lunes, 22 de septiembre de 2008

La basura y la muerte

El 20 de mayo de 1996 ETA asesinó en Córdoba a Miguel Ángel Ayllón. Un atentado más, pero yo vivía en Córdoba entonces y lo sentí más cercano. Sí, es lo más cerca que he estado de un atentado hasta ahora y, afortunadamente, estaba lo bastante lejos. Digo hasta ahora porque nunca se sabe. El azar dispone. Y hay quien dispone que el azar se vuelva terrible y arrase una vida, cualquier vida, como transmite de manera estremecedora La soledad de Jaime Rosales, admirable película. El atentado de Córdoba tuvo la peculiaridad de que la bomba estaba escondida en un contenedor de basura orgánica. Entonces escribí esto (y, sí, ya entonces estaba enfemo de literatura):

“Los vecinos cuentan que, de madrugada, los vieron juguetear con los contenedores de plástico verde, trastear en su interior, hacerlos rodar, cambiarlos de acera, de esquina, qué chiquillos, quién podía pensar.

Dicen que pasan apenas los veinte años y que recorren secretamente los caminos de España proclamando con estruendo, con sangre, con pólvora y metralla su verdad. Llegan a una ciudad, se sumergen en un contenedor y desde allí, entre cáscaras de huevo y raspas de pescado, explican a quien quiere y a quien no quiere oírles que los vascos no son libres, que viven oprimidos por ejemplo por los ciudadanos de Córdoba, y que ese señor de ahí, que mira soñoliento el amanecer mientras espera el autobús para ir al trabajo, es el principal responsable. Poco les importa que la mayoría de los vascos considere que los libertadores son los opresores.

No estoy en condiciones de valorar la justicia de los fines. Pero no me cabe duda de son injustos los medios. Miserable destino el de aquellos que cifran su éxito en el número de vidas que consiguen despedazar.

Dicen que hay noches en que a los gatos les repugna la basura.”

Anoche volvieron a hacerlo. Han asesinado a Luis Conde de la Cruz. Contenedor-bomba o coche-bomba, tanto da: de nuevo, la misma basura.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Las letras y las músicas que suenan en el coche

Entre Albarracín y Escucha escuchamos, entre otras, estas canciones: “El titiritero” de Serrat, en versión de Santiago Auserón. “Romance de Curro el Palmo” de Serrat, versión de Antonio Vega. “Tu nombre me sabe a yerba” de Serrat, versión de Antonio Flores. “Fiesta” de Serrat, versión de Tahúres Zurdos. “Poema de amor” de Serrat, versión de Lole y Manuel. “Lucía” de Serrat, versión de Rosario Flores. “Señora” de Serrat, versión de Los Enemigos. “Niño silvestre” de Serrat, versión de Pastora. “Para la libertad” de Miguel Hernández-Serrat, versión de Manolo García. “Mediterráneo” de Serrat, la versión de Estopa. “Hoy puede ser un gran día” de Serrat, versión de Chambao. “Qué bonita es Badalona…” de Serrat, en versión de La cabra mecánica, “...en invierno y en verano, con mantilla y barretina, a la sombra y al solano. Qué bonita es Badalona, con sus viejos y sus niños, con sus hembras y sus hombres, sus apellidos, sus nombres, su sexo y su domicilio… y su carné de identidad. Casi ”.

Casi .

domingo, 14 de septiembre de 2008

Las truchas no son todas iguales

El Molino del Gato en Albarracín dejó hace años de moler y hoy es un agradable bar de copas a la orilla del Guadalaviar. Dentro conviven mobiliario antiguo y pintura actual. Fuera, una terraza bajo una parra es lugar ideal en que tomarse un Jameson con hielo en vaso ancho, mientras asomas la cabeza por la baranda que da al canal, donde diecisiete truchas dormitan satisfechas, a juzgar por cómo ignoran los frutos secos (*) que algún niño turista no deja de lanzarles. Tanta indiferencia, tanto desprecio por el alimento resulta ofensivo, por eso no extraña que niño turista acabe arrojándoles un servilletero y, entonces, sí: dos truchas se desplazan, despaciosamente, hacia el muro. Serenidad budista subacuática, cabe decir.

Pero… de pronto y por sorpresa, la tarde se anima: por el túnel que desvía el río hacia las muelas aparece, proyectada a velocidad vertiginosa, una trucha distinta, que nada frenética, que zigzaguea entre sus compañeras inmóviles y las empuja, que salta y gira en el aire y nos muestra su vientre plateado. Niños y adultos turistas contemplamos asombrados semejante espectáculo y, alguien comenta en voz alta –creo que yo- que parece haber sido contratada por los dueños del Molino para alegrarnos el día.

(*) “Un cacahuete flotando en una piscina ¿sigue siendo un fruto seco?” (se pregunta Luis Piedrahita en el título del primer libro que transcribe sus ingeniosos monólogos. Ed. Punto de Lectura, 2006)

sábado, 13 de septiembre de 2008

Teruel existe: yo estuve allí

Miravete de la Sierra, el pueblo en el que nunca pasa nada según una simpática campaña publicitaria en internet, cuenta con 12 habitantes: Providencia, Juan, Timoteo, Ascensión, Félix, Carmen, Ángel, Palmira, Bernardo, Josefa, Faustina y Cristóbal, que ejerce de cicerone en la web. Temerosos de que a Miravete le suceda lo que a tantos otros pueblos de la provincia de Teruel, la muerte por abandono o muerte de sus naturales, Miravete reclama su lugar en el mundo. Miravete grita: mira y vente a pasar unos días con nosotros, incluso quédate a vivir, que algo pasa en Miravete: el tiempo tranquilo, ordeñando cabras y jugando al guiñote.

En Teruel muchas señales indican la dirección hacia pueblos desiertos, casas con altas chimeneas y tejados vencidos por el peso de la nieve que nadie limpió. Teruel proclama su atractivo como destino de interior: ofrecen tranquilidad, mudéjar y dinosaurios para alentar turística y económicamente la segunda provincia menos poblada de España (la primera es Soria).

Yo doy fe de que merece la pena pasear por las calles centenarias de Albarracín, ciudad encaramada en un peñón rodeno y abrazada por el río Guadalaviar. En las noches centrales de verano esas calles se llenan de música: los tambores tremendos de “romper la hora” junto al Jazzin, músicos de procedencias diversas (esta vez sudafricanos, belgas, franceses, daneses, brasileños e irlandeses) que conviven unos días, conciertan sus instrumentos y, en el patio del museo o en la plaza mayor, de anochecida, ofrecen sus improvisaciones entrenadas a lo largo de todo el día. Pueblo alegre Albarracín, al menos en verano. Pueblo de miradores: la muralla donde anidan los vencejos, el castillo bereber, la catedral renacentista, el puente colgante junto al molino, la singular Casona del Ajimez (con habitaciones cristianas, judías y musulmanas)…

Doy fe de que merece la pena pasear por el Rodeno, un parque con pinos del mismo nombre entre roquedales rojizos de formas fantásticas que se pliegan en cuevas y abrigos, muchos de los cuales exhiben -bien visibles o a duras penas- pinturas rupestres (dicen que las blancas son únicas).

Y daré fe de que merecen una visita el museo minero de Escucha, el CBC de Calanda, el castillo calatravo de Alcañiz…

jueves, 11 de septiembre de 2008

Bolaños

O bolas enormes, o piedras esféricas lanzadas con una catapulta contra los muros de las fortificaciones militares para abrir boquetes por los que penetrar.

Bolaño es también el apellido de Roberto. Escritor chileno de Santiago o mejicano del D.F. o español de Blanes. Su literatura puede definirse a partir de su apellido: bolas enormes, o piedras esféricas lanzadas con una catapulta contra los muros de las fortificaciones literarias para abrir boquetes por los que penetre el viento que oree y espabile la tradición.

Lean Los detectives salvajes. Y díganme si no.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

De Drácula (cine y miedo, II)

“¡Sea bienvenido a mi morada! Entre por su propia voluntad, entre sin temor y deje aquí parte de la felicidad que lleva consigo.”
En 1897, en un caserón de Dublín, un individuo taciturno ultimaba los capítulos de una novela sobre un conde transilvano de extravagantes costumbres: dormir siempre de día y en un ataúd, salir de casa por la ventana, volando o arrastrándose por las paredes como un lagarto, y una peculiar dieta alimenticia a base de glóbulos rojos. Dicen sus biógrafos que Bram Stoker, el autor de Drácula, era un irlandés robusto y amable, reservado y reprimido, gerente de una compañía de teatro que, tras revisar las cuentas del día, pasaba las noches escribiendo cuentos góticos, como muchos de sus contemporáneos. La leyenda del no-muerto que necesita de la sangre de los vivos era demasiado tentadora para que el cine la ignorase y el vampiro ha sido en cine la máxima figura del horror. Si bien son tantas y tan diversas las películas, y Drácula se ha hecho tan cotidiano y tan popular, que ya asusta muy poco... y con unos ajos no hay nada que temer.
Desde su primera aparición en la pantalla, Nosferatu (F. W. Murnau, 1922), una película de secuencias líricas y oníricas con conde de cráneo rapado, orejas puntiagudas y afiladas uñas entre claroscuros expresionistas, hasta el Condemor Brácula del "no puedo, no puedo..." ante el cuello de la dama, son centenares las versiones cinematográficas que el personaje Drácula ha merecido o sufrido. Algunas de las más memorables son las interpretadas por Bela Lugosi (Tod Browning, 1931), elegancia y amabilidad excesiva y amenazante; por Christopher Lee (Terence Fisher, 1958), erotismo explícito, con aquellas chicas Hammer, de cuello apetecible y busto generoso; y por Klaus Kinski (Werner Herzog, 1979), nosferatu patético y de apariencia escalofriante.
A ellas hay que añadir el Drácula de Francis Ford Coppola (1993), con Gary Oldman como protagonista, de escenografía suntuosa y ambientación simbolista, como explica el director de fotografía, Vittorio Storaro, que dice haberse inspirado en la luz y el color de las pinturas de Gustav Klimt. Coppola, en el prólogo de su película, vincula el personaje de ficción de la novela de Stoker al personaje histórico, Vlad el empalador, el príncipe Dracul/Dragón que en el siglo XV luchara contra los musulmanes en defensa de la cristiandad (implacable con sus enemigos a los que ensartaba en afilados postes tras el combate, como exhibición de su poder), y que luego renunciará a Dios y a su religión al negársele a su esposa -una suicida- un funeral sagrado. Drácula no sería, como nos habían contado hasta entonces, un monstruo tortuoso o un seductor sediento, sino un hombre enamorado que desafia a los Cielos. Y la sangre, sinónimo de vida y pasión.

martes, 9 de septiembre de 2008

De cuerpos y almas (cine y miedo, I)

Drácula es un no-muerto de alma atormentada y cuerpo voluble: puede ser anciano perverso y cínico o joven príncipe vulnerable y cortés, lobo o murciélago, viento tempestuoso, niebla voluptuosa... La Criatura del doctor Frankestein es un zurcido de cuerpos muertos revivido gracias a un alarde de la Ciencia, un cuerpo que busca un alma... En el hotelito aislado por la nieve de El Resplandor habitan muchas almas sin cuerpo, pero la que más se hace notar es la que elige a Jack Nicholson para hospedarse y para tormento de su familia, alma que recobra vitalidad y mal genio en cuerpo ajeno... El Alien es cuerpo (monstruoso a los ojos humanos, pero cuerpo) extraterrestre y babeante, que se aloja temporalmente, mientras es chiquito, en otros cuerpos (terrestres) para nutrirse y crecer, y que tolera cualquier clase de alimento, excepto los espaguetis...

Dos películas realizadas a partir de las dos novelas más famosas del género, que se promocionaban además como las dos interpretaciones más fieles a sus originales narrativos: Drácula de Bram Stoker, dirigida por Francis Ford Coppola y Frankenstein de Mary Shelley, dirigida por Kenneth Branagh. Y dos películas con sendos motivos típicos del cine de sobresaltos: espíritus en El resplandor, de Stanley Kubrick, sobre una novela de Stephen King (o “me siento extraño”) y seres de otros mundos en Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott (o “hay algo ahí fuera”).

Cuatro películas que nos han regalado algunas de las escenas más hermosas e inquietantes del cine de miedo, del cine. Citaré sólo cuatro. Uno: Jonathan Harker entre los colmillos de tres arpías sedientas. Dos: “la vela estaba a punto de consumirse cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, vi abrise los ojos amarillentos y apagados de la criatura; respiró con dificultad, y un movimiento convulso agitó sus miembros”. Tres: un triciclo recorre los infinitos pasillos de un perdido hotel fuera de temporada. Y cuatro: la respiración agitada de la teniente Ripley, escapando de la bestia por los corredores lúgubres de una nave espacial.

lunes, 8 de septiembre de 2008

A cencerros tapados

He aquí una simpática expresión del castellano barroco, hoy naturalmente en desuso, que viene a querer decir: secretamente o con discreción. Bueno, pues a cencerros tapados, casi secretamente o con discreción lleva José Díaz Arroyo varias décadas recopilando objetos, herramientas, utensilios, máquinas… que componen parte de lo que podemos calificar como patrimonio etnológico de Puente Genil.

En una pequeña y acogedora sala de la calle Fernán Pérez descubrimos una precisa selección personal de esos objetos que, mermada su utilidad, van desapareciendo en el curso del tiempo si personas inquietas y apasionadas, como José, no se preocupan por impedirlo, por conservarlos y reciclarlos como piezas de museo, despojadas ya de su función técnica o práctica.

Este museo consigue cumplir al menos cuatro objetivos. Uno: que suenen los cencerros, es decir, sacar del secreto, iluminar y proyectar públicamente esta admirable colección. Dos: ser la crónica de un tiempo que, aunque ya parece remoto –dada la vertiginosa evolución tecnológica- está ahí al lado, es el tiempo de nuestros abuelos. Tres: tender puentes a las generaciones futuras, para que no desconozcan del todo de donde venimos. Y cuatro: componer una exposición de gran potencia visual. Porque no podemos olvidar que se trata de una muestra artística, y que una máquina de coser en un taller de costura o un arado en el surco son herramientas, pero en una sala de exposiciones cobran una dimensión diferente y se tornan esculturas surrealistas.

Una anécdota sucedida durante el montaje puede ser reveladora en este sentido: necesitados de clavar sobre un panel unas puntillas en las que colgar modelos diversos de cerrojos y aldabas, y ante la falta de martillo a mano, tuvieron que recurrir a la parte plana de un alicate para percutir sin reparar en los quince martillos expuestos en un rincón de la sala. Transformados en objetos artísticos, no podían ser vistos como herramientas útiles.

Con los objetos vienen sus nombres: "jáquimas", "colleras", "cabestros", "serones"... escritos ya entre comillas. Que una herramienta se vuelva inútil, conlleva, irremediablemente, que su nombre se vaya perdiendo paulatinamente del vocabulario común y, entonces, el único medio de retenerlo –y el único medio de conocer el origen y la aventura de las palabras en cualquier lengua- es que queden por escrito. Muy probablemente no habríamos conocido la expresión “a cencerros tapados”, que menciono aquí por tercera vez, si a Francisco de Quevedo no le hubiera dado por escribirla en su Cuento de Cuentos.

Así que ahí están la era y la huerta -con su noria-, la cocina y el lavadero, con sus instrumentos y sus complementos, y están las pesas y medidas, la radio, los juegos… y está, sobre todo, el afán de José Díaz, al fin culminado el empeño de casi toda su vida: la creación del Museo Etnológico de Puente Genil. A disposición de todos, paisanos y foráneos.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Un hombre en la oscuridad

Un hombre inmovilizado en una cama, al amparo de la oscuridad, construye mentalmente ficciones, que son reales en la medida en que nuestros pensamientos lo son. Un hombre llena su insomnio contándose historias que le sirven de parapeto frente a sus recuerdos más dolorosos. Por poco que uno cuente sobre la trama de una novela ya la está destripando. No quiero hacer eso, así que sólo diré que el marco narrativo es el de “Continuidad de los parques”, el primero de los relatos del libro Final de Juego de Julio Cortázar y que en buena parte de la novela ese hombre se narra a sí mismo peripecias de un personaje en una guerra inventada. “Historias de guerra… una tras otra y otra”, se dice después de rematarla. Y las que vienen después ya no son ficticias (o sí, ya que de novela se trata), pero se sitúan en el contexto de una guerra reconocible, de una imágenes terribles que nos resultan televisivamente familiares.

Anoto este comentario del narrador: “No es lo mismo evadirse en una película que en un libro. Los libros obligan a dar algo a cambio, a utilizar la inteligencia y la imaginación. Mientras que una película puede verse –incluso disfrutarse- en un estado de irreflexiva pasividad.” Opinión que queda desmentida en la propia novela, donde se diseccionan –reflexivamente- cuatro películas a partir de la tesis: “Objetos inanimados, emociones humanas”: Dos cubos de agua en Ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica, unos platos con restos de comida en La gran ilusión de Jean Renoir, unas cortinas y una horquilla de pelo en El mundo de Apu de Satyajit Ray y un reloj en Cuentos de Tokio de Yasujiro Ozu, un reloj que contiene el tiempo mismo, “el pasado que vive en el presente, el que trasladamos con nosotros al futuro”.

A mí esta me parece una novela excelente: Un hombre en la oscuridad de Paul Auster. Barcelona, Anagrama, Septiembre de 2008.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Mar Marrón

Vomita el Cíclope sentado al borde del acantilado y el Mar se va tiñendo de Marrón. (Sopla el Terral para pintar colores arenosos en el Cielo, que copia su reflejo en el espejo del océano.) Aliviado, suspira y eructa mientras mea: un casco de guerrero algo indigesto o unos tragos de más en la Fuente del Ron.

Eructa el Cíclope y el corazón del Mar se sobresalta, se agita y se acelera, despiertan las corrientes submarinas, las olas se agigantan... cual inmenso cuenco de chocolate hierve el Mar, que recorre los ríos hasta su nacimiento, invade las alcobas de las casas. Las arrasa.

Sepultado el Azul, pregunta al Cielo: “¿Qué le pasa a este Mar? ¿Se ha vuelto loco?”. Responde el Cíclope desde su roca, estallando su risa como un trueno: “No lo llaméis ya Mar. Llamadme Mitch. Llamadme Hanna. Llamadme Katrina. Llamadme Gustav."

viernes, 5 de septiembre de 2008

El Mas y el Arca

La prensa deportiva sigue siendo la más vendida y la más leída de este país. En veranos sin competiciones mundiales, sobreviven a base de rumores de fichajes. En veranos olímpicos mantiene el nivel de ventas de los lunes postderbi. Aquí, en la montaña, se sigue la cosa olímpica con el rabillo del ojo, por la noche, en los televisores de los bares. Pero, aquí, en la montaña, hay una cierta relajación olímpica que lleva a plantarse ante el kiosco y pedir con momentánea y divertida dislexia (¡atención: hecho real!): “¿Me da el Mas y el Arca?”.

Y sí, es impresionante lo de Phelps y lo de Bolt, pero para espectáculo el vuelo de varias decenas de mariposas sobre una pradera (clásico) o el que ofrecen las hojas de haya caídas, pudriéndose en la umbría, realimentando el bosque (gótico) o el de las setas crecidas y las telas de araña tejidas en el interior de los troncos derribados (romántico). Para espectáculo el de los cuernos de dos muflones bebiendo el agua glacial a la caída de la tarde o el de una cascada que decide caer con forma de cola de caballo. Para espectáculo, el circo. El viento helado rebotando en las paredes del majestuoso Circo de Soaso.

Mas y Arca deben de ser, entonces, el nombre de los periódicos deportivos de la naturaleza en Ordesa.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Las botas en el balcón

Tras siete horas de caminata… las botas están mejor en el balcón.