Berreaderos. Así
llamaban en nuestro siglo de oro a
las casas de las gentes más humildes, donde se hacinaban piaras de chiquillos… Pienso en esa denominación ante el
espectáculo de algunas clases de 1º o 2º de ESO, especialmente esas en las que
coinciden diez o doce repetidores de curso que saben que promocionarán por imperativo legal. Seis horas y media
al día berrean, trastean o bostezan… A las ocho y cuarto bostezan, a partir de
las diez y cuarto trastean, berrean y se pelean (juegan a pelearse), o teclean
a ciegas bajo la mesa… Juegan porque saben (en realidad, no saben) que nada se
juegan.
Yo hoy no estoy en huelga para defender el statu quo de la escuela pública
española. Estoy en huelga contra los berreaderos
y contra esos centros de internamiento matinal, enrejados, algunos de dimensiones
insensatas y angustiosas, de prestancia
rancia o prefabricada… Ya que estoy, diré más cosas contra las que estoy. Y por las que estoy en huelga:
Estoy en contra de invertir menos dinero en la escuela
pública: necesitamos más profesores (psicólogos y educadores sociales) y más escuelas, para que las que ahora tenemos
disten de ser berreaderos, ¿cómo va a
hacer falta menos dinero? Estoy en contra de la jornada escolar continuada: ni
a las ocho y cuarto ni a las dos y media son horas de clases, sin haber desayunado apenas o con el estómago vacío o azul de gominolas. Estoy en contra
de tantas asignaturas: ¡11!, de un currículo escolar inflado y contradictorio… Estoy
en contra de que tantos alumnos no encuentren oferta de formación profesional
suficiente y se vean obligados a penar
en el bachillerato. En contra de este espejismo de atención a la diversidad…
Estoy en contra de la promoción automática de curso, sin medir rendimiento
alguno, disuasoria del más mínimo esfuerzo, des-educativa a más no poder… Y en
contra de la titulación en ESO con tres, con dos o con una asignatura
suspensas. De lo poco que comparto con el actual ministro del ramo es la perplejidad
ante el hecho de recibir certificado (banda, orla, cena y pompa) sin haber
alcanzado objetivos, pero sí competencias, je… Esto es de derechas, aquello de
izquierdas… Je, otra vez.
Reclamo centros de dimensiones humanas (en las que todos
nos conozcamos), clases a partir de las nueve, cinco por la mañana y dos por la tarde, si fueran
necesarias, dentro de una jornada flexible, agrupable en tramos de dos o tres
horas o de cuarenta y cinco minutos, depende… del día, del proyecto o de si la
educación es física o matemática, histórica o de idiomas, teatral o audiovisual
o alimentaria. Clases a partir de las nueve pero profesores reunidos desde las
ocho, a diario, planificando la jornada, coordinando estudios, agrupamientos y
tareas. Estoy en contra de los profesores apáticos como yo. Y de los profesores autoritarios, como yo.
Estoy en contra de situar la disciplina por encima del afecto. Y de que a los
profesores nos conviertan en meros vigilantes. Estoy a favor de la
profesionalidad y de la implicación en el oficio (y a favor de la pizarra
digital), pero no a costa de perder la salud física o mental, de sacrificar la
vida en el empeño. Ya sé, ya sé. (Es que tengo fiebre.) Esto es inviable. Choca
con el modelo social impuesto, el Gran Berreadero. Choca con el interés de los
profesores y de los padres (pero no con el interés educativo de los niños, he ahí
la cuestión). Estoy en contra de cualquier modelo socioeconómico que impida que
padres e hijos se disfruten (y se sufran) y que, finalmente, convierte a las
escuelas en centros de almacenaje, depósitos de criaturas, berreaderos.
Estoy a favor de la educación en la escuela pública, ensayo
general de la sociedad. Y no estoy a favor de la educación en casa: debemos
obligarnos a mezclarnos (aunque qué raro que lo diga yo, que suelo enroscarme
en un caparazón). Estoy en contra de la desconfianza preventiva de las familias
hacia los docentes. En contra de la falta de cultura (sin necesidad de entender
que “cultura es ver una película polaca sin tragarse la lengua”, según la
definición de José A. Pérez) y en contra de la mala educación (también de esa
truculenta película de Almodóvar). Y a favor de la buena, que –de entrada- es
la que cuenta con profesores y recursos suficientes.
Vuelvo a tener fiebre. No me hagan mucho caso. Amígdalas
inflamadas. Cuerdas vocales incendiadas. Mi herramienta de trabajo, averiada. Yo
hoy estoy en huelga, aunque desde la cama, como Lennon sin Ono. Bajo una
pancarta colgada donde antes solían los crucifijos, y en la que puede leerse: La educación es lo primero. Que, en otro
lado, busquen el dinero. (Ay de las rimas consonantes, ay de los hipérbatos
y de los ripios…).
Yoko sí está gritando por esas plazas. A ver si va viniendo
y me pone un trapito húmedo sobre la frente. Imagine all the people, leaving public Education to live… Adelante, compañeros (es decir: profesores, alumnos, padres, gente). Adelante, compatriotas: La
educación es un derecho irrecortable.
Sube la marea.