me arrastré hasta la ventana, que se abrió con un quejido, y respiré ansiosamente. No vislumbraba una estrella.

Algo repuesto, asustado, metí la cara en el agua y me busqué en un espejo. No acerté a ver más que unos desdibujados rasgos.

Un golpe fugaz del viento entró apagando la vela y salió llevando consigo una lámina sin terminar. ¡Devuélvemela!, grité sin saber a quién, al silencio oscuro en que brillaba, pálido, cada vez más lejano, un dibujo inanimado.

Anduve frenético y sin rumbo por la noche nebulosa. Hasta encontrar ¿casualmente? una vieja casa, una reja de caprichosas formas y una pequeña ventana abierta tras la que se recortaba, luminoso, mi dibujo hecho mujer. Acércate, caminante. Obedecí alucinado. Me rozaron apenas sus labios y la reja me envolvió.

Hoy hace frío afuera. La ventana está cerrada y el fuego calienta dos almas. Media sonrisa confirma que soy feliz.

Por las estrechas y solitarias calles que conducen de Puerta del Sol al Zocodover vaga una sombra sin que sus pasos resuenen en la noche silenciosa. Vuela un papel blanco. Silba el viento.”

viernes, 18 de septiembre de 2009

Fiz, II (la sombra transparente)

El espectro Fiz, una tormentosa noche de invierno…

“Llueve con apariencia de maldición bíblica. Llueve como si no pensara dejar de hacerlo la noche en que vuelvo a casa, exhausto y solo, por las calles de nuestro pueblo que no son llanas ni rectas. Escalo Cuesta Romero, Aguilar, y me arrastro por Amargura, sorteando inútilmente la riada que se lleva papeles y plásticos, botellas vacías y un gato muerto. Llueve lluvia helada como recién derretida de un glaciar. Llueve con estruendo sobre las lunas de los coches aparcados en la Plaza del Calvario, que me acoge con un fragor formidable, pavoroso, que me atora los oídos y retiembla el cuerpo entero. No traigo, o he perdido, las llaves de mi casa, pero sí las del coche -esas cosas a mí me pasan-. Lo busco en la cuesta empedrada y resbaladiza. Pareció buena idea resguardarse allí hasta que escampe, pero no recuerdo dónde, Ford Ka violáceo y la noche oscura, la luna mira para otro lado... Por entre las gafas anegadas alcanzo a ver la luz del farol del pórtico que oscila, quejumbroso. Y debajo, a cubierto, mi coche que sonríe o amenaza. Y alguien o algo recostado sobre el techo, una silueta dibujada por el agua derramada, un ser invisible aunque intuíble, una sombra transparente que baja de un salto y chapotea -si tuviera rostro diría que parece contento y que tararea singing’n the rain- y me abre la puerta del conductor y me invita a subir. Sentado frente al volante recibo una nota húmeda y volátil, un mensaje que se deshace a medida que leo: “Se lo llevó la corriente”. Portazo y silencio instantáneo y sobrecogedor y, efectivamente, el coche se mueve, se desliza colina abajo, sorteando obstáculos, como si alguien condujera con pericia o con inconsciencia, slalon suicida, retoma Amargura y desciende Aguilar girando sobre sí mismo, neones y reflejos metálicos tras el cristal... Remansado el remolino ante la Veracruz, un niño nazareno, un exvoto sangrante, un rosario anudado a una pierna de vidrio danzan en torno. Y otra vez la torrentera -entre rayas y escualos de apariencia terrible, luz de acuario y silencio-, que se torna maremoto al precipitarse por Cuesta Baena, vértigo y sudor, y cascada luminosa que se despeña por la barandilla del puente… para descubrir que bajo el agua existe un mundo como otro cualquiera, con sus cabinas telefónicas y sus kioscos de prensa, eucaliptos, veladores y cerveza, policías con gafas espejo y gorras de plato abroncan a los peces que aparcan en la acera; cubierto de musgo, un busto de piedra de Manuel Reina. Arriba los patos se pasean por parejas -puedo ver sus patas- bajo el gris aguacero. Aquí abajo llueve lluvia helada, como recien derretida de un glaciar, de modo que repostaré gasolina y conduciré corriente arriba hasta Granada, donde tuve una novia y donde tal vez no llueva.”

jueves, 17 de septiembre de 2009

Fiz

Hace tiempo fui un espectro, un ánima en pena perdida en un bosque, como Fiz Cotovelo en la fraga de Cecebre, penando por haber incumplido la promesa de peregrinar a San Andrés de Teixido. Fiz encontró su destino escapando a Cuba en Santa Compaña. Yo también volteé el timón en buena compañía. Os presento a este otro Fiz, personaje patético, primero, y cínico, después. Y siempre ridículo:

“Tras desprenderse de su última prenda, desnudo ya, Fiz no espera a que salga su tren, porque sabe que acabará dejándolo en alguna estación, y se pone a caminar junto a los raíles, convencido de que su impresión de eternidad es falsa.

Camina. Sus pies, no habituados a andar descalzos, tintan de rojo intenso tierra y piedras. Camina. Hasta que descubre que ya los raíles no le acompañan y que arena ardiente le escuece las heridas. Entonces, en aquel paraje desértico se detiene, mira al cielo y grita hasta que se le quiebra la voz. Cae de rodillas –el grito aún resuena en el silencio- y en esa postrada actitud recuerda sus palabras momentos antes de desaparecer: He resuelto mis dudas, prefiero alejarte de mí.

Tras el grito se siente aliviado. Se pone de pie y se imagina personaje de película (de Pasolini, probablemente. O de Godard, quizá). Vuelve la cara y saluda a una supuesta cámara, a un ilusorio salón de butacas. La sensación de irrealidad, de ser ente de ficción, se hace total cuando se descubre caminando en el aire, vértigo y liberación, los dedos desprendiéndose de los últimos granos de arena, de las últimas gotas de sangre. Camina hacia lo inalcanzable… Ella quiso tocar tierra.”

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ocho pies peruanos



Jergones de alambre
en un mundo de alambre.

Pies descalzos sobre las sandalias
sobre las escombreras
junto al mar.

Llueve grisalla en la ciudad gris.
En Lima, el azul no puede ser celeste
porque cierta inventada leyenda cuenta
que un amanecer cansado el cielo
se ahogó en el mar, junto a las escombreras
donde pies descalzos
sobre sandalias encuentran los tesoros
por entre las miserias.

En Lima, el azul no es el color del cielo, sino el de las fachadas y no el de ciertos ojos -ocho ojos- que contienen la luz, una pregunta y un asombro.

Como cárcel sepultada,
como tumba,
zapatos negros
como sepulcros blanqueados
acuerdan ordenar que:

como escuadrones de tiburones,
como chanchos del infierno,
botas negras de hierro,
de alambre
fieramente amarradas,

sin pensar trituren
sin cesar devoren
carne, huesos, sangre,
sangre, nervios, vida desnuda
sobre las sandalias sobre las escombreras
junto al mar en que el cielo se ahogó.

Mas las sandalias sonríen.
Mira su ademán.
Sonrisa hecha de dientes blancos
y no de metáforas gastadas
con labios que no son flores
y ojos que no son de cristal
definitivo
sino de luz.

(Un niño es una luz,
una pregunta y un asombro.)

No hay camas,
sólo jergones de alambre.

(Foto: Walter Villarreal Sarmiento)

martes, 15 de septiembre de 2009

Ramadán

Con el último rayo de sol la pareja extiende la tela a cuadros blancos y negros sobre el césped del parque. Un pañuelo a cuadros blancos y negros cubre, a su vez, el pelo de la joven, enmarcando el óvalo del rostro. Descalzos, se arrodillan para la última plegaria del día o la primera de la noche. Luego rompen el ayuno con unos dátiles y unos vasos de té servido de un termo, antes de ingerir comida más sustanciosa. Hay más silencios que palabras. Y miradas al cielo donde se recortan las siluetas esquemáticas de unas palmeras, que quizá les recuerden paisajes de su origen. Se sientan espalda contra espalda, pero no se ignoran: esta postura une más que separa, quien la probó lo sabe. No se miran, pero si uno espera el tiempo suficiente –casi un minuto- puede sentir dos corazones palpitando al unísono en el propio pecho. Si uno espera demasiado –digamos, un siglo-, los dos espinazos calcáreos acabarán mezclándose como dos estalagmitas próximas... La pareja recoge los restos de la frugal cena, des-ayuno, primer alimento del día, los esconde en una papelera cercana y se esconden, también, de la noche que ya camina deprisa hacia el amanecer.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Padres e hijos

Que, en lo sustancial, la relación del hijo hacia el padre no cambia desde la infancia se nota en momentos como, por ejemplo, una jornada de acarreo de estiércol hasta la huerta un día de agosto en la campiña cordobesa, bajo un sol que funde el plomo. Estiércol tan necesario para crear esas patatas tan sabrosas y esos tomates tan jugosos. Excremento que da vida… Pero cuando el padre pronuncia la esperada frase: “Bueno, cinco carrillos más y lo dejamos por hoy”, la sensación de ansiedad y alivio es la misma de los 11 años.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Up (arriba)

Entre mis películas favoritas en el Perfil aparece Monstruos, S.A., una de dibujos. Podría haber añadido Toy Story, Ratatouille, Wall-E o Up. Acabo de ver Up, solo en una sala de cine, una tarde de viernes. Que un adulto cuarentón vaya a ver una película animada puede parecer raro, o no, no sé. El caso es que a mí estas películas me emocionan en todos los sentidos, me divierten y me conmueven, me fascinan los detalles de cada plano dibujado y me atrapa el ritmo de su aventura (y ahora qué va a pasar). Esos personajes y esas historias… la de la amistad total entre la niña y su monstruo, la del compañerismo solidario entre juguetes, la del robot perdidamente enamorado en un mundo por reconstruir, la del ratón inteligente y diferente que pelea por su vocación de creador culinario, la del abuelo orgulloso y perseverante y su improvisado nieto… me parecen de lo más original que puede verse en un cine. Me provocan sensaciones positivas y me gustan los valores que transmiten, sin ñoñerías…

Escribe Javier Ocaña que los productores, los guionistas y dibujantes de Pixar están creando el futuro del cine... volviendo al pasado. Vuelven los ojos al cine mudo de Chaplin o Keaton para contarnos la primera media hora coreográfica de Wall-E en el planeta arrasado. Y en el comienzo de Up recurren a una memorable elipsis narrativa: cinco planos que comprimen toda una vida de amor conyugal en quince maravillosos segundos sin palabras.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Suso (arriba)

Cono aiutorio de nuestro dueno
dueno Christo, dueno Salbatore;
qual dueno get ena honore
et qual duenno tienet ela mandatione
cono Patre cono Spiritu Sancto
enos sieculos delo sieculos,
facamus Deus Omnipotes tal serbitio fere
ke denante ela sua face
gaudioso segamus. Amen.

Estas son las primeras palabras escritas en lengua romance castellana, hoy idioma español. ¿Eso es castellano?, alguien se preguntará. Desde luego ya no es latín, se podría responder. Fíjense si no en la línea 6, por ejemplo: “enos sieculos delo sieculos” en latín clásico sería “per secula seculorum”. Se ha perdido la declinación latina, sustituida por el uso de preposiciones, y la “e breve” ha evolucionado hacia el diptongo “ie”. Falta una sonorización de la gutural (de “c” a “g”) para tener el “por los siglos de los siglos”, que diríamos hoy.

Sí, es un trabajo de siglos. Hace más o menos diez, un monje del monasterio de San Millán (en la actualidad, La Rioja) anota entre las líneas y en los márgenes de un códice latino palabras y frases sueltas en la lengua que habla el pueblo, para mejor explicarse asimismo los mensajes que transmite y para facilitar su comprensión a los futuros lectores. Esas anotaciones, comentarios o glosas toman el nombre del monasterio y se llaman: Glosas Emilianenses. Sucede en lo que después se llamará Suso, arriba (es decir, en la montaña), por oposición a Yuso, abajo, sendos monasterios separados por apenas un kilómetro y situados en el valle del río Najerilla. El más antiguo es del de arriba, el de suso, que en realidad es una ermita construida como ampliación de la cueva donde el pastor Millán, allá por el siglo V, decidió hacerse eremita: llevar una vida sencilla y retirada, de oración y comunión con Dios y la naturaleza. El domingo 16 de agosto estuve allí. Un viaje emocionante hacia el origen de nuestra lengua.

Cinco años antes también hizo ese viaje Gustavo Martín Garzo y recordó así a nuestro primer poeta:

“[En el siglo XIII] fue también, en este pequeño monasterio, donde Gonzalo de Berceo (...) pasó gran parte de su vida y donde todavía puede verse el pequeño portalón donde, según se cuenta, escribía sus libros. (…) Unos libros que en principio no aspiraban ser sino adaptaciones de obras piadosas escritas en latín, de la biblioteca de su monasterio, pensadas para hacer bien al alma de sus contemporáneos. Gonzalo de Berceo adapta esas obras al fácil y expresivo sistema de la cuaderna vía para que todos participen de su eficacia moral. (…) Berceo se empeña en escribir sus libros en el romance castellano con que se entiende el pueblo. Pero Gonzalo de Berceo no se conforma con eso y recrea los originales latinos, pues quiere poner en una lengua que todos entiendan textos escritos en la lengua sabia, pero sobre todo llegar a conmover a quienes le escuchan, transmitiéndoles, más allá de una doctrina concreta, el asombro ante la belleza del mundo. Y para hacerlo se sirve de esa lengua romance que era ya dominio del pueblo y que alcanzaba su expresión más jubilosa en las canciones de los juglares. Se ha dicho que Berceo era un juglar a lo divino, dando a entender que aunque los temas de sus libros respondían a la doctrina cristiana su tono era muy diferente al de los textos en que los Padres de la Iglesia se dedicaban a adoctrinar a su pueblo, ya que se servía de expresiones propias de la literatura juglaresca. Y es precisamente ese sentimiento de cercanía, esa disposición amigable hacia los pequeños asuntos de la vida, el que hace que hoy le veneremos como el primero de nuestros poetas.” (El País Semanal, 21-XI-2004)